lunes, septiembre 22, 2014




Entrevista con Alfonso André

La luminosidad de Cerro del Aire


Antonio Flores Schroeder
Alfonso André, el baterista y percusionista mexicano integrante de la legendaria banda de rock Caifanes, tiene tan grabados los atardeceres de Ciudad Juárez como aquella vez que se subió a un escenario con su primer grupo, Los Ejes Viales.

    El músico habló en la entrevista sólo acerca de “Cerro del Aire”, su primer disco como proyecto independiente, sino de varios aspectos que lo formaron como uno de los artistas más completos en la atmósfera nacional del rock.

  El álbum en el que participan grandes talentos como su esposa Cecilia Toussaint, su hijo Julián de 15 años, Alex Syntek, Paco Huidobro, de Fobia, e integrantes de Caifanes, Jaguares y La Barranca, fue el resultado de la experimentación inicial de Federico Fong y Alfonso André.

  “Fue un gusto que me quise dar a los 50 años de edad. Tenía muchas ganas de cantar. No lo había podido hacer porque había estado muy ocupado. Era baterista de La Barranca, Caifanes y Jaguares. Había muchos pretextos para no hacerlo”, explica el músico.

    “De pronto”, continúa, “paramos actividades con Jaguares porque Saúl (el vocalista del grupo) iba a hacer su disco como solista y en ese momento dije que si no lo hacía ya, perdería la oportunidad”.

    Comenzó a trabajar en la casa donde creció. Ahí tiene su estudio, un lugar con mucha historia musical debido a que ha sido utilizado por Las Insólitas Imágenes de Aurora, Caifanes, Jaguares, La Barranca, Zoé, La Lupita y Cecilia Toussaint, entre otras bandas y solistas.

    Entre esas paredes grabaron las sesiones en vivo que pueden disfrutarse completas en Youtube. Ese lugar tiene una magia especial, asegura André, gracias a su acústica y a la energía depositada por muchos genios mexicanos del rock en español.

   Quizá de ahí viene la luminosidad de este álbum que, en palabras de Alfonso, tiene que ver con todo lo que haces nuevo en la vida.

“Es un primer paso, creo que bien dado, y ahorita ya estamos trabajando en el segundo disco, ya llevamos prácticamente todo, faltan algunas voces, pero creo que también será un gran trabajo”, añade. 

   La idea con este álbum, dice, era hacer una recapitulación de todo lo que ha aprendido y vivido como músico.
“Obviamente hay un poco de cosas que he hecho en La Barranca , Jaguares y Caifanes”, explica.
Trabajo en equipo, la clave

    Una de las características de André es su trabajo en equipo y en “Cerro del aire” no fue la excepción.
“En principio fuimos Federico y yo cuando empezamos a tomar las ideas, luego se fue sumando más gente al equipo”, agrega el músico.

   La mayoría de las rolas, complementa el artista, son producto del trabajo en equipo, “Federico y yo hicimos la música, Chema Arreola se encargó de las letras, aunque de una manera muy personal porque las hicimos juntos. Yo confío mucho en su habilidad como escritor y su manejo del lenguaje, y fue él quien me ayudó a plasmar las ideas que tenía para este disco”. 

   “De repente había una frase que me incomodaba o no me sentía tranquilo cantándola y la modificábamos. Las hicimos a mi medida y eso me hizo crecer mucho como intérprete. Eso tiene que agradecerse con el corazón”, dice entre sonrisa y sonrisa, uno de los mejores percusionistas mexicanos.

   Trabajar en equipo es fundamental, manifiesta el “Caifán” que se inició en “la pila”, gracias a su hermana hace casi 35 años.

    “Siempre eres parte de un engranaje y en este caso es lo mismo, obviamente yo soy el que firmó al final todo y el que tiene la última palabra, pero siempre me apoyo mucho con todo el equipo que tengo alrededor”.

Ron y nervios

Alfonso André es una persona sencilla. El éxito no lo ha cambiado. Por eso ríe, hace bromas, rompe con la seriedad.

   “Los nervios nunca se me van a quitar cada vez que subo al escenario, claro que ya no es como aquella vez que tuve que tomarme un litro de ron para amortiguar los nervios”, recuerda.

   Su primera batería fue una Majestic y con ella tocó la primera vez en un escenario.

   “Sí, me tomé algo de ron y la verdad no sé cómo salió aquella vez…”, dice y ríe.

  Poco después conoció al hermano de Alejandro Marcovich y Saúl Hernández con quienes formaría Las Insólitas Imágenes de Aurora, el sueño previo a Caifanes.

    “Sigo con esos nervios, pero ahora siento que estoy más en control de lo que quiero hacer y eso se refleja que cuando tengo algo en la cabeza suena igual o muy parecido al resultado final”, suelta de tajo la respuesta. Con el paso de los años y su experiencia dentro del rock mexicano, Alfonso desarrolló un estilo propio y tiene mucho más tino en la creatividad musical.

La escena nacional

La tecnología ha cambiado mucho las reglas del juego para bien y mal, asegura el ‘Caifán’.
“Ahora a la gente le parece algo ridículo comprar un disco porque lo pueden bajar completo y gratis de la red, obviamente esto es de manera ilegal y esto nos hace mucho daño, pero eso es aparte…”, lamenta.

   Otro de los incovenientes de la democratización de la música es la gran oferta que dificulta encontrar las genialidades regadas a lo largo y ancho del país.

   Lo positivo, dice, es que se los costos de producción se abarataron. Hacer un disco con una calidad profesional ya no es tan difícil como antes.

   “Hace años tenías que ir a un gran estudio, por lo general había que viajar a Estados Unidos porque aquí había pocos ingenieros de audio, nula tecnología y algo que te pudiera sacar el sonido que estabas buscando”, expresa André.

Alfonso está seguro que la tecnología tiene mucho más cosas positivas que negativas. La prueba de eso son las sesiones en vivo en Youtube, vistas por miles de cibernautas y han recibido muy buenas críticas.

   “Hoy con un software de audio, una computadora y un par de amplificadores puedes hacer algo muy decente y esto hace una diferencia importante de aquellos tiempos cuando empezábamos nosotros”, expone el “Caifán”.

   El Internet, abunda, ha ayudado muchísimo al rollo de la promoción, ahora grabas algo y lo puedes presentar a la gente de manera inmediata, puedes hacer una sesión en vivo y la subes a Youtube y está al alcance de quien la quiera disfrutar.

“El filtro de las disqueras, que era un mal filtro, pero que al final de cuentas era un filtro, ya no está ahí. Ahora Internet te ofrece todas las herramientas para salir adelante y darte a conocer”, sostiene el músico y también actor.

Sobre Ciudad Juárez

“Las primeras veces que vine a Ciudad Juárez con Caifanes, allá a finales de los ochentas y principios de los noventas, me llamaron la atención los atardeceres de la ciudad”, rememora y luego pregunta: “¿verdad?”

   Son tantos viajes, dice, demasiados años viajando; pero hay cosas que se te quedan grabadas para siempre, como eso que comento, Ciudad Juárez siempre ha sido una plaza muy fuerte, y junto a El Paso, la convierten en una región importante para exponer lo que uno está haciendo. Son casi 3 millones de personas en una misma región.

   La última vez que André visitó esta ciudad para tocar en un concierto fue en 2011, cuando la frontera atravesaba su peor momento en la guerra contra el narcotráfico. El espectáculo de Caifanes en el estacionamiento del estadio olímpico fue memorable debido a que acudieron más de 20 mil personas cuando nadie quería salir de sus casas debido a la violencia.

   “Hay muchísimo cariño en Ciudad Juárez con la banda, yo prometo entregar otra vez mi corazón en el concierto del 4 de octubre en The Independent Music Hall; vamos a tocar la mayoría de las rolas del nuevo disco, tocaremos algunas del nuevo álbum que aún no sale y algunos covers que nos han marcado como musicos”, finaliza el “Caifán” mientras atardece una vez más en Ciudad Juárez.

   El equipo de Alfonso André está conformado por un artistas de primer nivel: Federico Fong en el bajo, que ha tocado en Caifanes, Jaguares y La Barranca; Chema Arreola, baterista que estuvo en La Barranca y dos excelentes guitarristas, Javier Calderón y Lari Ruiz Velazco.

(Entrevista publicada en el Periódico Norte de Ciudad Juárez el 21 de septiembre de 2014)

viernes, septiembre 19, 2014

Hambre

Por Antonio Flores Schroeder

Monchis no sólo se comió todo lo que había en el refrigerador de la casa de sus papás, también la mesa, dos sillas, una pared de la cocina, media puerta de la alacena y los tres sillones de piel. Por fortuna nuestra y de ustedes su hambre no fue igual a la que le azotó durante aquel vuelo México - Buenos Aires.
El perro Blanco de San Lorenzo

Capítulo IX

Por Antonio Flores Schroeder

Marcela era una mujer delirante. A veces la sonrisa, sus ojos de universo, algunas noches su tatuaje en el pie o sus recuerdos infantiles de la tortillería; yo la veía caminar de la mano junto a Damián, un niño con la mirada extraviada, naufragaban de la iglesia a la plaza siempre en busca de nada. Ella dormía en las banquetas junto a las palomas y sus alas.

Una tarde de soles ausentes, le contó al taxista que siempre había temido a Don Cayo, el hombre gris que rondaba la zona como fantasma de otra historia. 

-¿Por qué le tienes miedo?

La pregunta una hoja amarilla árbol que flotaba y caía junto a los caminos hechos por las hormigas. El taxista buscó en los bolsillos de su pantalón una respuesta y de pronto Marcela y Damián, ya no estaban ahí.

El Cholo con su balde lleno de agua sucia, llegó cansado de lavar autos de los reporteros del periódico y de algunos (in)fieles del santuario de San Lorenzo.

-¿Ya estás hablando solo otra vez? —cuestionó el lavavarros,

-No, aquí estaba Marcela.

-¿Marcela?

-Sí, aunque no lo creas, aquí estaba sentada con Damián, su hijo.

-Es que siempre me dices lo mismo, pero nel, no te voy a creer, carnal. ¿Ya viste que el padre anda reencabronado porque no ha visto al perro blanco? —lanzó El Cholo una pregunta envenada.

-Tengo tiempo que no lo veo. No está ni en la tortillería, ni en los caldos. 

-Es que ya murió, pero nadie me cree.

-Pinche cholo, siempre con tus mamadas. El perro andaba aquí ayer a toda madre, como todos los días. Ha de estar descansando, ni que los perros no durmieran.

-Lo que pasa, carnal, es que siempre quieres acomodar las cosas de acuerdo a tu realidad, pero no entiendes que hay otras realidades.

-¿Otras realidades? Ve y dile esa tontería al padre para que te descomulgue, mamón.

Las campanas del santuario de San Lorenzo sonaron. En el estacionamiento del recinto católico, el cura no dejaba de buscar con sus binoculares al perro blanco. Era la hora de cenar.
El perro Blanco de San Lorenzo

Capítulo VIII

Por Antonio Flores Schroeder

Las campanas del templo no dejaban de replicar. Otras veces las había oído a esa hora de la madrugada, pero no con tanta insistencia. Afuera de la casa, las vecinas con la religiosidad que casi las ahogaba, estaban como locas a cante y cante. Trataban de despertar a quienes dormían la tranquilidad de sus pesadillas, pues al pasar frente a las puertas y ventanas agudizaban sus gritos como si el mundo fuera a pulverizarse.

-Señor, ten piedad de nosotros, ven y déjanos la paz, porque sin ti no podremos vivir –cantaban en coro las viejitas mientras las campanas seguían su ritmo casi rapero.

-Ándale que ya viene el padre santo –interrumpió una de las mujeres y eso provocó el llanto de niños y adultos.

El trance llegó a tal nivel que se me enchinó la piel. Dudé de la razón e inclusive de lo que oía. Fue hasta que me asomé por la ventana de la sala cuando supe que todo era cierto. Ahí estaban en la calle con sus veladoras y sus rezos en voz alta, las biblias y sus cruces gigantes.

En medio de la noche escuché a alguien golpear una puerta. Era la del baño. Intentaba abrirla desde adentro.

-¿Quién anda ahí? –pregunté como en las películas (algo demasiado absurdo para cuestionar a esa hora).

Lo único que escuché en el baño fueron rezos en un idioma desconocido. Luego escuché un ruido extraño como un gruñido y casi al mismo tiempo tocaron la puerta principal de la casa.

-Ya salga de esa casa –ordenó una voz de una niña.

Antes de abrir la puerta, las campanas dejaron de replicar al tiempo que los rezos se perdieron en la oscuridad. Eran las cuatro aeme. No había nadie en la calle y tampoco en el baño. Sólo escuché ladridos. Quizá eran los del perro blanco.