viernes, septiembre 19, 2014

El perro Blanco de San Lorenzo

Capítulo VIII

Por Antonio Flores Schroeder

Las campanas del templo no dejaban de replicar. Otras veces las había oído a esa hora de la madrugada, pero no con tanta insistencia. Afuera de la casa, las vecinas con la religiosidad que casi las ahogaba, estaban como locas a cante y cante. Trataban de despertar a quienes dormían la tranquilidad de sus pesadillas, pues al pasar frente a las puertas y ventanas agudizaban sus gritos como si el mundo fuera a pulverizarse.

-Señor, ten piedad de nosotros, ven y déjanos la paz, porque sin ti no podremos vivir –cantaban en coro las viejitas mientras las campanas seguían su ritmo casi rapero.

-Ándale que ya viene el padre santo –interrumpió una de las mujeres y eso provocó el llanto de niños y adultos.

El trance llegó a tal nivel que se me enchinó la piel. Dudé de la razón e inclusive de lo que oía. Fue hasta que me asomé por la ventana de la sala cuando supe que todo era cierto. Ahí estaban en la calle con sus veladoras y sus rezos en voz alta, las biblias y sus cruces gigantes.

En medio de la noche escuché a alguien golpear una puerta. Era la del baño. Intentaba abrirla desde adentro.

-¿Quién anda ahí? –pregunté como en las películas (algo demasiado absurdo para cuestionar a esa hora).

Lo único que escuché en el baño fueron rezos en un idioma desconocido. Luego escuché un ruido extraño como un gruñido y casi al mismo tiempo tocaron la puerta principal de la casa.

-Ya salga de esa casa –ordenó una voz de una niña.

Antes de abrir la puerta, las campanas dejaron de replicar al tiempo que los rezos se perdieron en la oscuridad. Eran las cuatro aeme. No había nadie en la calle y tampoco en el baño. Sólo escuché ladridos. Quizá eran los del perro blanco.

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