viernes, noviembre 22, 2013

El perro Blanco de San Lorenzo


Capítulo V

Por Antonio Flores Schroeder

Era lo último que Julieta esperaba en esta vida. Al principio creyó que se trataba de una vagabunda que había tocado por error la puerta de su casa, pero no, en realidad se trataba de la persona que estaba esperando.

Su cara endurecida y delgada, ojos impenetrables y una boca tan pequeña que parecía de una muñeca Barbie, le llamaron la atención al abrir la puerta. Su silueta de alfiler denotaba un cansancio fatal y su voz se arrastraba desde la garganta hasta la lengua.

-Buenos días, no suponga mal... no vengo a pedirle dinero –murmuró la mujer como si le hubiera leído el pensamiento a Julieta.

-Vengo de parte de “El Diablo” –soltó de golpe la respuesta con un tono de voz chillón.

-¿Qué?

-Me dijo que tenía descompuesta la tubería de su fregador y si no me equivoco, aquí es la calle Posada 999, ¿o no? –preguntó casi de manera altanera antes de señalar con el dedo índice la numeración de madera colocada en la reja.

Lo imprevisto de la situación le impidió, entre otras cosas, pensar por ejemplo en cómo había logrado llegar hasta la puerta de su casa cuando el acceso al patio se encontraba cerrado con candado.

-¡Ah!, pásele por favor. Si El Diablo la recomendó, entonces no hay nada que hacer.

La siguió hasta la cocina con la tranquilidad de una tarántula, la pericia de un delfín y su caja metálica de herramientas color rojo.

-¿Cuál es el problema?

-Debe estar tapada la tubería porque se llena de agua cada vez que abro las llaves, pero qué mejor una especialista como usted para ver lo que en realidad tiene el fregador.

La llave de paso tenía que estar cerrada para evitar que la cocina se inundara. Un día que olvidó hacerlo, al llegar a casa se encontró con un mar que arrastraba hormigas muertas hasta la playa de la sala, ahí donde la arena de la alfombra era como un cementario. No quería que se repitiera la historia. Una inundación de esas proporciones le costaría mucho y la perpetua situación económica de Julieta le impedía andarse por las ramas del árbol de los sueños, donde la conciencia seguramente la arrojaría como a un himenóptero por la cascada de las pesadillas.

-Déme unas horas para ir a la ferretería a comprar lo que necesito. Le va a salir como en 300 pesos. ¿Sí va a estar en la tarde, como a eso de las cinco?

-Sí, aquí la espero.

Acompañó a la extraña mujer hasta la puerta de metal sin mediar palabras. Metió la llave dorada por la abertura del candado al tiempo que pasaban muchas imágenes por su cabeza: el perro blanco dormido debajo de su auto, el crucifijo de madera colgado cerca del respaldo de la cama, los perros de su vecino que un día eran de un tamaño y a la otra semana de otra medida.

Justo cuando el reloj marcó las cinco pe-eme y el sol incineraba el cielo a más de 40 grados centígados, tocaron tres veces la puerta.

-¿Quién?

-Vengo a repararle la tubería –contestó del otro lado la fémina.

No venía sola. Ahora la acompañaba uno de los enanos nórdicos ataviado con un traje de gala.

-Buenas tardes –saludaron con una gran sonrisa. Al mismo tiempo los dos personajes provocaron una risa nerviosa a Julieta pero conforme el tiempo avanzaba, sintió un vacío entre el corazón y la boca del estómago muy parecido a aquellos tiempos en que su mamá iba a la escuela por la boleta de calificaciones (todas reprobatorias).

-Mire, él es ‘El Diablo’, con el que usted habló por teléfono para que le viniéramos arreglar el fregador.

-Ya te he dicho que no me digas así enfrente de la gente, ¡no entiendes! Lo único que ganas es que se asusten... o se rían como se está riendo aquí nuestra cliente –dijo con español poco claro el hombrecillo de piel casi transparente, cabello y ojos claros y de cabeza corta.

Los tres carcajearon como niños pero en el fondo la estampa de los fontaneros parados en la entrada de su casa, le llenó a Julieta su corazón de terror.

-Pásenle-

Le pareció extraño que ninguno de los dos trajera herramientas para solucionar el desperfecto en la cocina, por lo que les advertió que ella no tenía siquiera un desarmador en casa.

-Ni se preocupe –dijo la fontanera cuando se agachó para abrir la puerta del mueble en donde se encontraba la tubería dañada.

El disgusto de Julieta comenzó cuando el enano empezó a sacar de su saco primero una servilleta, luego otra y después más hasta que juntó cientas sobre el piso (¿Cómo diablos había podido guardar tantas servilletas en su traje?).

-Disculpe señor, para qué quiere tanta…

-¿Servilletas? –preguntó con los ojos llenos de burla.

Luego la mujer le explicó que no anduviera inquietándome por ese tipo de cosas sin sentido y Julieta tuvo que reírse para recuperar un poco la cordura.

-Ahorita se lo vamos a arreglar, ya le dije que no se preocupe –expresó de nueva cuenta la fontanera y después le preguntó: -¿Puedo agarrar una silla y una cuchara?

Cuando Julieta fue a la sala por una silla, sintió un dolor en la boca del estómago y apenas pudo cargarla sólo para darse cuenta que los plomeros al igual que la descompostura en la tubería, habían desparecido.

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