viernes, noviembre 22, 2013

El perro Blanco de San Lorenzo


Capítulo VII

Por Antonio Flores Schroeder

Los Juchitos hablaban en un dialecto incomprensible, al menos para “El Cholo”, que una tarde de esos jueves de arena y fantasmas, se enfrió después de escuchar una breve plática de dos hombres de la congregación, justo detrás del atrio del santuario.

- Tralis bikán oreuli der birtao

-Anemsta yablín detoryart

-Derrisin sao anderix

-yubli tarred atsmea

El lavacarros se asustó tanto que se echó a correr y al salir por una de las puertas laterales que conduce hacia la capilla, se estrelló de frente con otro sujeto del grupo.

-Disculpe usted, la neta llevo un chorro de prisa

El hombre vestido con una larga gabardina oscura ni siquiera le puso atención y siguió su camino mientras que “El Cholo” corría como alma encendida hacia la Plaza de San Lorenzo. Fue ahí donde vio al perro Blanco flotando entre los árboles dentro de una gran burbuja. De pronto, cuando las campanas del santuario sonaron, las bancas y la fuente se pintaron de púrpura. Primero sus manos se llenaron de sudor y después la temperatura de su cuerpo bajó en menos de un suspiro. Todo se oscureció.

Al amanecer, uno de los taxistas que labora en el sitio, se acercó a “El Cholo” que dormía sobre el césped, a un lado del perro Blanco.

-Y ahora qué te pasó, cabrón

-Nada, nada, me quedé dormido aquí –respondió con la voz todavía pastosa.

-¿Dormiste con el perro?

-Pues cuál más –dijo el taxista y señaló al can que ya estaba estirándose.

-Después te explico, carnal-

-No me expliques nada, mejor levántate y vete a tu casa, antes de que llegue la policía y te lleve detenido.

-En la tarde te cuento –aseguró “El Cholo” mientras se sacudía la tierra de su ropa y veía al perro que no dejaba de bostezar.

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