viernes, noviembre 22, 2013

El perro Blanco de San Lorenzo


Capítulo III

Por Antonio Flores Schroeder

La hermandad de Los Juchitos se reunía todos los jueves a las 9:00 pe-eme en el salón Eva-2, localizado en el subterráneo de la iglesia. “El Cholo” fue el primero en darse cuenta de su presencia justo cuando la guerra por la plaza de Ciudad Juárez entre los grupos del crimen organizado, estaba en su punto más álgido.

Ese día de julio de 2010, mataron a dos dealers en la esquina del autoservicio. Según el reporte de la Policía, los jovencitos de 16 y 17 años, fueron acribillados con 150 impactos de cuerno de chivo. Terminaron con las cabezas partidas en dos, dentro de una camioneta último modelo sin placas.

“El Cholo”, asustado por el escándalo, se refugió en el estacionamiento de la iglesia y comezó a lavar el auto del cura, poco después de las ocho de la noche.

Le pareció extraño que comenzaran a llegar hombres vestidos de negro, sobre todo porque no era horario de misa. El primero de ellos descendió de un Mercedes-Benz color rojo. Enseguida llegó otro en una Astro Van. Lo bajaron entre dos mujeres y después de acomodarlo en una silla de ruedas, lo llevaron hacia el interior del recinto religioso. Después arribaron los demás. Lo que más le llamó la atención al lavacarros era el silencio y el parecido físico que guardaban unos con otros.

El objetivo de Los Juchitos era la re-evangelización de la ciudad. Cuestionaban la democracia y varios de ellos estaban colocados dentro de los círculos de poder oficial y empresarial.

A esta congregación se habían sumado personajes radicales de otros grupos ortodoxos de la iglesia como el Opus Dei, Comunión y Liberación, y de los Legionarios de Cristo.

Los Juchitos eran buscado por las más altas jerarquías católicas a nivel mundial, ya que se habían salido de control de El Concilio Vaticano que nunca quiso oficializarlos como figura juridical de las prelaturas personales, cuyo fin es permitir el desarrollo de misiones pastorales.

Los hombres que formaban parte de la agrupación, comenzaron a volverse más comunes en los alrededores de la iglesia, que el perro Blanco sin dueño y sin nombre.

-¿Y esos locos, qué, mi Rosy? –cuestionó El Cholo a una de las cocineras que se fumaba un cigarro, después de haber cerrado la cafetería.

-No sé, Cholito, pregúntele al padre-

-No, qué miedo –dijo él con tranqulidad. Luego tomó el trapo, lo metió en el agua y, tras un suspiro, añadió en voz baja-: Parecen mafiosos.

-Cállese, cállese, mafiosos esos que mataron en la esquina –expresó la mujer cincuentona.

-Mire, ya se están llevando los cuerpos –expuso mientras señalaba a los forenses vestidos casi como astronautas.

-Con tanto muertos, Juárez se va acabar –agregó Rosy que apagó el cigarro con la suela de su zapato izquierdo.

-Por eso estamos llenos de fantasmas –aseveró el lavacarros.

En ese momento, el cura apagó la luz del estacionamiento desde la sacristía, donde se encontraban los controles del alumbrado de la iglesia.

En las torres del santuario, aún se reflejaban las torretas de las unidades policiacas. La luces azules y rojas pintaban una vez más la cruz.

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