miércoles, noviembre 13, 2013

El perro Blanco de San Lorenzo

(Capítulo II)

Por Antonio Flores Schroeder

 
La tortillería de San Lorenzo era única, no por el exclusivo sabor de su producto de maíz, sino por tener el único reloj de la ciudad cuyas manecillas se movían en sentido contrario a la normalidad.

En ese sitio trabajaba don Salvador que acostumbraba a laborar con una máscara de Rocky Star, uno de los íconos de la lucha libre juarense que dominó arriba del ring a sus adversarios hace más de veinte años.

Después del sol a medio cielo, la tortillería se convertía en punto de encuentro de amas de casa y empleados del sector. Las pláticas giraban alrededor del dinero que alcanzaba cada día para menos y del incremento de los asaltos a mano armada.

-El viernes se metió un fulano a la casa de Chole y le robó hasta el perico –dijo con la voz descompuesta Armida a su comadre al tiempo que hacían fila por un kilo de tortillas.

-Dios nos guarde pero las cosas están cada vez peor. El otro día se robaron de la iglesia una pintura de la virgencita de Guadalupe.

-Hijos de la chingada, perdón por mis palabrotas pero es que da reteharto coraje que en juaritos ya nadie respete nada.

-Mijita, todo el país está igual de jodido, yo por eso me desconecto de la realidad con mis novelitas en la tele –respondió Tencha con una sonrisa pintada en su rostro moreno y arrugado.

-¿A poco se desenchufa así de la realidad, seño? –terció don Salvador con su máscara de luchador-. Por eso estamos como estamos... yo prefiero el fut.

Pero si ese lugar parecía extraño a causa del reloj, lo era más por lo que había detrás de la puerta que se ubicaba en el pequeño patio trasero de la tortillería. Ahí vivía una familia de enanos nórdicos que había llegado de Dinamarca tras huír de un grupo que intentó exterminarlos en su país a finales de 1986.

El dueño del negocio les rentó el cuartito bajo la promesa de que permanecieran encerrados de día. La idea de ese arreglo no firmado, fue para impedir que su negocio se convirtiera en un atractivo para la prensa y la gente más chismosa de la zona.

Esa tarde, mientras las mujeres platicaban con el enmascarado, salieron todos los enanos asustados de su habitación porque uno de ellos se debatía entre la vida y la muerte. Hablaban y gritaban en danés. La escena fue tan rápida como la desaparición de los diminutos personajes. Antes del anochecer ya lo sabían casi todos los habitantes de San Lorenzo. Las dos mujeres percibieron los hechos como un sueño, casi como una pesadilla.

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