viernes, noviembre 22, 2013

El perro Blanco de San Lorenzo


Capítulo IV

Por Antonio Flores Schroeder

La parada de camiones frente a la puerta principal de la iglesia parecía la entrada a otra dimensión, y no era para menos. Después del atardecer solían verse a los payasos que llegaban casi de todas las latitudes de la frontera, para abordar la ‘burra’ hacia la zona Centro.

Los bufones entraban y salían del templo para ofrecerle a San Lorenzo algunos de los pesos ganados con sus acrobacias, en los principales cruces y semáforos de la ciudad del burrito y la violencia. Uno de ellos ingresaba a diario con una vela encendida, otro oraba en voz alta e inclusive algunas veces, los fieles que acudían a esa hora llegaron a ver a dos o tres payasos que se acostaban y se iban rodando hasta el altar, no sin antes golpear sus cabezas contra las bancas donde a veces las viejitas rezaban y que por tal alboroto, tenían que huír presas del miedo (y de la risa).

Norita, la única prostituta juarense que fiaba a sus clientes, llegó a tomar el camión un viernes de quincena, cuando en los tugurios y antros la alegría se cuelga de las nubes y el alcohol.

-Señito, mire mi bebé, se está muriendo… mi esposa nos abandonó, ¿no quiere ayudarme con diez pesitos para las medicinas? –le preguntó uno de los graciosos que cargaba un envoltorio a base cobijas rosas.

La mujer, ataviada con una minifalda negra, camisa del mismo tono y tacones de plataforma rojos, sintió en su corazón la tristeza de aquel pobre hombre.

Antes de que Norita contestara, otro payaso interrumpió la conversación.

-Ándele, no sea malita, échele la mano a Super Estrellita con su bebé –dijo al tiempo que metía la mano a través de las cobijas para destapar al niño y con un movimiento brusco le arrancó la pierna de plástico a la muñeca con la que hacían la broma.

Los dos hombres pintarrajeados se echaron a reír y,
con la fuerza del universo
la vibración del centro de la luz
el blanco y negro (otra vez)
y la línea curvada de otro tiempo,
las horas, días y años se detuvieron tras los pasos pachucos de Tin Tan que bailaba en el patio de la iglesia y cantaba:
“yo ya estoy convencido
de lo que a mi me pasa
que hay algo aquí escondido
y es dentro de esta casa,
un espejo que habla
una vida regalada
y mujeres y mujeres
que eso es mi debilidad.
Nada me extrañaría
que el espejo me hablara
ni me sorprendería
que al rato me casara…”

Luego regresó el color y los payasos seguían con sus risas y desmemorias mientras la mujer de piernas largas y blancas subía por los escalones de un camión lleno de payasos.

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