martes, noviembre 12, 2013

El perro Blanco de San Lorenzo
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Capítulo I

Por Antonio Flores Schroeder

-Sí padre, se lo juro por diosito –aseguró “El Cholo”, que entró corriendo a la cafetería de la iglesia como si el diablo intentara mandarlo al infierno.

-No jures por Dios, porque estás en su casa. Eso que dices… es una estupidez. Cuántas veces te voy a repetir que los milagros no existen, y menos voy a creerte cuando hueles tanto a alcohol.

-Nel padrecito, no le estoy contando mentiras, simón, Blanco está ahí, echado afuera de la tortillería. No está muerto –dijo en medio de una risa nerviosa que casi lo obliga a tragarse sus palabras. Después se persignó.

Pese a lo incrédulo que se mostró el cura, percibió en los ojos del lavacarros un cierto reflejo de sinceridad y en el fondo sí le creyó la historia, así que se le acercó y le tocó el hombro con la mano derecha para pedirle que lo llevara con el perro.

“El Cholo” era conocido por los dueños y empleados de negocios de toda el área de San Lorenzo. Aunque tenía un pasado marcado por su vieja amiga la heroína, por quien hace mucho tiempo tuvo que permanecer internado doce meses en un centro de rehabilitación de Phoenix, Arizona, nadie le tenía desconfianza. Hacía cualquier cosa por no ir a parar a la línea de producción de una maquiladora, así que no sólo limpiaba los autos del sector, sino servía para todo tipo de favores. A veces hasta se convertía en fontanero.

Dos días antes había muerto el perro Blanco, víctima del tiempo gris que a veces es de plastilina y otras de acero inoxidable. Lo encontraron a unos metros de la puerta lateral de la iglesia de San Lorenzo. Ya empezaba a oler mal.

Nadie sabía nada del perro. No tenía dueño ni casa. Juan, el dueño de la tortillería aseguraba que llevaba más de diez años en la zona. Nunca le faltó comida ni agua. Algunas personas iban mucho más allá de lo creíble. Un día al calor del sotol, doña Mary, la mujer de las setenta estrellas que trabajaba en una de las cocinas económicas del sector, relató a las señoras más chismosas de la zona la inverosímil historia sobre una fotografía de la época revolucionaria donde Blanco aparecía junto a un guerrillero. Puras patrañas para evadir la realidad, repetía el sacerdote Galván cada vez que escuchaba ese tipo de versiones.

-Te lo dije, te estás volviendo loco (eso creían todos de El Cholo) –expresó el cura enojado limpiándose con un pañuelo el sudor de la frente, al llegar a la tortillería.

-Aquí lo vi, padrecito, la pura neta que aquí lo miré.

-Ya te dije que los pinches milagros no existen, cabroncito.



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