miércoles, octubre 09, 2013

Mi alacena

Por Antonio Flores Schroeder

Ya me lo habían advertido pero como siempre, me valió madre. Lo creí hasta que lo vi acomodarse primero su peluca blanca de algodón y después su sombrero color azul marino para caminar entre las latas de atún e intentar descender a través de las astillas de la puerta de la alacena. No era producto del regalo del tío Agracio, sino de la puritita neta. El tipo del siglo antepasado salió del bote de avena, no de la que se cocina en tres minutos con un contenido neto de 409 gramos y que tiene sémola de trigo fortificada, sino la del bote con hojuelas de avena natural de 510 gramos en cuya presentación se asegura que la compañía fue fundada en 1877. Nunca aluciné ni en el más pacheco de los microrrelatos fuera a comerse en menos de cinco minutos todas las pinches zucaritas de Kellogs. Todo me hubiera imaginado, menos eso.

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