jueves, mayo 09, 2013


Un día de soles agitados

Antonio Flores Schroeder
5:50 aeme: En el punto de defensa número ocho, ubicado en la Misión de Guadalupe, tres soldados del Ejército federal apostados como francotiradores se quejan del tiempo que han pasado sin sus familias. En el primer piso, el mayor Enrique Pulido al mando del lugar, enciende el primer cigarro del día. Siente en la boca del estómago un galopar de caballos. Está nervioso.
Cerca de ahí, en el edificio de la Aduana, el teniente coronel Salvador Ulloa da órdenes a sus subalternos para colocar más sacos llenos de arena y dos nuevas barricadas.
-Francisco I. Madero proclamó ayer que no tomará la plaza, pero yo tengo mis dudas –dijo Ulloa al teniente Martínez.
El sol apenas ilumina los cerros, mientras en las oficinas centrales de Correos dibuja algunas sombras que parecen bajar desde las paredes descarapeladas de ese edificio, que reflejan sobre la tierra el abandono del gobierno de Díaz Ordaz a esta frontera. 
No hay nadie en las calles. El silencio es como una postal de soles agitados que empuja a los revolucionarios a seguir la lucha.
6:30 aeme: Es la hora del desayuno en el punto de defensa número ocho. El soldado Félix Arredondo tiene un presentimiento y se lo comenta al mayor Pulido. No pasa nada, le responde y si pasa, advierte, les vamos a perforar las cabezas con las ametralladoras.
El mismo sentimiento se apodera de los soldados al mando del teniente coronel Rafael García Martínez, en la trinchera que se levantó hace una semana en la avenida Ferrocarril, a unos cuantos pasos de la plaza de toros Hermanos Samaniego.
-Si se levantan estos cabrones, se levantará también la población civil. La mayoría simpatiza con los revoltosos –manifestó preocupado y en voz baja el coronel García Martínez a un grupo de soldados.
8:15 aeme: El rebelde Pascual Orozco tras dos años de contrabandear armas producidas en Estados Unidos para la lucha revolucionaria, camina de un lugar a otro en el Centro de El Paso.
Cruzan por su cabeza un mar de ideas en medio del desierto. Sabe que su idea de mandar a Pancho Villa al oeste de la ciudad, servirá como una pinza de contención.
Quince minutos después suena el primer balazo de la Toma de Juárez. Algunos dicen que los revolucionarios enviaron a una mujer para que provocara a las tropas federales; otros aseguran, que ese primer balazo provino de los revolucionarios que sabían que los federales no responderían, pues sus balas terminarían en territorio paseño. Fue idea de Giuseppe Garibaldi, posiblemente.
9:15 aeme: El fuego se intensifica. Las balas perforan cuerpos, paredes de adobe y encienden la esperanza de un mejor país para miles de familias que están escondidas en los rincones de sus casas.
Algunos soldados comienzan a abandonar sus trincheras. El pánico se apodera de ellos al ver que son superados por los subversivos. El sol comienza a calar cada vez más.
10:00 aeme: Los balazos siguen. Un perro que atraviesa las vías del ferrocarril olfatea un cadáver de un militar federal. Detrás del canino, un caballo sin su jinete, se desplaza a gran velocidad con rumbo indefinido. El olor a pólvora recorre las arterias de la ciudad.
10:40 aeme: El ataque al Molino de Montemayor lleva doce minutos. Alrededor de 50 soldados del 20 Batallón se sienten perdidos, pues ya se dieron cuenta de que una multitud de vecinos del barrio Bellavista se unió a los revolucionarios.
11:00 aeme: Francisco I. Madero ya sabe que Orozco y Villa lo desobedecieron. Con la tibieza que lo caracteriza, decide mandar un telegrama al general Navarro, responsable de la defensa de la plaza. Le escribe que los ataques se deben a un error y casi le implora el cese del fuego.
A la misma hora Orozco y Villa salen de El Paso rumbo a Ciudad Juárez. En el trayecto, junto a sus escoltas, piensan en lo que le dirán a Madero cuando éste les pida una explicación.
-Vamos a decirle que la tropa andaba encendida y que los federales los provocaron, le diremos que es imposible detenerlos, eso me lo deja a mí –advirtió Orozco a Villa.
11:30 aeme: Los soldados, inexplicablemente, comienzan a abandonar la primera trinchera localizada en el molino. Uno de ellos dice que fue una orden directa de Navarro, por el cese al fuego que pide Madero.
Los ataques ya se generalizaron en toda la ciudad. Surgen gritos y vivas a favor de Madero y los revolucionarios. Algunos incendios hacen más tétricas las batallas. Orozco, que ha mandado a Villa a cerrar la pinza, va a caballo al cuartel de Madero.
-¿Qué ha pasado general, por qué sus subalternos se descontrolaron? –pregunta a Pascual Orozco que todavía no se baja del corsel.
-Unos efectivos de la tropa no se aguantaron las ganas…
-Pero yo ayer proclamé que no íbamos a tomar la ciudad, general –lo interrumpe enojado Madero. El sudor escurre por su frente.
Después del reclamo arrecian los cañonazos de los federales que después se detienen por falta de municiones. Orozco y Madero, más tranquilos, comienzan a enterarse de los éxitos militares. A ambos se les dibuja una sonrisa. No es de felicidad, es de nervios.
A Madero le vuelve a entrar la tibieza y vuelve a ofrecer un cese al fuego. Los federales lo aceptan, pero los revolucionarios no. Ya no hay control de las fuerzas subversivas. Siguen en pie de lucha. Nadie le hace caso a Madero.
6:00 pe-eme: El atardecer de Juárez pinta el cielo de color rojo. Miles de aves rondan los cielos como una señal de triunfo. Los balazos continúan. 
Los hombres de Orozco y Giuseppe Garibaldi poco a poco se van apoderando de los puntos de defensa.
9:00 pe-eme: Madero se para frente a Orozco. Lo ve directamente a los ojos y tras una breve pausa, le dice que ha decidido hacer historia.
-Esto es imposible de detener, y lo más responsable de mi parte, aunque no estoy de acuerdo con esto, es aceptar oficialmente la insurrección. 
El corazón de Orozco se estremece. Después, un abrazo. La Toma de Juárez ha iniciado. 

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NOTA: Relato basado en los textos recopilados por el doctor José Manuel García García en su libro Ciudad Juárez, versiones de una toma, publicado por el Ichicult en el 2011 y en los estudios del historiador juarense Felipe Talavera.

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