Barra de video

Loading...

sábado, septiembre 08, 2012

Las paredes de mi casa

Por Antonio Flores Schroeder
Soledad camina de la cocina a mi recámara cuando mi ausencia es como un saludo de muerte. Recorre cada uno de los rincones de mi casa, rasga las paredes con una navaja suiza que encontró un día debajo de mi almohada. A veces, cuando la madrugada anuda mi voluntad y duermo en la banqueta de una mujer sin memoria, Soledad escribe en las paredes blancas
frases hirientes.
     Pone anuncios como en el clasificado del periódico en busca de hogares, corazones falsos, disgustos gratis y ojos extraviados. Por supuesto que esto me enoja. Tener que volver a pintar miles de veces las paredes, no se lo deseo a nadie. Tengo que bañarme, subir al auto, manejar por la avenida principal y encontrar semáforo tras semáforo a niños con el rostro lleno de dolor, que ofrecen chicles de una infancia perdida, semillas de un futuro que no germinará; luego giro hacia la izquierda, derecha, retomo el centro y busco un estacionamiento libre de malaria para entrar con la desesperación en mis manos al supermercado.
     Camino y escucho cómo los envases de cristal que están en todos los pasillos, se estrellan y entonces esos ruidos, que provocan otros ruidos (murmullos de los empleados y las mujeres que van en minifalda para provocar las miradas de hombres fotografiados y colocados en grandes posters para anunciar las ofertas del día) logran dispersar mis ideas y me colocan justo a un lado de los botes de pintura.
     Regreso por los mismos pasillos del alfabeto de marcas, otra vez los cristales caen al piso y llego hasta la cajera con cara de yo no fui, discuto con ella por la paridad del peso frente al dólar y trato de convencerla con un poema de que la mejor opción para el país somos nosotros mismos. Y entonces uno sube al vehículo y siente un extraño sentimiento de querer estar en casa, aceleras a toda velocidad y transcurres entre días y noches y te das cuenta que tu casa no volverá hacer el hogar que alguna vez fue. Después de una semana, quizá, logro regresar a casa y como si fuera ayer, saludo a Soledad, la invito un café, una cerveza y volvemos a pintar las paredes de blanco y si bien me va, podré dormir junto a ella, dibujar sobre su espalda, una imagen abstracta de algún sueño, pensando, como siempre pensando, que le hago el amor.

No hay comentarios.: