viernes, diciembre 09, 2011


Ovíparos en mi pecera

Por Antonio Flores Schroeder

Todo valió madre en un instante. Nadie sospechó nada. Ni siquiera Sergio que había dormido en el cuarto contiguo donde Armida y su novio pasaron la noche; los otros invitados a la fiesta de fin de año se percataron hasta las cuatro pe-eme, cuando durante el recalentado, la ausencia de la pareja nos resultó evidente.
-¿Y Armida todavía no se levanta? –preguntó Bertha con la voz aún dormida tras un bostezo etílico.
Nos reunimos en la sala de descanso donde se encontraba la televisión Sony de 60 pulgadas, que Armida adquirió por esas mismas fechas un año atrás y que por cierto, aún no terminaba de pagar. Ese era el lugar preferido de todos. Quizá porque se trataba del espacio donde jugábamos pokar de prendas cada vez que ingeríamos alcohol, es decir, casi todos los días.
Pero a partir de esa tarde todo cambió. Cuando forzaron la puerta del cuarto de Armida y se dieron cuenta de lo sucedido, Olga y Bertha se desmayaron; David sintió que el corazón se llenaba de un viento tan helado como el que corría afuera y Osvaldo y Karina, prefirieron huir con rumbo desconocido, sintiéndose un par de delincuentes (aunque realmente no lo eran, creo).
¿Quién habría puesto una rana y un sapo en la cama de Armida? y ¿en dónde se encontraba nuestra pareja de amigos?, fueros dos de las preguntas que hasta hoy nadie ha contestado. Lo peor de todo, es que pareciera que en verdad alguien hubiera convertido a la mujer y a su novio en un par de ovíparos. Por si las dudas, aún los conservo en la pecera de la sala.

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