martes, noviembre 22, 2011


Fontaneros*

Por Antonio Flores Schroeder

(Edición III)
Era lo último que yo esperaba en esta vida. Su cara endurecida y delgada, ojos impenetrables  y una boca tan pequeña que parecía de una muñeca Barbie, me atraparon desde un principio; su silueta de alfiler denotaba un cansancio fatal y su voz era un dejo de resurección; al principio creí que se trataba de una vagabunda que había tocado por error la puerta de mi departamento, pero una vez más, estaba yo equivocado.
-Buenos días, no suponga mal... no vengo a pedirle dinero –murmuró la mujer como si me hubiera leído el pensamiento.
-Vengo de parte de “El Diablo” –soltó de golpe la respuesta con un tono de voz chillón.
-¿Qué?
-Me dijo que tenía descompuesta la tubería de su fregador y si no me equivoco, aquí es la calle Posada 999, ¿o no? –preguntó casi de manera altanera y señaló con el dedo índice la numeración de madera colocada en la reja.
Lo imprevisto de la situación me impidió, entre otras cosas, pensar por ejemplo en cómo había logrado llegar hasta la puerta de mi casa cuando el acceso al patio se encontraba cerrado con candado.
-¡Ah!, pásele por favor. Si El Diablo la recomendó, entonces no hay nada que hacer.
Me siguió hasta la cocina con la tranquilidad de una tarántula, la pericia de un delfín y su caja metálica de herramientas color rojo.
-¿Cuál es el problema?
-Debe estar tapada la tubería porque se llena de agua cada vez que abro las llaves; pero qué mejor una especialista como usted para ver lo que en realidad tiene el fregador.
La llave de paso tenía que estar cerrada. Un día que olvidé hacerlo, al llegar a casa me encontré con un mar que arrastraba hormigas muertas hasta la playa de la sala, ahí donde la arena de la alfombra era como un cementario. No quería que se repitiera la historia. Una inundación de estas proporciones cuesta mucho y mi perpetua situación económica me impedía andarme por las ramas del árbol de mis sueños, donde la conciencia seguramente me arrojaría como a un himenóptero por la cascada de las pesadillas.
-Déme unas horas para ir a la ferretería a comprar lo que necesito. Le va a salir como en 300 pesos. ¿Sí va a estar en la tarde, como a eso de las cinco?
-Sí, aquí la espero.
La acompañé hasta la puerta de metal sin mediar palabras. Metí la llave dorada por la abertura del candado mientras me pasaban muchas imágenes por la cabeza: el gato negro dormido en el techo del refrigerador blanco; el crucifijo de madera colgado cerca del respaldo de mi cama; los perros de mi vecino que un día eran de un tamaño y a la otra semana de otra medida. Tantas cosas que pensar.
Justo cuando el reloj marcó las cinco pe-eme y el sol incineraba el cielo a más de 40 grados centígados, tocaron tres veces la puerta (la puerta tres veces tocaron).
-¿Quién?
-Vengo a repararle la tubería –contestó del otro lado la fémina.
No venía sola. Ahora la acompañaba un enano de poco más de un metro de altura ataviado con un traje de gala.
-Buenas tardes –saludaron con una gran sonrisa. Debo admitir que al principio la presencia de ambos personajes me provocó una risa nerviosa pero conforme el tiempo avanzaba, sentí un vacío entre el corazón y la boca del estómago muy parecido a aquellos tiempos en que mamá iba a mi escuela por la boleta de calificaciones (todas reprobatorias).
-Mire, él es ‘El Diablo’, con el que usted habló por teléfono para que le viniéramos arreglar el fregador.
-Ya te he dicho que no me digas así enfrente de la gente, ¡no entiendes! Lo único que ganas es que se asusten... o se rían como se está riendo aquí nuestro cliente –dijo el hombrecillo con un tono de voz demasiado agudo como para comunicarse sin ningún problema con los grillos en el jardín.
Los tres carcajeamos como niños pero en el fondo la estampa de los fontaneros parados en la entrada de mi departamento me llenó de terror.
-Pásenle-
Me pareció extraño que ninguno de los dos trajera herramientas para solucionar el desperfecto en la cocina, por lo que les advertí que yo no tenía siquiera un desarmador en casa.
-Ni se preocupe –dijo ella cuando se agachó para abrir la puerta del mueble en donde se encontraba la tubería dañada.
Mi disgusto comenzó cuando el enano empezó a sacar de su saco primero una servilleta, luego otra y después más hasta que juntó cientas de ellas sobre el piso. ¿Cómo diablos había podido guardar tantas servilletas en su traje?, pensé.
-Disculpe señor, para que quiere tanta…
-¿Servilletas? –preguntó con los ojos llenos de burla. Luego me explicó que no anduviera inquietándome por ese tipo de cosas sin sentido. Tuve que reírme para recuperar un poco de cordura.
-Ahorita se lo vamos a arreglar, ya le dije que no se preocupe –expresó el enano ahora con la voz más ronca.
-¿Puedo agarrar una silla y una cuchara?
-Sí, claro… -apenas pude reponderle.
El hombre diminuto subió al asiento y comenzó a meter las servilletas por debajo de la blusa de la mujer; algunas las acomodó entre el pelo y otras las acomodó entre los dedos de las manos. Enseguida jaló a la mujer con la fuerza de un toro y en cuestión de segundos le quebró los huesos de todo el cuerpo antes de meterla por el caño. El crujido de la muerte y la sangre que recorría de norte a sur las paredes terminaron por bloquearme. No pude impedir aquel asesinato.
Sentí cómo el frío en pleno verano invadía mi cuerpo como viento glacial. El fontanero lleno de sangre y con su traje manchado de rojo terminó metiéndose también por el conducto con una elasticidad inconcebible. Lo último que observé fue una de sus manos que salía del tubo mientras lo unía al otro cilindro de plástico por donde había empujado el cuerpo de la mujer. Ni siquiera me dijo adiós.

*Texto que escribí hace siete años. Lo encontré en los archivos del blog. Tiene algunas modificaciones y seguramente sufrirá algunas más en las próximas horas, días, semanas, años.

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