martes, agosto 02, 2011


Valparaíso


Por Antonio Flores Schroeder (Edición 4)
-Pos es que fue una orden de Dios –murmuró la mujer de la falda de paño rojo la última noche de 1940-. Qué oscuro está.
-Ya te he dicho que no actúes en su nombre –respondió José mientras sostenía sobre sus hombros una cruz de madera tan grande como el miedo que le impedía pensar con claridad-. Estamos impregnados del olor a copal.
(Quizá todo esto es un sueño), pensó la señora cincuentona, recargada sobre la pared llena de humedad y apuntes de fechas y nombres de santos que nadie conocía. (Pero no es un sueño, todo está como lo dejé ayer).
El Tributo de Masaccio, una de las copias de las pinturas del Renacimiento que el cura había adqurido a artistas italianos de segunda clase tras sus viajes por Europa, apenas se iluminaba por las cuatro velas que doña Eulalia había encendido desde la puesta del sol.
José no le ponía mucha atención porque analizaba mentalmente la historia que venía detrás de Eulalia y él. Como sacerdote del pueblo, conocía a todas las mujeres pero por razones de su edad y sus piernas, se enamoró de la joven un año después de asentarse como responsable del templo de Valparaíso.
La primera vez que la vio fue una noche cuando limpiaba la pila bautismal. Ella se sentó en la primera fila casi sin hacer ruido y quién sabe de dónde sacó un rosario para comenzar a rezar. Le pareció extraño que pese a la tormenta que azotaba esa zona de Zacatecas, alguien estuviera en la iglesia, aunque al mismo tiempo la escena le provocó ternura.
Desde entonces los ojos de bosque, a veces claros o transparentes, y en ocasiones turbios y nebulosos, atraparon al sacerdote originario del Distrito Federal. De ese encuentro recordaba los relámpagos y silencios prolongados seguidos por ecos y ofrendas a la imaginación. Hasta que la voz de Eulalia lo regresó al plano terrenal.
-Ya deja de pensar tonterías –advirtió mientras se acomodaba el vestido-. ¿Tons de qué diablos sirve reflexionar tanto cuando uno no tiene de su lado a Dios?.
-Estaba recordando aquella ocasión en que...
-Cállate y acomoda la cruz sobre la mesa, ya no te hagas la víctima con esa carga sobre tus hombros –interrumpió la mujer al tiempo que encendía la quinta vela en el sótano de la iglesia.
-Parece que no entiendes que prefiero que no haya luz. Ya déjame de hablar.
-Siempre tan tenebroso –dijo la doña con un tono de voz burlón antes de acercar una candela a su rostro para que José la viera como un resplandor.
Cerca de la escalera que conducía a la superficie detrás del atrio, había una decena de retratos en sepia de las vías del ferrocarril, donde se veían niños, perros y algunos paisajes donde aparecía el ex presidente Lázaro Cárdenas al lado de trenes y campesinos.
Debajo del suelo del sótano se escondía el pasado del pueblo. Eulalia y algunos albañiles que fueron traídos de otros pueblos y que por supuesto jamás volvieron a ver a sus familias, le ayudaron a construir un lugar en el que la paz descansara a unos cinco metros de profundidad.
Esa noche la mente se le llenó de luciérnagas antes de iniciar con su ritual. Escuchó los gritos sordos de los habitantes de Valparaíso que desaparecieron sin dejar rastro alguno ante sus familiares chismosos, que inventaron mil versiones de cada uno de los casos. Y en ese momento se quedó sin habla.
Lo que nadie sabía, salvo el clérigo, era que Eulalia hablaba con Dios.
Todo inició una mañana de diciembre cuando el Señor le ordenó que tenían que sacarle los ojos a doña Martita y José obedeció. Fue una cuestión de amor-obediencia-amor. Con esa fórmula amortiguaba en sus entrañas ese sentimiento cuando se convertía en un torbellino alrededor de la boca del estómago.
Entre ambos la llevaron hasta el cuarto del catecismo para enseñarle la cruz de madera que el cura había forjado durante la época navideña.
Un martillazo en la nuca y después otro y otro y otro, le cerraron para siempre la puerta de regreso a la viejita que le había llevado esa tarde al padre, empanadas de carne adobada en chile verde.
La señora cayó al suelo como una cortina con plomo y entonces su muerte invadió el piso de cemento como un ejército rojo hasta que la mancha de sangre dejó de crecer.
Eulalia, en ese tiempo muy atractiva, le dijo al cura que para sacarle los ojos a Martita era mejor utilizar una cuchara en lugar de esa punta metálica que se había encontrado en el quiosco del pueblo. En ese tipo de situaciones, según la mujer pálida y de cabello largo hasta los hombros, la primera vez siempre provocaba malestares y por eso el padre se indispuso durante setenta y dos horas.
Luego de una tarde sin misas, las señoras se pusieron tristes y juntas prepararon desayunos, comidas y cenas nutritivas con el fin de que el padre se repusiera.
Luego la muerte vino por Anselmo, el albañil que el padre contrató en otro pueblo para que construyera una fuente en el patio lateral de la iglesia; le sucedió lo mismo a los cinco sacerdotes que llegaron de sorpresa para felicitar a José por uno de sus cumpleaños.
Tantas desapariciones provocaron terror a las familias de Valparaíso pero nunca surgieron sospechas de lo que en verdad ocurría. Al contrario, la gente encontró un refugio para la tranquilidad y la armonía en las misas que ofrecía el sacerdote.
Entre más casos surgían, el número de cultos se duplicaba y de una misa que había a las 6:00 pe-eme, se pasó a dos cultos por la mañana y otros dos por la tarde, y hubo incluso algunas viejitas que propusieron liturgias por la noche, pero después concluyeron que el pobre del sacerdote no podía con esa carga de trabajo.
El gobierno federal mandó varias brigadas para detener la ola de desapariciones, pero su inefectividad para resolver los casos, lo llevó a esparcir el rumor de que un grupo de gitanos que vivía en los alrededores del pueblo podría ser el culpable de las ausencias.
A raiz de esta versión un domingo amanecieron muertos todos los integrantes del grupo, entre los que se incluían niños y ancianos. Surgieron fiestas patronales que el padre se inventó para darle gracias a Dios por el fin a las desapariciones. El júbilo y la esperanza regresaron a Valparaíso, que sólo quedaba con treinta de sus cien habitantes.
-¿A poco crees que podrás hacerlo sin luz? –rompió el silencio Eulalia- no sé cómo un cura le puede tener miedo a la oscuridad.
-Es que no te puedo matar –dijo él con la voz. Tras unos segundos intentó irse de ese lugar y dejar encerrada a la mujer en el sótano y, después de un suspiro, regresó para repetirle en voz baja-: es que no te puedo matar.
Don José estaba empapado de sudor y no quería ver los ojos a la señora que sólo atinaba a reírse.
-Veme la cara –ordenó la mujer-. No vas a tener miedo.
-No puedo, nunca he podido –respondió-. Va contra Dios.
-José, mi cura, mi salvador, voltea a verme –levantó la voz y se llevó otra vez la luz de la vela al rostro-. Es que Dios me lo ordenó.
El hombre ataviado con su sotana de color negro se recostó en el piso de tierra y comenzó a golpearse la cabeza contra una de las patas de la mesa sobre la que se sostenía la cruz.
-Eso se llama desobediencia y es un pecado –agregó Eulalia que no dejaba de contemplar la reacción autodestructiva del clérigo.
De pronto se abrió la compuerta del sótano y se escucharon algunas voces.
-¿Está ahí padrecito? –preguntó Margarita, una de las mujeres más fieles del poblado y que siempre cantaba el Padre Nuestro en las misas-. Lo necesitamos con urgencia.
El padre no contestó. El sudor se había mezclado con la sangre que escurría de su frente. Eulalia también se escondió en el silencio entretanto Don José apenas podía preocuparse entre la realidad y su inconsciente.
No quería que descubrieran el sótano. Cuando pudo voltear a ver a su acompañante, ella sólo se colocó el dedo índice sobre los labios para indicarle que no hablara. Y así duraron cinco minutos hasta que Margarita volvió a cerrar la compuerta.
-No quiero matarte, eres muy incomprensible.
-No lo soy, tu nos enseñaste a obedecer a Dios y ahora actúas en contra de tus enseñanzas. Además un muerto más a la conciencia ni siquiera lo vas a notar.
Margarita, que sospechaba que algo sucedía en ese sotano, apresuró su caminata para avisar a sus vecinos de la desaparición de don José. Veinte minutos después regresó acompañada de Felipe y Agustín.
Ninguno de los tres conocía el sótano en el que encontraron al cura en medio de un charco de sangre. Creían que estaba muerto pero aún respiraba. Entre los tres se lo llevaron a su habitación que estaba en el patio trasero del templo. Margarita, asustada, corrió con el médico de Valparaíso para solicitarle su ayuda y el galeno accedió sin pensarlo dos veces.
Pasaron tres días para que don José se recuperara y hubo mucha tristeza en el pueblo no sólo por el accidente del cura sino por la falta de misas. Los más fieles improvisaron un consejo para deliberar el asunto y decidieron premiar al sacerdote por su esfuerzo, dedicación y también por sus 25 años de actividad religiosa en el pueblo.
 Con el operativo del gobierno federal y el exterminio de los gitanos, Valparaíso regresó a la paz y a la felicidad. Ya no hubo más desapariciones. Gracias a Dios.

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