Barra de video

Loading...

miércoles, abril 20, 2011


Un día común

Por Antonio Flores Schroeder
María y su perro callejero se sentaron en el filo de la banqueta. Mientras eso sucede el camión del transporte público se detiene a un lado del parque y las palomas continúan en busca de su sueño cerca de los charcos que hacen fila en el vaporizador de sueños. El paletero suena la campanita conductista para que los estudiantes se mueran de cosquillas en el paladar. Cerca de ahí, una canción de Juan Gabriel provoca un motín en una colonia de hormigas.
El calor supera los cuarenta grados centígrados al tiempo que el voceador intenta vender los últimos periódicos a los guiadores que esperan el verde del semáforo. Todos escuchamos que se aproxima una motocicleta. Es de color rojo y se nota desde lejos que la acaban de lavar. Brilla como estrella sobreexpuesta y el motor ensordece a los animales subterráneos que corren bajo el asfalto del desierto.
Luego nos perturba el estruendo de los disparos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis balazos. Como luz de relámpago el motociclista se escabulle entre las arterias invisibles de la ciudad. María está sangrando. La mujer tiembla mientras el can llora en silencio y la protege de otro (posible) ataque. Increíblemente una ambulancia llega al lugar en menos de lo que el chisme corre entre las prostitutas que se asoman por las ventanas del motel (y desde el vestíbulo de su conciencia) para ver el cuerpo ensangrentado de María. Los paramédicos bajan de inmediato para auxiliarla.
El tiempo -dicen todos- se congeló. Me duele el perro (pintado de mil colores) y también su desesperación (tiene la mirada perdida). Las escoraciones del presente y el futuro del animal me conmueven. No deja de lamer la sangre de su amiga, ese líquido que entristece el panorama urbano cada día en la ciudad del burrito y la violencia.
La ambulancia arranca como una abeja pero luego de algunos metros se detiene y se echa en reversa. Unos de los rescatistas abre las puertas traseras y espera a que suba el perro que mueve la cola de gusto.
Aquí no pasó nada señores, grita una mujer a los mirones justo cuando vacía un balde de agua sobre el manchón. Huele a cloro con pinol. 

No hay comentarios.: