miércoles, abril 06, 2011



Oriana: Crónica de un concerto en el desierto*

–Da miedo el ruido de la araña gigante, ¿verdad?
–dijo Oriana con el rostro cubierto de asombro.

Por Yuvia H. Cháirez

Medianoche.

Las primeras notas del concerto para circo caen y se escucha el eco de su sonido a través de la penumbra nocturna de la ciudad. Primer movimiento. Se mira al espejo, se maquilla de arlequín y de pronto se ve envuelta en avecillas de colores. Comienza su acto. Mostrar la cara alegre y dicharachera ante una perversidad latente. La ciudad fronteriza de Juarez se convierte en su escenario y Oriana entonces visita a Antonio Flores en su departamento de la zona centro, donde la vida se pierde entre lo que es real y lo que es imaginario y donde los personajes de esta singular novela viven y reviven en cada rincon del lector. Una mujer hermosa con aires de intelecto, obsesionada con la literatura rusa y los cigarrillos. Olor a tequila y tierra mojada del desierto.

Oriana es una serie de minificciones que se entrelazan para dar matices a una novela con un ritmo casi tan versátil como la ciudad que representa. Antonio Flores Schoeder (periodista y poeta nato) logra cautivar a sus lectores con una singular narrativa beat donde los valores de la moral y la estética chocan en conflictos que buscan un camino más alla del bien y del mal, donde la verdad es algo cuestionable (nunca absoluta) y nuestra realidad se vuelve un juego de azar.

Oriana se convierte más que en una novela; es un reclamo hacia lo que nosotros como habitantes de ella hemos hecho (le hemos hecho). Es una ciudad que cree que se está muriendo y nadie hace nada para salvarla de su innevitable destino:

“–Creo que me estoy muriendo –continuó Oriana. –Desde que dejé la carrera me he sentido abrumada. Me perdí en la ciudad. No sabes cómo me siento cuando me quedo sola en mi cuarto, como si estuviera en un sitio que no conociera. A veces pienso que al día siguiente las calles van a cambiar de nombre o que la araña gigante ahora sí me va a matar.

Quedé frío. Le dije que nada de eso pasaría. Que se fuera a vivir conmigo. Pero no la convencí, se puso peor: traté de cambiar el tema, nervioso, herido por las cosas que aún no pasaban, pero que ya se habían metido en mi cabeza. Y retornó al tema.

–Me gusta mucho la ciudad, pero hay algo que se mueve en el ambiente que me repungna.
–Estás sugestionada por las muertas.
–No son las muertas, son los vivos. ¿De veras no puedes sentir que la ciudad es como un niño que está creciendo a la deriva?”

Un niño a la deriva que juega con viejos soldaditos de plomo desgastados pero que no lo dejan solo. Por eso se mantiene activa, en movimiento constante, nunca estable ni dormida porque si no sus heridas se la llevarán al lugar de las mujeres lagarto. Sangra y se aviva a si misma, con su performance diario y el sonido de los tambores que se convierten en plegarias.

Segundo movimiento. La arena se convierte en el cómplice del “aquí no pasa nada”. Esta, como otras referencias muy propias de nuestra ciudad, transportan al lector a la frontera de la cual se dice todo (Ciudad del Pecado, Ciudad del Diablo, La Fortaleza del Diablo, Violencia) menos lo bueno y bonito que es su gente. Oriana cree en su gente. Oriana siente a su gente y por eso el martirio la hace evadirse de su realidad para visitar a las almas que mueren en su desierto en las mazmorras subterráneas guardadas por El Moche, un hombre que al vivir la violencia en carne de su esposa decide también evadirse y convertirse en el demonio guardián de todas esas almas en pena. Mujeres que mueren en el secreto de las arenas del desierto…

Sin que me diera cuenta un sismo que tenía su epicentro en mi ojo izquierdo, había provocado varias grietas en los cimientos de la lógica. Dejé de oír y no pude hablar más. En cambio, detrás del cantinero, entre los edificios de vidrio, vi una diminuta imagen de Oriana corriendo entre los laberintos formados por las botellas de whisky y ron. Enfoqué la vista y la vi aún más clara, cerca de unos matorrales y pastizales. La perseguían dos hombres vestidos de judiciales hasta que la alcanzaron en la última botella, que estaba al lado extremo derecho del improvisado vitral. Aunque quería moverme, perdí la voluntad durante la escena. Oriana pidió auxilio. Los policías vestidos de mezclilla y botas exóticas, la tomaron del cabello y la playera para arrastrarla sobre la tierra de un predio abandonado, en medio de las piernas de la ciudad. La imagen se esfumó entre los frascos deformes por el alcohol y ya no pude hacer nada. El cantinero también desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Sólo estaba la mujer parada de manos que reía y preguntaba:

–¿Se le ocurre algo?

Existen dos puntos en los cuales Oriana nos queda debiendo –y ofrezco disculpas al lector pues utilizo éstas palabras sin el afán de denotación negativa, sino todo lo contrario. Primero, como todos alguna vez, Oriana se pierde entre el tumulto de personajes coloridos y perfectamente definidos en su vida. Desde el reportero convertido en torero que monta el camello y ronda por la ciudad (el trabajador honrado que se esfuerza por seguir viviendo en la ciudad a pesar de la mala nota), el bolero que cuida las puertas del infierno (la inconciencia colectiva que impide que todo aquello salga a la luz para protegernos de lo que no queremos ver), la Tibi (todos los vicios de los cuales la ciudad es famosa), y el cantinero con sus meseras (la conciencia y la cordura, mismas que se estancan en un mismo sitio). Todos estos personajes suelen confundir al lector pero que al momento de hacerlo lo hacen añorar más la presencia de la ciudad convertida en poesia, en mujer arlequín…

Tercer movimiento…

En el cuarto contiguo vive la “Tibi”, vieja amiga de los demonios de la heroína y del sexo de cartera y olvido. Ha pasado los últimos meses drogada y enferma. A veces no llega a dormir a su habitación que suele estar sucia y maloliente. El verde ténue de las paredes semeja un jardín abandonado mientras el ventilador de techo no deja de girar arriba de su cama. Su cuerpo de cuatro lustros está cansado y débil. 

Enseguida de ella vive “El Moche”, un tipo callado y ermitaño que pocas veces trata con sus vecinos. Es un bolero que ha trabajado casi toda su vida en la esquina de la Vicente Guerrero y Velarde. Conserva su cuerpo atlético a los sesenta años. Las ventanas que dan hacia el patio vertical de la vecindad, están cubiertas con papel aluminio. Nadie sabe cómo vive el hombre de piel ceniza ni qué es lo que tiene en su hogar, salvo Oriana, con la que suele hablar a solas y en secreto.

Segundo: con tanto hilo suelto en la colcha de colores, esta queda a una hebra de deshilacharse, por lo que el lector, confundido y angustiado (como todos los que hemos experimentado vivir en esta hermosa Oriana con su relación odio-amor hacia nosotros) se queda con ansias de que Kilómetro 20 (la segunda novela de lo que se espera sea una trilogía venida de la pluma de Flores Schroeder) resuelva la madeja y añada los patrones a la colcha que Oriana deja tejida a medias en nuestra cordura: una novela de culto muy al estilo de los underground beatniks de su generación, un deleite de imágenes, ideas y silogismos.

Nunca me ha gustado verla sumergida en los pensamientos, sobre todo cuando se guardan las esperanzas de que de un momento a otro, aparezcan las caricias y el eterno trayecto desde su cuello hacia la entraña. Al primer trago de café sus facciones  cambiaron. Debió haber pensado lanzarme frases hirientes para exhibirme con los vecinos, pero ella también estaba esperanzada en rescatar un poco de amor.

–Parece que todas las vidas necesitarían una ventana a la calle 16, un cerrar de cortinas y un toque de puerta. Y tú abriste ese hueco necesario entre éste y aquel lado, la puerta por donde paso para llegar a tu espacio –Oriana parecía recitar.

Final de la Overtura.

*Texto publicado en la revista electrónica: Almargen


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