martes, diciembre 14, 2010

Fontaneros*

Por Antonio Flores Schroeder

(Edición II)
Era lo último que yo esperaba en esta vida. Su silueta de alfiler denotaba un cansancio fatal y su voz era un dejo de resurección; por eso creí que se trataba de una vagabunda que había tocado por error la puerta de mi departamento.
-Buenos días, no suponga mal... no vengo a pedirle dinero –murmuró la mujer como si me hubiera leído el pensamiento.
-Vengo de parte de “El Diablo” –soltó de golpe la respuesta con un tono de voz chillón.
-¿Qué?
-Me dijo que tenía descompuesta la tubería de su fregador y si no me equivoco esta es la dirección que me escribió en la servilleta, mire aquí está –dijo al tiempo que señalaba con un dedo el apunte con el nombre del edificio y el número de puerta detrás de la que yo vivía.
-¡Ah!, pásele por favor.
Me siguió hasta la cocina con la tranquilidad de una tarántula, la pericia de un delfín y su caja de herramientas roja.
-¿Cuál es el problema?
-Debe estar tapada la tubería porque se llena de agua cada vez que abro las llaves; pero qué mejor una especialista como usted para ver lo que en realidad tiene el fregador.
La llave de paso tenía que estar cerrada. Un día que olvidé hacerlo, al llegar a casa me encontré con un mar que arrastraba hormigas muertas hasta la playa de la sala donde la arena de la alfombra era como un cementario. No quería que se repitiera la historia ni en mis sueños donde la conciencia seguramente me arrojaría como a un himenóptero por la cascada de las pesadillas.
-Déme unas horas para ir a la ferretería a comprar lo que necesito. Le va a salir como en 300 pesos. ¿Sí va a estar en la tarde, como a eso de las cinco?
-Sí, aquí la espero.
Justo cuando el reloj marcó esa hora y el sol incineraba el cielo a más de 40 grados centígados, tocaron tres veces la puerta.
-¿Quién?
-Vengo a repararle la tubería –contestó del otro lado la fémina.
No venía sola. Ahora la acompañaba un enano de poco más de un metro de altura ataviado con un traje de gala.
-Buenas tardes –saludaron al mismo tiempo con una gran sonrisa.
-Mire, él es ‘El Diablo’, con el que usted habló por teléfono para que le viniéramos arreglar el fregador.
-Ya te he dicho que no me digas así enfrente de la gente, ¡no entiendes! Lo único que ganas es que se asusten...
-O se rían –interrumpí al hombrecillo peinado como Adolfo Hitler y zapatos de payaso aparentemente recién boleados.
Los tres carcajeamos como niños pero en el fondo la estampa de los fontaneros parados en la entrada de mi departamento me dio miedo.
-Pásenle-
Me pareció extraño que ninguno de los dos trajera herramientas para solucionar el desperfecto en la cocina, por lo que les advertí que yo no tenía siquiera un desarmador en casa.
-Ni se preocupe –dijo ella antes de abrir la puerta del mueble.
Mi disgusto comenzó cuando el enano empezó a sacar de su saco primero una servilleta, luego otra y después más hasta que juntó cientas de ellas sobre el piso. ¿Cómo diablos había podido guardar tantas servilletas en su diminuto traje?, pensé.
-Disculpe señor, para que quiere tanta…
-¿Servilletas?
Ambos rieron como si no pudieran controlarse y yo tuve que seguirlos para evitar volverme loco.
-Ahorita se lo vamos a arreglar, usted no se preocupe –expresó amablemente el fontanerito.
-¿Puedo agarrar una silla y una cuchara?
-Sí, claro…
El hombre diminuto subió al asiento y comenzó a meter las servilletas por debajo de la blusa de la mujer; algunas las acomodó entre el pelo y otras las dejó entre los dedos de las manos. Enseguida vino lo que hasta ahora no me he atrevido a contarle ni al sacerdote al que le he confesado mis más terribles pecados.
El enano jaló a la mujer con la fuerza de un toro y en cuestión de segundos le quebró los huesos de casi todo el cuerpo antes de meter a su compañera por el caño. Los gritos y la sangre me paralizaron. No pude moverme y menos impedir aquel asesinato, entretanto él empujaba con la cuchara los restos de la joven que seguramente ya estaba muerta. Sentí cómo el frío en pleno verano invadía mi cuerpo como viento de glacial. El fontanero lleno de sangre terminó metiéndose también ahí con una elasticidad inconcebible.
Lo último que vi fue su mano que jaló el tubo de arriba para pegarlo quién sabe cómo desde adentro.

*Texto que escribí hace siete años. Lo encontré en los archivos del blog. Tiene algunas modificaciones y seguramente sufrirá algunas más en las próximas horas, días, semanas, años.

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