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jueves, octubre 14, 2010

La tercera es la vencida

Por Antonio Flores Schroeder

(Edición 1)

Rosalba era diferente. La primera vez que la vi fue en la esquina de la 16 y Francisco Villa. Era un viernes de quincena a la hora del tren.
Después de enredarme entre números y letras por más de doce horas seguidas, al fin salí del banco. Tenía ganas de ir a casa y dormir hasta el cansancio en el sofá de la sala.
De no haber sido por ella tal vez las cosas hubieran sido diferentes y no estaría yo aquí. Aún así, creo que valió la pena.
Rosalba tenía una cara dulce y expresiva, pero al mismo tiempo poseía un cierto aire de salvajismo en la mirada. Su frente amplia aparentaba tanta inteligencia como Layla y Anna.
Parecía una noche como cualquier otra: los ruidos de los camiones, la contaminación, cientos de carros desplazándose entre los agentes de Vialidad. El caos a su máxima expresión.
Antes de cruzar la calle me hipnotizó, sí, esa es la palabra adecuada. Se me adormecieron las piernas y ya no pude cruzar la avenida rumbo al estacionamiento donde estaba mi auto.
Su contorno facial era alucinante: cara expresiva y franca; nariz fina y boca fresca de labios estrechos. Sus cejas arqueadas casi perfectas flotaban sobre una mirada soñadora.
Seguro que le gusté, dije en entredientes. Me puse tan nervioso que ni siquiera enconté rápidamente los cigarros.
Al ver que no me quitaba de encima la mirada azulada, le regresé la sonrisa, aunque debo aceptar, fue tímidamente.
Enseguida me asaltaron las dudas. ¿Cómo debía comportarme? Una de dos: cruzaba la calle para perderme entre el tumulto con la posibilidad de no volver a verla, o desembolsaba el celular para hacerme el interesante mientras se me ocurría algo para acercarme a la joven.
¿Y si era el amor de mi vida? (pensé). Me temblaron las manos, se revolvieron los ayeres y enloquecí otra vez.
Dirán que soy muy enamoradizo pero me importa un cacahuate. Que la gente diga lo que quiera. Lo importante fue que le hice caso a mi sexto sentido.
¿Cómo te llamas?, le pregunté con el cielo en mi voz. No me contestó o más bien (necesito imaginarlo) el ruido urbano me impidió oirla.
Por eso me arrojé sobre el cristal de la tienda hasta caer encima de ella. Pude besar sus labios sin sabor. Lo mejor de todo fue que no opuso resistencia. Me llamo Rosalba, me dijo sonriendo.
La llegada de la policía y mi estancia en esta cárcel son otra historia.




1 comentario:

Miss Panda dijo...

Me gusta... te daja con las ganas de saber mas, de como carajos entro a la carcel por ejemplo... y si, me imagino el escenario completamente.