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sábado, agosto 29, 2009

Oración antes de dormir

AFS
Son las dos cincuenta aeme. La ciudad sigue despierta. Las sirenas de ambulancias se oyen como si vinieran de otros mundos. Hay en la televisión anuncios de cremas antiarrugas con cuatro aplicadores. Los perros comen croquetas. Autos van y vienen por las calles del fraccionamiento. El aire entra fresco por la ventana de la cocina. Mi laptop en la que escribo estás líneas está sobre la estufa. Yo estoy de pie. El sueño me atrapa. Pienso si apago o no la computadora. Mi mente me dice que ya es hora de dormir. Y yo le voy hacer caso.

viernes, agosto 28, 2009

Perla Bustamante

AFS
Tuve la oportunidad el año pasado de entrevistar a Perla Bustamante, la atleta juarenses paralímpica que obtuvo la medalla de oro en los cien metros categoría T42, en los Juegos Paralímpicos dePekín y que impuso récord mundial. Me contó parte de su vida y me dejó sorprendido, no sólo como deportista, sino por su calidad como ser humano. Hoy en día, Perla es la presidenta del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Casualmente, fue llamada por Calderón para ofrecerla la titularidad del organismo, tres días después de que se publicara la entrevista. Esta fotografía la tenía guardada en otra computadora, afortunadamente pude rescatarla. Aquí se queda.

miércoles, agosto 26, 2009

Sobre Oriana
Hasta este día la historia de Oriana se va hilando poco a poco. Empiezan aparecer nuevos personajes y poco a poco se va conformando una trama. En el capítulo II inserté un cuento que ya había escrito sobre Oriana al que le hice adecuaciones. Espero que les guste el inicio de esta historia.


Oriana
(Número de edición: 6)

Antonio Flores Schroeder
Oriana se divertía con ellos. Cada noche al llegar a su cuarto ubicado en el pequeño universo de una vecindad, desvestía su figura pálida y delgada mientras el ruido de los pasos de la araña gigante y deforme que vivía en el techo de su conciencia, bajaba por las paredes de color beige para esconderse en la selva deforestada de la alfombra.
Abría el único de los tres cajones que aún servían de la cómoda. Sacaba su disfraz: una máscara de payaso con el contorno de los ojos pintado de rojo; sonrisa dibujada de oreja a oreja; dos orificios para respirar; pestañas verdes y gruesas.
No era sólo la máscara: también una playera larga que cubría sus rodillas. Pantalones blancos. Sus zapatos negros y exágerados como los de cualquier otro payaso, lucían boleados, limpios, intactos.
Luego se veía en el espejo sucio y opaco, que, recarcado contra la pared y sostenido sobre el buró, brindaba la sensación de amplitud a la recámara. Apagaba la luz y encendía una vela. Era su desahogo una representación trazada en la pared frente a su cama.
La obra era la misma. El primero en aparecer era un pájaro gris del tamaño de una mano de adulto. Tenía pico naranja y plumas amarillas. Aleteaba neuróticamente y su acto era comenzar una cuenta regresiva con la voz de un niño, a partir del número diez.
Al llegar al cero, Oriana sentía como sus manos empezaban a sudar. Unos de los animales que más le llamaba la atención eran los dos cuervos, sostenidos sobre el cordón imaginario que cruzaba de pared a pared por encima de la cama.
De éstos pajaros de ensueño se dilataba el brillo de sus pesadillas. Antes de que aparecieran las mujeres lagartijas, Oriana sentía el temblor en su cuerpo al tiempo que el ferrocarril atravezaba la ciudad.
Tal como se lo conté a la Policía, el extraño rito de Oriana se repetía cada noche después de limosnear en el semáforo del Paseo Triunfo de la República y la avenida López Mateos. Después de que su cuerpo fue encontrado descuatizado sobre la cama, las autoridades se abocaron a una larga investigación que desembocaría en un final inesperado.
Con la intención de que el caso se resolviera lo antes posible, me dispuse a relatar parte de la lúgubre historia de esta mujer al sargento Pérez que se sorprendió más, cuando le propuse que me ayudara a descubrir el último eslabón de esta encrucijada. Pese a que mi relato era poco creíble, en el fondo el policía pensaba que yo contaba la verdad. Y así comenzó todo.

I
Ahora estoy de regreso al principio. Son las tres aeme de un día de agosto del año 2002. Afuera de la habitación de Oriana las ambulancias lloran. Un poco de viento caliente arrastra hasta su dormitorio otras historias de la vecindad ubicada en la calle Panamá, casi al llegar a la arteria Niños Héroes.
En el cuarto contiguo vive la flaca Adriana, vieja amiga de los demonios de la heroína y del sexo de cartera y olvido.
Ella ha pasado los años destruyendo y creando fantasmas en su cabeza. A veces permanece despierta cinco días seguidos en su cuarto que suele estar quieto e inmovil. Tiene una televisión de 12 pulgadas, es muy vieja. Por su pantalla apagada desfila Adriana, a veces un poco bien, después, a rastras.
El blanco de las paredes parece tranquilizarlo todo mientras el abanico no deja de girar. Su cuerpo de treinta cinco años está cansado y débil.
Enseguida de Adriana vive “El Moche”, un tipo callado y hermitaño que pocas veces habla con sus vecinos. Es un bolero que ha trabajado casi toda su vida en la esquina de la avenida 16 de septiembre y la Velarde. Tiene unos sesenta años. Las ventanas que dan hacia el patio vertical de la vecindad, están cubiertas con papel aluminio. Nadie sabe cómo vive ni qué es lo que tiene en su hogar. Otra de las vecinas, prostituta y bailarina de las cantinas de la calle Mariscal, un día le contó a Oriana que a este extraño hombre le gustaba escribir cartas a personas que no conocía. Era lo único que sabía del hombre de pelo largo y piel oscura.
Pero Oriana no pone mucha atención a lo que sucede en los otros aposentos. Sus preocupaciones después de las tres de la mañana giran en torno al sismo que agrieta su cuerpo, al sudor con frío y a la insólita emoción de reencontrarse con esos personajes al deambular por los laberintos de su mente catastrófica.
Es la primera vez que entro a su cuarto. Su cama se balancea como un péndulo y ella rasga con sus manos el colchón sin sábanas con olor a humo de tabaco y soledad. Primero la cama se mece lenta, luego se mueve con más intensidad hasta estrellarse con una de las paredes donde están escritos con marcador rojo varios versículos de La Biblia.
Tras el golpe, Oriana se levanta adolorida, pero hubo otras ocasiones que me contó que a veces la caída era tan violenta que ni siquiera le quedaban fuerzas para ponerse de pie.
Entretanto el olor a tierra mojada y la luz de los relámpagos se cuela por debajo de la puerta metálica de color blanco.
Entonces la aves comienzan su revoloteo y aparece el agua de la cascada en la parte superior del espejo. De ahí se desprende el ruido de la naturaleza. Detrás de la diminuta catarata hay un pozo que a Oriana le recuerda el que había cavado su padre durante las tardes de su infancia.
Oriana me platicó varias veces esa historia. Don Augusto cavó un pozo veinte años atrás en aquel cuarto donde vivió junto a su hija y veinticinco niños más. Los infantes a los que el hombre invidente quería como a su vida, le ayudaban a pedir limosna y así, casi siempre, había cena para todos. El pozo de tres por tres metros donde los infantes descansaban hacinados, estaba a un lado de la cama donde dormían él y su pequeña.
Así fue la primer noche que entré al cuarto de Oriana. En ese entonces ella trabajaba como mesera en la cantina El Recreo y hasta cierto punto era una mujer normal.

II

Cada viernes, después de haberla conocido, Oriana aparecía cuando estaba a punto de cerrar el cortinero de la ventana que da hacia la 16 de septiembre, al comenzar la ciudad su metarmofosis entre las luces intermitentes de la noche arenosa.
Parecía venir desde algún lejano lugar después de oír su respiración acelerada subir por las escaleras del edificio hasta el quinto piso donde vivo.
Perdió la costumbre de caminar y comprar cerveza, arrancar las flores de cualquier patio frente a la banqueta donde solíamos escribir pequeños poemas o relatos increíbles, y leer el periódico “Le Monde” para impresionar a la gente y no entender más de dos palabras. Eran días en que carecíamos de preocupaciones: trabajar, levantarse temprano, cumplir, pagar (sexo o alcohol) a las (digamos) once de la noche.
Cuando cerraba el cortinero era porque mi paranoia se incrementaba con la obscuridad y entonces tocaban a la puerta. Aunque sabía que era ella, en el fondo yo guardaba la esperanza en mi cartera de que podía ser el billetero de la lotería que vendía ilusiones a una cuadra junto a los puestos de revistas en el Mercado Juárez, y que venía a avisarme de mi buena suerte.
-¿Quién?- Preguntaba desde la ventana y con el cortinero cerrado.
-No sé- Respondía Oriana.
Entonces yo caminaba hacia la puerta para ver qué buena nueva traía entre sus labios.
-¡Hola!- (yo esperaba que viniera fumando con esa sonrisa como ritual a la entrada de cada casa. Otra vez no había ido a trabajar a la cantina).
-¡Pásale!- (siempre le digo lo mismo. Como de costumbre esperaba que me ofreciera un cigarro, pero esta vez no lo hizo).
-¿Tienes una copa de vino?- Oriana llegaba como en un sueño que suele provocar un fuerte peso en la boca del estómago, como un andar de cabellos que golpeaba por debajo de mi piel.
Primero nos sentábamos a platicar y entonces empezábamos la función. Una, dos, tres, cinco, diez, quién sabe cuántas copas de vino. El mundo y sus imágenes en una gota de calor sobre el cristal de nuestros ojos. Guerras y amores clandestinos; su piel, rectángulo que se dislocaba ecuánime sobre la alfombra...
Doce aeme: Oriana y yo no supimos si entonar el himno nacional o asomarnos desde la ventana y gritarle a la gente que el mundo cosmopolita nos repugnaba, y que extrañabamos aquella ciudad plagada de horas en blanco y negro y museos donde vimos varias veces “El perro andaluz”.
Aquellas tardes de sueños fueron enterradas por el clima extremosos en este rincón del país, en esta franja donde las balas emigran transfugas transfronteras. Al final, no hacíamos ninguna de las dos cosas, preferíamos escuchar a Beethoven o Mozart, o simplemente escondernos bajo las sábanas y jugar a que éramos niños desnudos. Adan y Eva.
Cuatro aeme: Todo lo que pasa afuera es irrelevante; el ruido de la ciudad y su masa de contradicciones y sueños del sur interrumpidos, mujeres extraviadas en este enorme laberinto. Jugamos con un cigarro a hacer figuras de sombras sobre la pared mientras nos íbamos quedando dormidos.
Seis aeme: Las nubes se quiebran como rompecabezas, se suicidan después del vaivén de emociones. Llueve. Mi padre corre bajo el aguacero detrás de mi, pensando que me detendrá cuando viene un camión a unos cuantos metros y a punto de atropellarme...
Diez aeme: Despierto.
La cocina y todo el depa está envuelto en aromas de cigarro y sexo y sueño, y entonces la música y la ceniza (su olor) se vuelven ropa o recuerdo, taquicardia.
Encima de un brassier una cajita roja destruida por las pisadas de un fantasma encolerizado, es una cajetilla de Marlboro, los cigarrillos están partidos por la mitad, qué desgracia. Oriana vuelve aparecer quién sabe de dónde (ha de haber estado escondida en el horno o el closet)
-¿Tienes un cigarro?- Mi voz entrecortada por los restos de una prolongación de alcohol en mi cuerpo.
-No- El “no” de Oriana es raquítico, pero cortante.
-Tu casa parece un jolgorio, cuánta perdición, ¿no te da vergüenza?- dijo ella.
-No-
-Ah, des-ver-gon-za-do-.
-Tu me ayudaste a hacer de esta casa lo que ahora es, y vienes a decirme que soy culpable, nunca has sido para ayudarme a recoger historias que hemos dispersado entre tantas noches- lanzé mis dardos. Palabras.
-Eso que dices es una mentira- Oriana voltea a ver su rostro pálido en el espejo del pasillo. Se acercá a el como si fuera a besarlo. Sonríe, voltea a verme, mirada diábolica, saca un cigarro de su camisa sucia de amaneceres. Yo juego a extingur los cerillos que aún quedan en la cajetilla.
-Te pedí un cigarro hace unos instantes-.
Ella sólo sonríe mientras se sigue viendo en el espejo; juega a hacer imágenes con el humo al mismo tiempo que vuelvo a entrar a la primera etapa del sueño.
Cuando despierto Oriana ya no está, pero queda algo de ella: su aroma en la mezcla de ceniza, delirio, vino. Estado alterado de conciencia con ciencia con aterradoras formas de ver la vida.
Horas más tarde, las luces intermitentes vuelven aparecer disgregándose entre la arena y el barro, el ruido de la ciudad nocturna desaparece sobre el asfalto del desierto mientras estoy a punto de cerrar el cortinero que da hacia la 16 de septiembre, entonces alguien toca la puerta; guardo la esperanza en mi cartera de que pueda ser el billetero de la lotería.
-¿Quién?- pregunto antes de abrir la puerta.

jueves, agosto 06, 2009

Tres imágenes raras de un día

AFS
1.-Cerca del teléfono público que se encuentra frente a la iglesia de San Lorenzo, un hombre de unos sesenta años acostumbra de siete a ocho pe-eme a sentarse en una banca para fumarse la tarde. Cada vez que alguien pasa cerca de él, imita el mujido de una vaca. A veces la gente lo oye, otras veces no.

2.- Una mujer que alcanzó sus treinta años, se siente sola. El tren se le está pasando y no le queda otra más que tomar el camión que la lleva a los ayeres de la colonia Soledad. Tiene que esperar, sentada, dormida, despierta, para saber si a esa ruta se subirá su destino. Piensa, siente, que el sexo lo encontrará con cualquier persona a la que busque. Mientras eso pasa, come palomitas y de vez en vez, le arroja una a los demás pasajeros. Algunos le reclaman, otros ni se dan cuenta.

3.- Un niño juega futbol en el parque que está frente a su casa. Le gusta imaginar que es un crack de las canchas italianas. Lleva la pelota entre sus pies y burla a sus fantasmas hasta meterse al área grande, pero cuando se dispone a burlar a los defensas de su conciencia, su pasado le pone el pie. Es un penal. No lo pudo ejecutar porque no hay portero.
Este poema del escritor chileno Gonzalo Rojas, es uno de mis preferidos:

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación...

Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación
se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure
en mis pulmones
una semana más, los días van tan rápidos
al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.
Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
porque está escrito que esto se cumpla en las estrellas
y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
y los meses gozosos que espero todavía.
Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
de haber entrado en este juego delirante,
pero el espejo cruel te lo descifra un día
y palideces y haces como que no lo crees,
como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá
en el fondo.
Si eres mujer te pones la máscara más bella
para engañarte, si eres varón pones más duro
el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
así es que lo mejor es ver claro el peligro.
Estemos preparados. Quedémonos desnudos
con lo que somos, pero quememos, no pudramos
lo que somos. Ardamos. Respiremos
sin miedo. Despertemos a la gran realidad
de estar naciendo ahora, y en la última hora.

De “Contra la muerte”

lunes, agosto 03, 2009




El desahogo

AFS
Te prefiero en sueños. Es suficiente encontrar tu imagen en un cartón digital, antes de que el fuego empiece a surcar el camino del presente de otras noches.
Es mejor despertar, levantarse y recorrer cualquier parque aislado de la guerra, que buscar la sintonía que no existe. Por eso me siento durante las horas de la noche en el techo de mi casa a escucharte, aunque no estés.
Hay que hacerse a la idea de que esta noche las estrellas se fueron. Hay nubes y no se pueden ver. Espéremos que algún día el cielo se limpie de ideas irreconciliables. Por ahora hay que esperar.
Un libro y una pelota de futbol, podrían ser suficientes para esconderme de ti, y entonces, no volverte a ver: podría también tomar el camión de las seis aeme hacia las ruinas de la memoria y bajarme diez kilómetros antes para no acordarme de otros universos, pero la historia no cambiaría.
Hay que esperar, sentado y con café y con cigarros y sin comas y sin puntos