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martes, octubre 24, 2006

Esta es una historia que traía en la mente desde hace varios días. Espero les resulte interesante, aunque todavía faltan algunas correcciones y aumentos. Ésta es la frescura que sólo el blog le puede dar a alguien que quiere escribir rápido, con prisa.



Inocente
(Edición I)


Por Antonio Flores Schroeder

El infierno, solitario y sombrío, no sólo está en este lugar, sino en el sur de Ciudad Juárez. Pasillos oscuros y paredes húmedas con olor a muerte lo separan de nuestro mundo.
En el suelo florecen las pesadillas y el hambre. Confieso que cuando me contaron la historia me resistí a creerlo. Por eso inicié el proyecto de reportaje de ese horrendo sitio donde subsisten cientos de personas.
La mañana del 23 de agosto del 2004 llegamos mi fotógrafo y yo a una entrevista que realizaríamos en el centro comercial ‘Tarahumara’, situado entre las calles Cortez y Santa Isabel.
Un día antes Ismael, uno de los empleados de la carnicería de ese negocio, me citó para ayudarme a hilvanar lo que me había relatado días atrás.
Bajamos por una alcantarilla que está en el estacionamiento trasero de ese negocio. En cuestión de minutos quedamos en tinieblas.
El fotógrafo insistió por un tiempo que nos regresáramos, que era mejor volver a la superficie. Le dije que no. Había que desentrañar el misterio.
El único punto que veíamos era el dibujo del embudo de luz que esparcía la linterna de Ismael, sobre el agua sucia e inmovil que estaba en el piso, a veces liso, a veces con hoyos.
De pronto escuchamos una voz. Vino del fondo del túnel: ‘Ahí viene alguien’. Los tres nos asustamos y el carnicero por poco suelta la micro-lámpara. Luego el silencio regresó y ya no oímos nada.
-Falta poco- aseguró Ismael.
El fotógrafo acostumbrado a ver niños atropellados, víctimas de asesinato, mujeres muertas y todo tipo de pesadillas que cubre en la fuente policiaca, no pudo dar crédito a lo que encontramos al dar la vuelta en uno de los pasillos del drenaje.
-Aquí le traigo un periodista para que les ayude a conseguir lo que quieren... quiere ayudarlos -advirtió Ismael que con la luz apuntaba los rostros descompuestos de varias personas. Prendan la luz.
Escuché luego decenas de pasos que se acercaban pero aún no podía ver bien cuántos eran. Al principio quise huir del lugar pero después me pareció una buena historia que había que relatar y mostrar a nuestros lectores.
-Quie... nes sssssooooooooonnnnnn-. La voz entrecortada de una mujer adulta.
-Buenos días, prenda la luz, sólo quiero saber cómo están- le dije.
Cuando la mujer encendió una lámpara de petróleo, se eclipsaron nuestros ojos. No pude hablar.
La señora se arrastraba. No tenía piernas. Se acercó a nosotros y lo primero que hizo fue escupirnos. Después vino una reacción en cadena y las otras personas comenzaron a gritar.
(Toma una foto y vámonos) le dije a mi compañero casi en silencio. La situación era peligrosa. Ahí recordé cómo los periodistas de la vieja época nos restregaban cada vez que podían ‘que el riesgo que corríamos a veces no valía la pena’. Que nadie se iba a hacer cargo de un periodista accidentado mientras realizaba su trabajo.
Quise dar unos pasos de espaldas pero tropecé con un hombrecillo y caí. Después escuché el llanto de niños que se mezclaba con el bullicio que venía de otros túneles.
Una vez en el suelo el miedo no me dejó pensar. Lo impacté con el codo y pegó un grito desgarrador que inquietó a sus compañeros. No supe cómo me levanté.
Por el túnel donde ingresamos llegaron varios hombres, pero éstos sujetos se veían mucho más violentos y hablaban en otro dialecto. Estaban armados con tubos y traían colgados sobre su espalda varias sogas.
Corrí por el túnel y conmigo lo hicieron mis acompañantes. Alcancé a ver un flash de la cámara y luego otro. En la huída Ismael extravió su linterna y tuvimos que escapar a ciegas.
Sentí haber corrido varios kilómetros cuando detuvimos la marcha tras el grito del fotógrafo.
-Ya párenle... los perdimos -alcanzó a decir con la respiración agitada.
-Valió madre, los perdimos y nos perdimos. El carnicero estaba desconcertado.
-¿Por qué no me dijiste lo que había en realidad? -le pregunté enojado.
-Yo tampoco lo sabía. Cuando les traigo carne no se ponen así, además los que llegaron después ni los conocía.
Caminamos hasta que nadie pudo hablar. Y llegamos a un túnel que dejaba ver algo de luz. Era el mismo lugar donde estaba la señora que se arrastraba.
Rápido nos rodearon y nos metieron a unas celdas durante los días perdidos.
Asesinaron al carnicero y luego al fotógrafo. Los destazaron poco a poco frente a mi cuando aún tenían vida. Sus cabezas fueron colgadas como una amenaza para que no intentara escapar. Dormí las horas del terror y del escalofrío perpétuo.
Al despertar había perdido la cuenta del tiempo y ya no estaba ninguno de los seres que habían matado al fotógrafo y al carnicero.
La puerta de la celda estaba abierta. El olor del lugar era una composición de agua sucia con sangre. Sobre una mesa de madera destruída, estaban las dos cabezas y algunas otras partes de sus cuerpos. Cerca de ahí encontré la maleta con la cámara y ahí guardé los restos del carnicero y el fotógrafo. Emprendí la huída.
No sé cuánto caminé para hallar la salida. Cuando salí a la superficie estaba atardeciendo. El color de los rayos del sol y las pocas nubes del poniente habían enrojecido el cielo. Me senté en una banqueta a contemplar el fenómeno y las horas pasaron lentas hasta que amanecí en el cuarto de un hospital acompañado de tres policías y un ministerio público.
Desacreditaron la historia y me acusaron de doble homicidio y me llevaron tras las rejas. Y como la noticia que vende es primero, ocupé varios días la primera plana en el periódico que trabajaba, y hasta en los medios impresos de la competencia.
Hoy se cumplen dos años y he dedido desde ésta celda narrar lo que verdaderamente ocurrió. El infierno, solitario y sombrío, no sólo está en este lugar, sino en el sur de Ciudad Juárez.

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