martes, mayo 16, 2006

Desvelado

Antonio Flores Schroeder
(Edición 5)

Siempre sucede así. Y todo por la noche que suele reterme, entre voces -sombras de tabaco- puros gritos en re menor, mujeres ya sin vestido, ni conciencia.
Me dormí esta vez las horas del frío un amanecer a las veintitantas aemes del reloj. El silencio aún no llegaba; las palabras, casi todas, se (re)volvían en mi cabeza:
-Ya quiero despertar, pinche sueño... qué me pasa...-
Un sapo del que sólo veía la silueta en las paredes tapizadas de olvido, no dejaba de repetir lo que yo pensaba:
-No mames, qué pedo con este trip, qué tomé anoche-. Luego daba los saltos. En las sombras veía todos los movimientos matamáticamente. Primero, el impulso, luego la (des)compresión de sus músculos, los ojos, a qué velocidad abría la boca, cuántos milímetros de su piel se estiraban en cada acrobacia. Después reptaba el techo. Ya no era nada. Era como un gusano, sólo un cuerpo amorfo, sin color.
Regresé al cuarto ¿en dónde estaba?
Entonces me metí bajo sábanas una serpiente hasta llegar a la almohada. Vi la distancia y conocí mundos en cuestión de segundos. La niñez enmarcada. Recuerdo el zumbar de abejas, la distancia cada escuela, manifestaciones de hombres anónimos con bandera roja y las ideas compradas en azul. Bajo sus pies charcos de sangre, caliente. Una explosión.
Regresé (otra vez). Traté de poner mi mente en blanco pero el sapo continuaba siguiéndome por los laberintos de la imaginación.
-Van a pensar que estoy loco, como callo a esa chingadera -insistía en repetirme.
De pronto Oriana abrió la puerta.
-¿Que no vas a ir a trabajar?- me preguntó, pero el sapo ahora se encontraba sobre su hombro.
-También te sucede lo mismo?- le pregunté.
-¿Qué? -respondió. ¿En realidad no sabía nada de esa pesadilla? Todo esto como si fuera poco el malestar físico y el temblor de mis manos pálidas.
-¡Pues lo del pinche sapo ese! -grité desconcertado. Debí haber cimbrado sus oídos. Eran campanazos que despertaban a los demás sapos. Desde afuera venían sus bostezos y el concierto de lamentos de mis vecinos.
Era lunes.

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