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jueves, septiembre 22, 2005

Sin municiones

Por Antonio Flores Schroeder


-¿Quién va a poder con este país? -se preguntó doña Martha.
-Nos vamos a joder -dijo Chifón.
-Desde que nací estamos en crisis y ni que decir de mis hijos -protestó la señora mientras la niebla de octubre comenzaba a ceder.
Chifón, un ex carpintero convertido a guerrillero del EPR tenía varias semanas en una cama de cartón. No podía comprar medicinas. El cáncer lo fulminaba una bala enemiga. Los días habían sido de mucho dolor. Vivía en una cabaña abandonada en la sierra del estado de Guerrero junto a Doña Martha, una maestra jubilada, que lo había acompañado por querer andar en la ‘lucha’. Jamás imaginaron que terminarían sin municiones y alimentándose de lagartijas, entre olor a pinos y águilas muertas.
-Vamos a ver como le hacemos para comprar medicinas -intentó dar un poco de ánimo a Chifón que se retorcía en el suelo por el dolor.
-No, ya dejalo así... me va a cargar la chingada. Ya hemos matado muchos banqueros y empresarios -repuso con sus palabras llenas de grietas.
-¿Quién se va a dar cuenta de otro culero que mandemos al panteón?- cuestionó enfurecida la maestra.
-¿Y si te agarran?
-Son unos pendejos. Soy más escurridiza que el agua.
-Vete pues pero no me traigas medicina, ve con Samuel por morfina pa’ el dolor.
Juxloba

Por Antonio Flores Schroeder

I

Eran unos cuantos. No sé exactamente cuántos. Al principio los veía cruzar desde el pasillo hacia la recámara en donde reposan los libros pacientemente olvidados. Sus apariciones terminaron por volverse un lugar común. Sólo quedó uno: Juxloba. Debió haber creído que yo no sabía de su existencia. Varias veces pude ver su sombra espíandome hasta que un día se empeñó en asustarme. Jamás pensé que sería capaz de eso. Aún sigo frío.

II

Sus ojos eran como el mar de noche. Un día lo pude ver detras del crucifijo que tengo en la sala. Todo sucedió en una milésima de segundo. El día oscureció. Estaba en todas partes. En el vaso de agua una tormenta en mi corazón, un sismo en la cama y una grieta en el techo del cuarto. Abrí la Biblia. La luz regresó.


III

Esa noche me invadió el pánico. No sabía por qué. Sólo intuía que alguien más estaba en mi habitación. El sudor inició una cascada en el desierto que era mi cuerpo una sábana de terror. Quedé inmovil. Pasaron los minutos una sombra por recuerdo hasta que al fin pude gritar. Azotó la puerta de la cocina con toda su furia. Ya no regresó.

martes, septiembre 06, 2005

Diálogo entre sicarios
Por AFS


-Ya son muchos-
-No que chingados... son menos que el año pasado-
-¿Neta?-
-¿Y ahora que chingados estás haciendo?-
-Ni madres... estoy pintando-
-Ay cabrón-
-¡Cuidado no te vayas a pintar los zapatos!
-Por ahorita soy el chido, hago lo que quiero, me los chingo como quiero-
-Estás loco cabrón, que ¿no está el hijo de Félix?-
-Es que los fines de semana sólo hay que amarrarlos con el lazo y tirar la silla con un patadón. Ya ni me traen balas-
-Cómo eres culero-
-Los putos ponen los ojos en blanco-
-¿Y que chingen a su madre?-
-Dicen que se portan mal, que hay que darles pa’bajo, killer, pues-
-¿Y tu los entierras?-
-No mames ya no se usa esas pendejadas-
-¿Los quemas?-
-Nel. Se los damos a los marranos, sólo hay que mocharlos con la sierra eléctrica-
-Me gustaría echar a los cerdos a un pinche federal que no acepta lana el muy honestito-
-Pos aquí te espero, para eso sigo pintado-
-¿Y para qué pintas la pared?-
-¿Qué no ves la sangre salpicada?