domingo, julio 24, 2005

El viaje de las cebollas


Por Antonio Flores Schroeder
La naranja celeste se escondía en el abismo de Anapra justo a la hora en que me habló por teléfono Zerk, para que fuera a su casa y conociera una ‘nueva forma de ver la vida’.
Al llegar a su hogar no sólo me recibió él, sino un fuerte olor a cebolla. Pensé se encontraba preparando algún platillo especial para conmemorar un reencuentro más de nuestra amistad y hasta se me abrió el apetito. Pero no. La razón del olor a cebolla era otra muy distinta a la que había generado mi mente tan enferma.
-Siéntate, queremos hablar contigo -me ordenó Montecristo señalando uno de los sillones de la sala.
-¿Qué pasó? -respondí un poco desconcertado por su tono de voz (sobre todo por haber dicho ‘queremos’. ¿Había otras personas ahí?
-He descubierto algo más cabrón que los hongos de Nuevo México.
-What?
-Neta Schroeder.
-¿Que descubriste pinche loco?
La cebolla tiene poderes alucinógenos. Su esposa nos veía desde una foto vieja que colgaba en una de las paredes.
-Y ahora ¿qué chingados te pasa my friend?
No pude contener la risa. Para burlarme me paré de manos y caminé por toda su casa, pero tras los minutos Mauricio insistió:
-La cebolla tiene poderes alucinógenos.
Al fondo en la cocina, se veía un cuadro histórico que no alcanza a ver del todo. Mis ojos comenzaban a irritarse. Zerk partía cuidadosamente una y otra y otra cebolla. El cuadro histórico comenzó a verse en blanco y negro.
(Tan calladito, qué chingón, mira cómo rebana las cebollas, no mames) pensé, mientras apretaba mis manos contra el aluminio donde reposaba la cerveza pacientemente fría.
-¡Por Dios Mauricio!, ¿qué estás haciendo? -repuse tratando de recobrar la cordura.
-¿Sabías que si una persona se come quince cebollas cocidas a cierta temperatura el viaje es brutal?
-No lo sabía, y no lo creo.
-¡Te lo juro! -gritó Zerk desesperado.
Luego me contó cómo llegó a sus manos la ancestral receta mientras seguía degollando cebollas y me veía a través del reflejo de la ventana de la cocina. Sin creerle mucho acepté la propuesta de comerme quince cebollas cocidas ‘a cierta temperatura’ con tal de tomarme unas cervezas.
Después de tres horas, un plato con cebollas cuidadosamente rebanadas se encontraba sobre la mesa del centro. Y comenzamos.
Al principio el sabor me gustó pero después de la novena cebolla comencé a sentir el estómago llorar.
-Voy al baño -les dije (¿A quiénes?)
-No seas pendejo, no vayas a vomitar porque se pierde el efecto.
Cuando regresé a la sala la escena fue bastante grotesca. Mauricio estaba colgado de los candiles como un chango y reía y gritaba que las cebollas lo querían matar.
-Puta madre y ahora qué -dije en voz baja.
Luego sonó el teléfono en mi trabajo.
-Te habla Mauricio -me dijo una reportera.
-¿Qué onda Maury?
-Imaginate que compráramos unas cebollas y escribieras que si las coces a una cierta temperatura tienen efectos alucinógenos
-Agarra el trip que escribiera en mi blog que te colgabas de los candiles de lo loco que andabas -le dije en dos tiempos.
-Imaginate que todo esto no pasó
-Imaginate que todo esto sí pasó -repetí.
Eran las cuatro de la tarde. Había vómitos de cebolla en todas partes.

martes, julio 19, 2005

El regreso

Antonio Flores Schroeder
Cuando los vi por primera vez no lo podía creer. Fue hasta la tercer semana de apariciones cuando pude comprender lo que en realidad me estaba sucediendo.
La primera tarde se trataba de un jueves cualquiera. Ese día, lo recuerdo bien, la lluvia no cesó. Desde que salí de la junta de redacción y escuché el delicado sonido del trueno sentí que las cosas no andaban bien.
Seguramente quien lee esto dirá que un servidor está loco. Pero no.
Quien caminaba por el pasillo era nada menos y nada más que Roger Waters. (Sí, el ex integrante de Pink Floyd).
-A la chingada, que mal viaje -atiné a decir en voz baja.
-¿Qué traes loco? -me dijo una amiga reportera.
Quedé en silencio mientras observaba como Waters encaminaba hacia el área de prensa acompañado de una guitarra sin cuerdas.
Y ahí empezó la historia. Le siguieron distintos músicos y otros jóvenes que cargaban instrumentos musicales de todo tipo. Alu-ci-nan-te.
Después entró el equipo de luces y sonido. La fila de trabajadores se había tornado infinita. Afortunadamente nadie de los reporteros ni los diseñadores se percató de lo sucedido, ni siquiera cuando se escuchó la voz del bajista a través de uno de los micrófonos, para pedir un vodka con naranja, justo cuando se empezaba a inundar el periódico por la tormenta que lloraba afuera.
Varios de nosotros tuvimos que quitarnos los zapatos porque el agua había iniciado su escalada para ahogarnos, apenas nos llegaba a los tobillos.
No había de otra. Había que desconectar el equipo de sonido y luces que Roger había enchufado en todas partes.
El reportero de la fuente policiaca se picaba los ojos; una diseñadora pintaba fantasmas en la pared y un coeditor daba vueltas en óvalos alrededor de quince cerillos que flotaban en el agua.
Shine on you crazy diamond había empezado.

jueves, julio 14, 2005

Cartridge

Hice algunas modificaciones a este capítulo. Ahora aparecen otros objetos en torno al edificio Cartridge. Espero les guste.



Capítulo III


Antonio Flores Schroeder
Eran las cinco aeme. No podía dormir. Entreabrí los ojos porque escuché ruidos en la sala y ahí la ví. Era Oriana.
-¿Cómo entraste? -le pregunté desde la cama todavía con la voz pastoza-.
El cuarto no había dejado de girar. Mis libros estaban por todas partes.
-Una mujer se las arregla de mil maneras para alcanzar al hombre que ama –contestó Oriana y caminó hacia la habitación-, además ya me conoces como soy.
Su rostro pálido era iluminado por la luz de la noche y su cuerpo transparente dejaba ver su pasado, como las piedras de los años que guardaba en su bolsa y los discos de Roger Waters que tenía en mi refrigerador.
-¿Qué estás haciendo ahí acostado? –Repuso enojada-. Ya sabes que todos los viernes vengo a molestarte?
Sus palabras me remitieron al viejo juego sexual. Llegaron a mi mente imágenes, días, tardes en los que se suele suceder entre sábanas sin más embriagarse que con las pláticas de una mujer.
Los golpes de otras madrugadas llegaron rápido: una luz en la alfombra y un pez que muere lento sobre la arena; fotografías como relámpagos que aún se conservan en mi armario.
-A esta hora ya no sé quién soy, ni por qué estoy otra vez aquí -dijo Oriana.
-¿Deberías de avisarme antes de venir? -recobré el tono de voz.
-No, para qué avisarte. Prefiero subir las escaleras para acompañarte hasta esa cama donde te derrumbas poco a poco, a veces sigues con tu sueño mientras yo sólo te veo.
No sé cómo, pero me enloquecía (ella lo sabe). Despertar de golpe y verla ahí recargada sobre el marco de la puerta del cuarto, era aterrador.
Me levanté como pude. Tomé un trago a la cerveza caliente que dejé a medias en el suelo antes de dormirme, ese sueño, este sueño.
-Estás más flaco que la última vez que vine -sentenció.
-No me gustan los cuartos a media luz, ¿qué le hiciste a la otra lámpara?.
Aparecí en el baño para lavarme la cara antes de que un temblor en las piernas me impidiera regresar a la cama.
Apagó su cigarro un fuego el agua del lavabo que se iba. Caminó hasta la ventana y vio a medias las siluetas como fantasmas (edificios que impedían ver la ciudad).
-¿Qué te parece si platicamos un poco sobre nuestra relación? -lanzó sus dardos palabras mientras se acomodaba las medias. Sonrió.
Intenté en vano abandonarla en otras ciudades, a pesar de que me inquietaba la idea de dejarla sola, divagar en esos lugares poblados por otras personas.
-Buscaré otro amor o en el peor de los casos te seguiré -amenazó.
Fui a la cocina para preparar un café. Ella se quedó cerca de la ventana. Esperaba el sol. Oriana intuía las palabras y sus destinos, lugares exactos. Y estaba inquieta por lo que dijo. Lo supe por la expresión de un rostro de arrepentimiento en busca de un sitio para evadirse de mi aflicción.
Caminó para aguardarme en el sillón de la sala. Ahí se perdió. La idea de que yo emigrara a otro apartamento la aterraba. Le llevé la taza con café para formar un círculo de vapor frente a su cara. Nunca me ha gustado su tristeza, sobre todo cuando se guardan las esperanzas de que de un momento a otro, aparezcan las caricias y el eterno trayecto desde su espalda hacia el sexo.
Apenas le dió el primer trago al café cambiaron sus facciones. Debió haber pensado lanzarme frases hirientes en inglés y español para exhibirme con los vecinos, pero ella estaba esperanzada en rescatarme amor.
La carrera de las manecillas eran agudos ladridos de perros. Alguien tocaba con una piedra la puerta de la bodega de vino que estaba frente al edificio. Después otro mareo.
Quise acariciar las piernas de Oriana. Ya no estaba en el apartamento. Dije en silencio, dormido, que todo estaba predestinado para volverla a encontrar. Tenía que decirle eso a nadie. Poner el café. Las sábanas estaban tibias. La música había reiniciado.

miércoles, julio 13, 2005

II Aviso: Los cambios que observarán en este capítulo se basan principalmente en errores de adaptación por parte de la voz narradora. Sumé algunas visiones y corregí algunos errores que manchaban el ritmo de la lectura. Espero les guste.



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Cartridge

Capítulo II


Antonio Flores Schroeder

II
A los quince días de vivir en Cartridge, después de mi divorcio en marzo del noventa y nueve, una vecina regaló luz a una niña. Su bebé debía tener apenas unos días de haber llegado a este mundo. Recuerdo escuchar sus llantos escalar la pared desde el piso quinto hasta reptar el mármol sucio y quebrado del último nivel del edificio.
Compartí con Rosario, la joven madre soltera, preocupaciones y desvelos sobre mi escritorio. Escribí sobre sus muslos versos en rima y cuentos que olvidaba como migajas en el apartamento.
En esas primeras horas de estancia en la gran manzana salía a caminar de noche al amparo de las calles fotografiadas en blanco y negro. Gustaba de reinventar impresiones de la gente que deambula con letreros colgados en el pecho.
En uno de esos paseos con rumbo indefinido conocí a Rosario. Era junio la noche y el calor a medias era difícil de soportar.
Era guatemalteca. Estaba sentada en el minimalista parque donde los niños jugaban todos los deportes en unos cuantos metros cuadrados la madrugada. Y era de día y era la noche.
Le pregunté cuánto tiempo tenía su bebé. Siete semanas, respondió. Hablamos sobre lo caro que era vivir en esa urbe. Ella trabajaba en el pequeño puesto comercial en la gasolinera de la calle Lindbergh, a unas cuantas cuadras de donde vivía.
No sé porqué le inspiré tanta confianza. También habló de su pasado. Tal vez porque necesitaba descargar su tensión que luego de algunos minutos detonó:
-Me escapé de mi esposo porque me golpeaba. Me daba en el alma como si yo fuera la culpable de su miseria –dijo de golpe.
Rosario había dejado en Guatemala a su otra hija de ocho años con su hermana.
-Me vine a Nueva York con la esperanza de soñar y olvidar –prosiguió la mujer limpiándose las lágrimas que viajaban a través de los autos que circulaban por todo Nueva York-, por eso le mando dinero cada semana para cuando yo regrese a mi tierra las cosas sean mejores.
La mujer había llegado al edificio una semana antes que yo. Arribó a la ciudad de los extravíos acompañada de una familia a la que conocía desde su infancia. Vivían cerca Cartridge.
Dejé soltar sus tormentas y alegrías que después repetiría en cada plática como si nunca se acordara de la primer vez que relató esa parte de su vida.
-Mi hija está bien y está estudiando, eso es lo bueno. Mi hermana Sandra la cuida bien. Ella es más fuerte que yo. La vida la hizo fuerte. Su esposo Vicente tomaba mucho antes y le ponía los ojitos fintos en cada borrachera.
-¿Y tu hija está cerca de él? –interrumpí.
-Sí, pero el Vicente ya no es igual –dijo con cierta desemboltura. Dirigió la mirada a su bebé y tras tomar un poco de aire, prosiguió-: El ya casi no toma y ella como es grandota y gordita, lo pone parejito cuando se pone tonto. Seguido le hablo a mi hija para ver cómo está y como va en su escuela.
Ese día nos fuimos a dormir como a las dos.
Unos días después al amanecer mientras recogía la ceniza del tiempo pacientemente acumulado en la alfombra fui al lugar donde ella trabajaba para ver qué podía comprar para comer.
En el camino se cruzaron en mi paso unas prostitutas disfrazadas de estudiantes (a las que a menudo (des)encontraba a toda hora ofreciendo sus servicios a precios cada vez más razonables). Ese tipo de cosas me sucedieron los días en los que sólo pensaba en cómo atraer la pasión de Rosario.
Y ahí estaba trabajando. Era cajera y traía puesto un saco rojo. La saludé y sonrió entre el aroma de los hot-dogs y mis lentos destellos de reflexión ausente.
Después caminé los mozaicos para creer-haber-comprar verbos infinitos una sopa instántanea. En realidad adquirí unos segundos entre el ruido de las cuatro voces que se perdían en el fondo de los refrigeradores.
De regreso, al subir las escaleras, encontré por enésima vez a la señora Enna, la del apartamento 10, exesposa de un psiquiatra canadiense que optó por suicidarse con un crucifijo en una tienda de artículos religiosos . A Enna le apasionaba mantener limpias las escaleras. Apenas los inquilinos y sus visitas subían o bajaban los escalones, ella regaba frente a su puerta detergente y cepillaba el suelo, el cual por supuesto, era el más limpio del edificio.
La autora de esa manía era salavadoreña y respiró la mayor parte de su vida en el apacible estado de Iowa.
Ahora vivía con unos gatos que aparentaban respetar la limpieza de la señora, pues saltaban resortes el piso (siempre) húmedo.
Rosario diría después que esos gatos eran igual de extraños que la viejita. Cuando alguno de nosotros caminaba por el pasillo frente a su apartamento, la idea era apresurarse para no ver la penosa imagen de la señora que parecía querer lustrar con sus trapos los tobillos de los demás fantasmas.
Subí corriendo los escalones. Era hora de ir a a trabajar a la biblioteca.

martes, julio 12, 2005

Aviso: Durante los últimos días he decidido volver a vestir a Cartridge y logré re-estructurar parte de sus primeros capítulos. Aquí les dejo una muestra de las nuevas averías de mi mente. Como ya lo había contado hace tiempo en este mismo espacio, Cartridge es una historia compuesta de muchas microhistorias. Parece que no tienen hilación pero al final después de 135 cuartillas Cartridge ha adquirido una fuerza sentimental que ha logrado por si sola obtener un espacio muy especial dentro de lo poco o nada que he escrito. Espero que les guste su nueva ropa.

AFS
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Cartridge

Capítulo I

Antonio Flores Schroeder
Esta es una tranquilidad que desconocía. Apenas el arrastre de sus alas escondidas tras la cortina blanca, la falta de costumbre de volar y ver sin movimiento a Oriana sentada en el comedor, logran conmoverme. Es como si la voluntad de esta ciudad decidiera no volver a emerger. Enciendo la luz de la cocina y el aire que entra por la ventana de la sala huele a madera quemada.
Algo me dice que ellos se afanan a sus lugares. Las puertas no se escuchan. Pero ellos repercuten los rincones. Los sillones invisibles deben de estar ocupados. La lluvia baja por la escalera de emergencia y en el charco del precipicio de los vecinos las gotas de agua como parte de un ser total, se dicen unas a otras palabras que sólo ellas entienden.
Abrí la puerta y caminé. El pasillo está cubierto de polvo. Puedo ver las puertas de los apartamentos abiertas de par en par. Las pequeñas piedras parecen susurar cada vez que logran su cometido en las plantas de mis pies descalzos.
Ha vuelto a oscurecer. Alguien apagó la luz en la cocina. Y decidí escribir la historia.
Los dos años que viví en el apartamento del último piso del edificio Cartridge, en Nueva York, conocí algunas personas que escribieron con sol y frío la novela que iniciaba como algún otro texto, con un nombre, letras mayúsculas.
Pedro era uno de esos personajes. El indocumentado que vivía detrás de la puerta de donde colgaba el número 26. No sé exactamente de que país provenía, pero por las veces que escuché su acento subir y bajar las escaleras, podríamos imaginarnos que era mexicano, del sur, quizá de Chiapas.
Tenía unos 50 años. Muy pocas veces le pude ver los ojos. Bajo su pañoleta amarilla con tonos fuertes en azul, a veces sólo negra, traía puestos casi siempre sus lentes contra el sol.
Y volvía a oscurecer. Las voces venían de todas partes mientras me empeñaba en no dejarlas entrar. A veces golpeaba a una toalla y la dejaba morir bajo la puerta. Quemaba libros para distraerme del frío. Y amanecía.
Por las mañanas aquel migrante era el primero que se despertaba, luego algunos segundos el dolor de cabeza las mentadas de madre los inquilinos. No le importaba subir el volúmen de su estéreo a las seis y media. Varias veces escuché averías en sus bocinas y apenas transcurrían tres o cuatro días, instalaba en su aparato electrónico nuevas bocinas. Y así era.
En una ocasión bajé al primer piso donde se encontraban las lavadoras y las secadoras que me costaban veinticinco centavos de dólar. Ahí se sentó a un lado de donde yo leía The New York Times. Su respiración era agitada y de reojo me di cuenta que andaba como desesperado, como si le preocupara algo.
Después de haber estado junto al ruido de las maquinas por veinte minutos, soltó la voz:
-¿Me presta el pápiro del deportes brother? -preguntó Pedro-. Y se levantó de su lugar con sus botines negros salpicados de tierra. Los ecos sonaban sobre la alfombra oscura como serpientes deslizándose en yerba seca.
-Sí, claro –atiné a murmurar. (Me llamo Carlos Almeida, no brother) pensé.
No habló más, sólo para decir thank you mientras acomodó la sección deportiva encima de una de las lavadoras en donde yo había dejado el resto del periódico.
Los viernes cuando regresaba de la biblioteca lo veía sentado en el filo del techo del edificio. Sus piernas colgaban, parecía columpiarlas como un par de fideos ausentes en la sopa de sus hijos a miles de kilómetros de distancia.
Las primeras noches que pasé en ese apartamento oí algunos extraños ruidos que me asustaron un poco, pero nunca me atreví salir al pasillo de ventanas rotas para averiguar qué era lo que ocurría.
Un día pregunté a Carmen, una señora gorda y malolienta que también era mi vecina, qué eran esos ruidos. Me explicó que él acostumbraba, antes de dormir, arrastrar en el pasillo una cruz de madera.
-Que Pedro no le asuste jovenazo –dijo-, al principio a mi sí me espantaba pero uno tiene que ir aclimatándose a ese tipo de cosas.
-Pues sí, es raro el tipo –contesté.
-Es una costumbre que tiene –verborreó la mujer.
-¿Y usted no sabe en qué trabaja o qué hace?, quizá es un actor –bromié.
-No, ese viejo está loco –Carmen no entendió la mofa-. Con decirle que ni sé donde trabaja ni qué hace y luego no tiene ni papeles.
Esa mujer hablaba así de Pedro a base de chismes. Además ella sabía perfectamente que ese hombre no era el único en el edificio que carecía de documentos para poder vivir en Estados Unidos.
Después me comentó que un joven a quien le planchaba la ropa le había platicado que Pedro vendía droga en la high school cercana a la gasolinera.
-Pero ni le pregunte, no lo vaya a matar –advirtió con su voz ronca mientras barría el pasillo.
Durante algunas noches el arrastre de la cruz me incomodó al grado de no poder bifurcar el sueño. No fue hasta un mes que los ruidos de Pedro y su cruz se convirtieron en el pan nuestro de cada día, a la (más o menos) media noche.
Mientras pasaban los días en el barrio Campell yo leía otra vez libros como de autores latinoamericanos que no conocía, y algunos artículos de Octavio Paz que escribió en uno de esos suplementos culturales que, escondidos de los lectores, sobreviven las horas más amarillas de la biblioteca.
Repasaba también noticias lejanas de la guerrilla de Oaxaca y de otros estados de mi país al que tenía seis meses sin visitar.
Aun vago las noches que dormía con la lámpara encendida y un libro de páginas abiertas como una mujer con sus piernas apagadas sobre mi pecho.
Un día que no trabajé por una enfermedad que posiblemente la inventé cuando Rosario entre despierta y dormida me imploraba hacer el amor por cuarta ocasión, escuché gritos en el pasillo.
Cuando abrí la puerta supe que era un operativo de migración. Los hijos de puta lo subieron a una camioneta con dirección (otra vez) a los infiernos del sur.
Ni siquiera le dieron oportunidad de llevarse sus pertenencias.
Los encargados del edificio una tarde después del té, tocaron tres veces la puerta de madera donde vivía Pedro. Carmen, la mujer carnosa y olvidada, salió de su guarida y les dijo como si se fuera desnudando de ese temor que sentía por el pobre Pedro, que se lo había llevado migración los días de ayer. Y llegaba la noche otra vez y toda la historia se repetía hasta que las manecillas de mi reloj aniquilaban las baterías entre tiempo y tiempo.
A la mañana siguiente las pocas cosas que él poseía las encontré en el techo cuando pretendía en vano fumar un cigarro. Había dejado olvidado el encendedor en la cocina.

lunes, julio 11, 2005

domingo, julio 10, 2005

Domingo de ramos

Cinco cuarenta y cinco aeme. Cielo nublado. El nublado es un dolor casi indescriptible que empieza a escalar desde el estómago hasta el pecho. Despierto. No es una pesadilla, es el domingo. Pesadilla es el sudor que recorre la frente como canales de vino frío. Temblores. Visión gris. Luego la oración “Dios quítame este puto dolor de mierda”. En el tocador, las pastillas, en el techo están los chapulines, hay que esquivarlos. Esquivar la gastritis. Al hospital. Sillas de color. Remolinos imágenes adornos sobre el vitral. La imagen es una cruz roja un círculo. Suero-inyección. Casa de fantasmas -regreso- diez mil sábanas al abismo. Son las nueve. Hay que dormir, volver a dormir.
(AFS)

jueves, julio 07, 2005

“Detesto la vulgaridad del realismo en la literatura. Al que es capaz de llamarle pala a una pala, deberían obligarle a usar una. Es lo único para lo que sirve”.

Oscar Wilde