lunes, enero 31, 2005

El Santo y Blue Demon en la biblioteca Tolentino


El viernes pasado presentaron en la biblioteca Tolentino el libro Ciudad de Cierto Río. Invitado por el compilador José Manuel García-García, fui el primero en llegar. Luego llegó López Landó y Mauricio Rodríguez acompañado del escritor Rubén Moreno.
Tras los minutos como una suerte de lluvia estelar, llegaron los demás. También los asistentes. Todo estuvo muy bien, salvo los textos de un joven y una dama, a los cuales no tenía el gusto de conocer.
Exáctamente cuando el primero de ellos comenzó a leer, se oscureció el ambiente (de risa), tras una línea que escribí a Mauricio Rodríguez, obvio, sin que los asistentes, que eran muchos, se dieran cuenta.
En una de las hojas que llevé para apoyar mi lectura, escribí a Mauricio: "Imaginate que bajara El Santo y Blue Demon con una soga y que cayera encima de la gente".
Lo anterior fue ocasionado por el aburrimiento y depresión que causó en mi y en dos o tres personas que habían acudido a leer su trabajo literario.
Para quienes no conocen la biblioteca, existe un segundo piso. De ahí, supuestamente, bajarían los extintos luchadores.
Esa línea causó una risa extrema en Mauricio. Y después a López Landó. El primero de ellos afectado aparte por la tos, se levantó y sólo atinó a decirme en voz baja: "Te clavaste".
El hecho me causó todavía más risa. Tuve que levantarme. Afortunadamente (creo) nadie se dio cuenta del incidente.
Después del vino y los antojitos que se repartieron al final, casi cuando estábamos por irnos, me llamó la atención una soga que colgaba del segundo piso de la biblioteca. Parecía la de los luchadores, pero por salud mental, preferí olvidar la imagen.
Por lo demás, la lectura fue un éxito. Mucha asistencia. Buenos textos de Mauricio, Jorge y el mejor sonetista de Chihuahua que ustedes ya conocen quién es.

(AFS)







lunes, enero 24, 2005

Mentiras con sabor a mentira

AFS
No cabe duda que la mentira es un signo representantivo del actual gobierno federal. Nadie puede creer la palabrería que sale de las bocas corruptas que han permitido que el narcotráfico se apodere del país. Hasta ahora la guerra declarada al hampa organizada, es sólo mediática. Las televisoras nacionales tienen que rendir cuentas por las grandes cantidades de dinero que reciben por la publicidad oficial. Los capos, esos que escupen al gobierno, siguen gobernando la criminalidad desde la cárcel. Mientras tanto, afuera, las autoridades protegen a sus miles de agremiados, reciben sus dádivas y hasta comen con ellos.
El gobierno no puede autodeclararse la guerra. Muchos políticos están involucrados en el negocio de las drogas. Es imposible. Beltrones es uno de ellos. Sólo hay que excarbar su pasado en Sonora y las investigaciones de la DEA. Pero existen más de esos criminales de cuello blanco. Andan libres. Caminan las calles sin ningún tipo de temor. Están protegidos. Se puede ver en los estados del norte de la república. En Chihuahua es visible. En la sierra tienen sus ranchos. Descansan después de haberse salvado de atentados. Ni las balas pueden contra ellos.
Por eso el gobierno federal no dice la verdad. Sólo trabaja en la fabricación de las mentiras. Y trabajan mal. Ni siquiera eso saben hacer. Crear gabinetes al vapor no sirve de nada. Si el ejército entrara de verdad a la lucha contra el narco triunfaría. Pero el gobierno no lo quiere así. Hay muchos intereses. Ojalá que nuestros ojos vean un día lo contrario. No lo creo.


miércoles, enero 19, 2005

Deseos

Durante los últimos días he soñado despierto. A veces cuando manejo las avenidas ha vuelto aparecer su rostro sobre el parabrisas. Luego en el retrovisor, después en todos lados.
He tenido que tomar alcohol hasta perder el suelo.

(AFS)
Regresos

-¿Repitiré la historia? -se preguntó el escritor al levantarse una madrugada de enero.
Era la lluvia. El infierno.

(AFS)
México, el país de los narcos

Antonio Flores Schroeder
Es increible que las esposas de los capos acudan a reclamar los derechos de los criminales. No han comprendido que para ellos los derechos humanos terminaron desde el momento en que cometieron sus bestiales crímenes. No imagino como una persona como el "Mochaorejas" pueda ser respetado.
Contra esos criminales todo el peso del Estado. Después de ver el poder de Osiel Cárdenas a México sólo le queda militarizar de una vez por todas la lucha contra el narcotráfico. Ojalá que la CNDH no se entrometa y empieze a defender a esta basura humana. Es lo que pienso, además de que investiguen al exgobernador Patricio Martínez por este tipo de asuntos.
Cartridge


X

Antonio Flores Schroeder
De vez en vez Rosario me pedía que le contara historias. Y yo sacaba de entre otros cuentos lo que platicaba mi padre durante mi infancia. La mayoría de sus anécdotas sucedían en la capital de Chihuahua.
Una de las momorias que me gustaba compartir con ella, era cuando algunas madrugadas tocaban la ventana de la recámara de mi abuelo.
-Hey Gringo, está a punto de reventarse la presa –le gritaban cuando la lluvia arreciaba.
El abuelo no vacilaba en exagerar. Más de una decena de veces despertó a mi abuela, a mi padre y a mis tíos y los vistió para sacarlos de la casa en medio de las desérticas tormentas de los años cincuenta.
-Vámonos –apuraba a toda la familia bajo la compacencia de la abuela de ojos verdes.
Luego de algunos minutos se volvía a repetir la historia. Iban como marabuntas hasta la Avenida Juárez y Pacheco, en donde el abuelo, aseguraba no los alcanzaría la corriente del río Chuviscar.
-Aunque se desboradaran todas las presas del mundo, el agua no llegaría hasta donde nos llevaba –decía mi padre, ante la carcajada inminente de los oyentes que rodeábamos la mesa ovalada de la cocina.
Otra de esas absurdas situaciones era la de los incendios. A mediados de la década de 1950, cuentan los hijos de “El Gringo”, los grandes percances a causa del fuego no eran comunes. La madedería Arguelles, ubicada en la calle 25 y Ramírez, fue víctima durante varios años de este tipo de siniestros, ocasionando que se convirtiera el lugar en una especia de mito.
Sus propietarios eran los integrantes de la familia Flores. Era un negocio redondo. La tenían asegurada, se supo después.
El espectáculo era el fuego. Como una película surealista se aglomeraban familias enteras para contemplar la catástrofe. Algunas llevaban sillas, otras, bebidas de sabor que repartían entre los demás asistentes que llegaban de otras partes de la población.
-Andale vieja prepárate la limonada –solían decir algunos cínicos antes de partir a la construcción que se incineraba.
A estas alturas de fechario no puedo imaginarme a la gente de la capital chihuahuense, apurándose para llegar lo más pronto posible al incendio. Una de esas personas que llegaba primero era “El Gringo” y “Los cabezones”. El traslado de la familia, se realizaba a bordo de un Chevrolet de cuatro puertas, modelo 1949.
Rosario aguardaba sigiloza a que terminara de contar las gestas familiares. Algunas de ellas lo bastante curioso como para formar parte de un libro de sucesos increibles.
Mi abuelo, un día sin mediar contemplaciones, cambió su Chevrolet por uno de dos puertas. La razón era sencilla. No le gustaba que sus hijos abrieran y cerraran las puertas cuando “El Gringo” circulaba por los alrededores de Chihuahua, no necesariamente con rumbo a un siniestro.
-¿Tienes una historia que no me hayas contado antes? –cuestionó Rosario una tarde mientras tomábamos café en su apartamento y su bebé nos veía detenidamente.
-Tengo muchas historias.
-Andale pues, cuentame otra –subrayó la mujer guatemalteca.
-Tengo una, mira la de... ¿ya te conté la de las obsesiones?
-¿Cuáles?
-La de las mediciones de estatura.
-A ver –sonrío Rosario.
-Cuando se juntaba mi papá con alguno de sus hermanos en la mesa de la cocina –dije- se acordaban de cómo obsesivamente una tía de ellos los medía cada determinada fecha.
-En verdad que eran raros –interrumpió Rosario.
-Entonces –proseguí- juntaban a mi papás y sus hermanos. También iban los primos. Y hacían de eso todo un espectáculo en el cual inclusive, se preparaba una cena. Después de que ese extraño ritual, era de esperarse, había un incontable números de marcas con tinta sobre la madera.
-¿No me estás contando mentiras?
-No. Eso cuentan mis tíos. De verdad –señalé-, mi papá me ha contado que en el marco de la puerta donde los medían había como veinte nombres, entre los de toda la familia.
Ese día Pedro volvía arrastrar la cruz de madera por el pasillo de ventanas rotas. A diferencia de esos primeros días, antes de que lo descubriera un operativo de migración, el arrastre de la cruz era más temprano.
Apenas eran las ocho de la noche. Mi café se enfrió. Pedro alquiló otra vez el apartamento 26.



domingo, enero 16, 2005

La otra vez



Antonio Flores Schroeder
Ambla Sa Sambla: Las revoluciones de los corazones no perdonan pero tampoco tienen perdón.
Baboriny: ¿cómo va todo?
Ambla Sa Sambla: BIEN.
Baboriny: Está bien.
Ambla Sa Sambla: ¿ESTAS?
Baboriny: Sí.
Ambla Sa Sambla: BIEN.
Baboriny: Compró mi esposa un cibercafé en 1978.
Ambla Sa Sambla: BIEN.
Baboriny: Y piensa remodelarlo.
Ambla Sa Sambla: PINTARLO CON BOLITAS COLOR LIMON
Baboriny: O color rosa
Ambla Sa Sambla: SEGURO LAS GAVIOTAS VOLVERIAN AL LUGAR DE LAS PALOMAS.
Baboriny: ¿Y NO TIENEN UN RATON CHIQUITUIT?
Ambla Sa Sambla: LAS TARDE DE LA TARDE.
Baboriny: CHIQUITUIT.
Ambla Sa Sambla: A LO MEJOR.
Baboriny: NO. preferiría unas vacaciones en el porche, antes que CHIQUITUIT.
Ambla Sa Sambla: TODO PAGADO
Baboriny: Sí, todo pagado.
Ambla Sa Sambla: ¿CON BONOS EXTRAS?
Baboriny: De seguro un paro al corazón, pinches huelguistas
Ambla Sa Sambla: AY AY AY
Baboriny: Sí.
Ambla Sa Sambla: YA LAS VIEJITAS TOMARON JURAMENTO Y LES DIJERON PASTEL.
Baboriny: Algunas decidieron emitir el grito (independiente).
Ambla Sa Sambla: PERO LA DE LAS BOTAS BLANCAS, ESA QUE NI SE MIDIO.
Baboriny: Sí, iba con su vestidito marca kiuujh y nadie le dijo nada.
Ambla Sa Sambla: SE PASO LA TARDE DICIENDO QUE CONOCIA A MARTHA.
Baboriny: ¿La del marcapasos?
Ambla Sa Sambla: Y YO QUE DEJE REMOJANDO LA NOSTALGIA
Baboriny: El otro día se quedó en casa
Ambla Sa Sambla: Y TE HIZO PAPILLA
Baboriny: Y si me hizo papila.
Ambla Sa Sambla: DESPUES PASO A BUSCARTE.
Baboriny: Ay apenas que te iba a comentar sobre los crisantemos.

sábado, enero 15, 2005

Día santo


Antonio Flores Schroeder
Sábado de Gloria. Se sacó la lotería. Cuántas mujeres no quisieran estar en su lugar. Nunca pensó que su vida cambiaría de esa manera cuando compró el boleto en el puesto de la esquina. Pudo haber gastado ese dinero en una cerveza o en unos cigarros o en un café. Pero no lo hizo. Mañana domingo irá con su amigo Jesús a comprar unos ramos. Total, todo sea para vivir mejor. Ahí en la florería, a unos cuantos pasos de la iglesia, los feligreses le saludarán. Algunos le besarán los pies, otros, simplemente, no podrán creer el milagro.
La pregunta que se hicieron hoy por la mañana era si Gloria regresaría con los suyos. Un vecino que la conocía desde niña dijo que se iría a Estados Unidos. A vivir mejor.
María, su madre, dijo que se quedaría en Juárez y que inclusive, mandaría a construir un albergue para niños con esquizofrenia.
Sábado de Gloria. Cuántos de nosotros no quisiéramos que el mundo fuera otro de la noche a la mañana. Aunque tuviéramos que sangrar los pies un recuerdo.

jueves, enero 13, 2005

El Labrador


Antonio Flores Schroeder
José Barrientos quería curarse la cruda. Esperó en el sillón que tenía afuera de su casa a que dieran las once aeme para que abrieran la cantina del pueblo.
Durante los últimos meses sus visiones eran cada vez más comunes, igual que el ruido de los autobuses que, pasado un tiempo frente a los negocios donde los lugareños vendían quesadillas y burritos, luego partían con rumbo a otros desiertos.
Frente a sus ojos marchitos el paisaje era el de siempre: mujeres junto a sus hijos de regreso a los hogares con sus pesados baldes llenos de agua.
Una vez la hora del bar, emprendió su acostumbrada caminata a lo largo de (supongamos) siete cuadras cerca de la carretera que parte en dos a Villa Ahumada. El destino sucumbía ante el tugurio. Ahí se jugaría en una partida de billar el sueldo de toda una semana.
Para apurar sus pasos dió dos sorbos de alcohol a una esponja seca que era la botella de tequila que había comprado la noche anterior.
La música, la obscuridad, -los focos sin neón-, se perdían en la arena contigua a los terrenos que daban a la autopista federal mientras José se acercaba a El Labrador, una vieja cantina de esa tierra en páramo.
Desde afuera se escuchaba (como cada viernes) la música de un guitarrista popular que ensayaba su repertorio para esa noche. Empujó cuidadosamente sus manos astilladas la puerta estilo viejo oeste. Y entró.
El olor a tabaco y perfume de mujer (el incendio del lugar) aguardaban lujuria la mirada de José.
Al amparo de un enorme cactus de piedra situado en el centro de la cantina, justo a unos pasos de la mesa de billar, lo inimaginable. Hombres y mujeres sostenidos sobre sus manos parecían divertirse en el lugar. Pobre José, la imagen era –no quiero imaginármelo- infernal.
Barrientos, el carpintero alegre y parrandero, se quedó casi sin palabras, sólo un “no mames” pudo apenas salir sin fuerza de su seca boca.
-¿Se le ocurre algo? –le dijo de pronto una mujer de voz esdrújula.
Era una mesera que había surguido en los albores de la borrachera. Apenas pudo oirla. La música desafinada que salía del solitario guitarrista acompañado de un teclado electrónico, disminuían las frases que iniciaban su dispersión.
José giró a la derecha y pudo ver las piernas tobillos zapatos de la mujer que sin mucho apuro sostenía su cuerpo esbelto sobre sus manos.
-¿Se le ocurre algo? –repitió la mesera.
No creía lo que sus ojos veían alrededor de la barra, elaborada con tablones apoyados sobre tres tambos negros de doscientos litros. Los borrachos caminaban de un extremo a otro de la cantina parados sobre sus manos.
José Barrientos tenía veinte años de acudir regularmente a El Labrador. Jamás le tocó ver algo similar. Estaba sorprendido. Se llevaba vez tras vez su mano derecha a la frente para quitarse el sudor que le escurría desde el cuero cabelludo.
Lo que sucedía era visto por José con una mezcla de cautela y desesperación. No tuvo otra opción que ordenar al cantinero una cerveza.
Después de un buen rato en que el músico ya había repetido siete veces su repertorio, Barrientos se quitó los lentes de aumento y los metió con cuidado en la bolsa de su camisa.
-¿Se le ocurre algo? -la voz de la mujer rebotaba otra vez las cuatro paredes de la cantina. Era un eco, un delirio, la agonía que por momentos sucumbía al éxtasis en re menor que interpretaba el ranchero.
El carpintero evadía las preguntas de la mesera. Disminuido, recorría los parajes más remotos que escondía en su ser: el deseo de volver matar a alguien, la infidelidad que le perseguía desde años, el grito de guerra que profirió a su esposa antes de matarla y echarle la culpa del asesinato a su compadre.
Pero se repuso y caminó hasta la barra para sentarse. Intentó pedir otro trago al cantinero que se ocupaba en tratar de mantener el equilibrio y reía y preguntaba:
-¿Se le ocurre algo?
Se volvía a reír y preguntaba otra vez:
-¿Se le ocurre algo?
-¡Déjeme de preguntar pendejadas y sírvame una cerveza por favor! -gritó visiblemente molesto Barrientos.
Como pudo el cantinero se acercó para replantear la pregunta intentando mantener el equilibrio ante la mirada descompuesta de José.
-¿Se le ocurre algo?-.
-¿Qué le sucede compa... qué se le ocurre a usted para que me explique todas estas pendejadas? -preguntó desconcertado José.
Quiso abandonar la cantina pero no pudo. Las puertas estaban cerradas con candado.
El cantinero lo veía desde el suelo. Barrientos estaba recargado sobre los tablones y quería llorar. No podía contener la ola de temblores que se extendía en su cuerpo.
Al paso de los minutos regresó el somnífero interrogatorio del cantinero:
-¿Se le ocurre algo?
Tras los minutos el ruido del alcohol en su cabeza cayó inconsiente sobre la barra. Se quedó dormido. El guitarrista seguía interpretando una música que combinaba lo ranchero con el rock, las cumbias con el jazz.
Durante el sueño recordó momentos de su infancia. Las veces del juego de futbol cerca de las vias del tren; las secuelas de una película en blanco y negro que fue a presentar a la plaza un señor de la capital del estado, y que nadie pudo entender; la tarde en que se extravió en el monte con su hermana por andar cazando conejos a resorterazos.
Imágenes que había perdido durante los laberínticos años de la infancia, ahora aparecían en los vestíbulos de su mente cada vez más enferma.
Transcurrió la noche y la madrugada en el bar. Se despertaron junto a él los fatídicos dolores de cabeza. La cantina olía a limón podrido.
Apenas abrió sus ojos buscó un cigarro en la bolsa de su camisa. No lo encontró. Sólo pudo dar con sus lentes y una servilleta en donde habían pintado con lápiz labial, la pregunta que le habían hecho la mesera y el cantinero las horas de otro día.
En el fondo del bar pudo ver a una mujer que barría presurosa los restos de la fiesta. La dama le miró con ojos de lástima y vergüenza ajena. Hizo una mueca con la cara y un movimiento con los hombros para expresar que nada sabía de lo ocurrido ahí.
-¿Y el dueño? Yo conozo al dueño, al señor... ¿cómo se llama?... ah sí... a don Hilario, ¿dónde está? –le preguntó José.
Ella señaló con la mano izquierda, mientras detenía la escoba con la mano derecha, hacia la puerta de salida para indicar que Hilario podía encontrarse afuera.
Barrientos caminó lento hacia la puerta. El polvo y la arena empujaban otros polvos y otros mares de arena. No había nada allá afuera. Nada.
De pronto la mujer que instantes antes barría la cantina salió cargando bajo sus brazos una piña.
-¡Oiga!, escúcheme... no puede dejarme aquí -gritó Barrientos asustado.
Cuando la mujer llevaba avanzados unos metros y comenzaba a desaparecer entre las tolvaneras, José se levantó y corrió el camino irregular. Al cabo de unos minutos pudo alcanzarla.
A tres pasos de su espalda le preguntó:
-¿Dígame qué está pasando por favor? –suplicó a gritos-, ¿qué no escucha lo que le digo?
“El Carpi”, como le decían en Villa Ahumada, jaló a la mujer del hombro derecho para obligarla a voltear. Jamás imaginó lo que sus ojos verían. Era su mujer. La que había asesinado años atrás. Tenía la cara destrozada.
La terrorífica imagen provocó que Barrientos corriera en sentido opuesto a donde iba la mujer. Marchó las horas hasta caer preso del cansancio y la sed y fue a parar a las faldas de un cerro situado a 20 kilómetros de Villa Ahumada.
Las horas pasaron. José conoció a la muerte. Era un sembradío de maiz desde donde las hojas secas de los árboles le hablaban.
Lo que lo salvó, dicen en Villa Ahumada, fue que entre esos fantasmas se encontraba un agricultor que pudo ver la vida postrada encima de José. Lo cargó para llevarlo hasta la casa de un doctor.
Barrientos atinaba a ver (entre sombras) a las mujeres con sus hijos de regreso a casa. Cruces rojas y varias personas que se le acercaban como hojas secas de arbol
Muchos no le creen la historia que contaría una y otra vez.
Esa mañana en que lo atendía el médico, una enfermera después de haberle suministrado suero, le ofreció un trozo de piña que partía con un cuchillo que la mujer había sacado de entre su ropa.
-¿Se le ocurre algo? –le preguntó la enfermera antes de darle el pedazo de piña en sus manos. José simuló no haber escuchado lo que decía y cerró sus ojos.
La historia me la contó el propio José mientras me preparaba una quesadilla. Esa vez, casi me deja el camión.


martes, enero 11, 2005

Cartridge



Antonio Flores Schroeder
Ha oscurecido. Puedo sentir cómo se apagan los pasos de los inquilinos. Este es un silencio que no conocía. Es como si la voluntad de esta ciudad decidiera no volver a emerger. Enciendo la luz de la cocina y el aire que entra por la ventana de la sala huele a madera quemada.
Algo me dice que ellos se afanan a sus lugares. Las puertas no se escuchan. Pero ellos repercuten los rincones. Los sillones invisibles deben de estar ocupados. A la luz del farol de la escalera de emergencia pegada a la pared exterior, la lluvia cae y las gotas como parte de un ser total, se dicen unas a otras palabras que sólo ellas entienden.
Abrí la puerta y caminé. El pasillo está cubierto de polvo. Puedo ver las puertas de los apartamentos abiertas de par en par. Las pequeñas piedras parecen susurar cada vez que logran su cometido en las plantas de mis pies descalzos.
Ha vuelto a oscurecer. Alguien apagó la luz en la cocina. Y decidí escribir la historia.
Los dos años que viví en el apartamento del último piso del edificio Cartridge, en Nueva York, conocí algunas personas que escribieron con sol y frío la novela que iniciaba como algún otro texto, con un nombre, letras mayúsculas.
Uno de esos personajes era Pedro, el indocumentado que vivía detrás de la puerta de donde colgaba el número 26. No sé exactamente de que país provenía, pero por las veces que escuché su acento subir y bajar las escaleras, podríamos imaginarnos que era mexicano, del sur, quizá de Chiapas.
Tenía unos 50 años. Muy pocas veces le pude ver los ojos. Bajo su pañoleta amarilla con tonos fuertes en azul, a veces sólo negra, traía puestos casi siempre sus lentes oscuros.
Por las mañanas era el primero que se despertaba, luego algunos segundos el dolor de cabeza las mentadas de madre los inquilinos. No le importaba subir el volúmen de su estéreo a las seis y media. Varias veces escuché averías en sus bocinas y apenas transcurrían tres o cuatro días, instalaba en su aparato electrónico nuevas
bocinas. Y así era.
En una ocasión bajé al primer piso donde se encontraban las lavadoras y las secadoras que me costaban veinticinco centavos de dólar. Ahí se sentó a un lado de donde yo leía The New York Times. Su respiración era agitada y de reojo me di cuenta que andaba como desesperado, como si le preocupara algo.
Después de haber estado junto al ruido de las maquinas por veinte minutos, soltó la voz:
-¿Me presta el pápiro del deportes brother? -preguntó Pedro-. Y se levantó de su lugar con sus botines negros salpicados de tierra. Sonaban sobre la alfombra oscura como serpientes deslizándose en yerba seca.
-Sí, claro –atiné a murmurar. (Me llamo Carlos Almeida, no brother) pensé.
No habló más, sólo para decir thank you mientras acomodó la sección deportiva encima de una de las lavadoras en donde yo había dejado el resto del periódico.
Los viernes cuando regresaba de la biblioteca lo veía sentado en el filo del techo del edificio. Sus piernas colgaban, parecía columpiarlas como un par de fideos ausentes en la sopa de sus hijos a miles de kilómetros de distancia.
Las primeras noches que pasé en ese apartamento oí algunos extraños ruidos que me asustaron un poco, pero nunca me atreví salir al pasillo de ventanas rotas para averiguar qué era lo que ocurría.
Un día pregunté a Carmen, una señora gorda y malolienta que también era mi vecina, qué eran esos ruidos. Me explicó (como si fuera tan normal) que él acostumbraba, antes de dormir, arrastrar en el pasillo una cruz de madera.
-Que Pedro no le asuste jovenazo –dijo-, al principio a mi sí me asustaba pero uno tiene que ir aclimatándose a ese tipo de cosas.
-Pues sí, es raro el tipo –contesté.
-Es una costumbre que tiene –verborreó la mujer.
-¿Y usted no sabe en qué trabaja o qué hace?, quizá es un actor –bromié.
-No, ese viejo está loco –Carmen no entendió la mofa-. Con decirle que ni sé donde trabaja ni qué hace y luego no tiene ni papeles.
Esa mujer hablaba así de Pedro a base de chismes. Además ella sabía perfectamente que ese hombre no era el único en el edificio que carecía de documentos para poder vivir (ó trabajar) en Estados Unidos.
Después me comentó que un joven a quien le planchaba la ropa le había platicado que Pedro vendía droga en la high school cercana a la gasolinera.
-Pero ni le pregunte, no lo vaya a matar –advirtió con su voz ronca mientras barría el pasillo.
Durante algunas noches el arrastre de la cruz me incomodó al grado de no poder bifurcar el sueño. No fue hasta un mes que los ruidos de Pedro y su cruz se convirtieron en el pan nuestro de cada día, a la (más o menos) media noche.
Mientras pasaban los días en el barrio Campell yo leía otra vez libros como de autores latinoamericanos que no conocía, y algunos artículos de Octavio Paz que escribió
en uno de esos suplementos culturales que, escondidos de los lectores, sobreviven las horas más amarillas de la biblioteca.
Repasaba también noticias lejanas de la guerrilla de Oaxaca y de otros estados de mi país al que tenía seis meses sin visitar.
Aun vago las noches que dormía con la lámpara encendida y un libro de páginas abiertas como una mujer con sus piernas apagadas sobre mi pecho.
Un día que no trabajé por una enfermedad que posiblemente la inventé cuando Rosario entre despierta y dormida me imploraba hacer el amor por cuarta ocasión, escuché gritos en el pasillo.
Cuando abrí la puerta supe que era un operativo de migración. Los hijos de puta lo subieron a una camioneta con dirección (otra vez) a los infiernos del sur.
Ni siquiera le dieron oportunidad de llevarse sus pertenencias.
Los encargados del edificio una tarde después del té, tocaron tres veces la puerta de madera donde vivía Pedro. Carmen, la mujer carnosa y olvidada, salió de su guarida y les dijo como si se fuera desnudando de ese temor que sentía por el pobre Pedro, que se lo había llevado migración los días de ayer.
A la mañana siguiente las pocas cosas que él poseía las encontré en el techo cuando pretendía en vano fumar un cigarro. Había dejado olvidado el encendedor en la cocina.



II

A los quince días de vivir en Cartridge, después de mi divorcio en marzo del noventa y nueve, una vecina regaló luz a una niña. Su bebé debía tener apenas unos días de haber llegado a este mundo. Recuerdo escuchar sus llantos escalar la pared desde el piso quinto hasta reptar el mármol sucio y quebrado del último nivel del edificio.
Compartí con Rosario, la joven madre soltera, preocupaciones y desvelos sobre mi escritorio. Escribí sobre sus muslos versos en rima y cuentos que olvidaba como migajas en el apartamento.
En esas primeras horas de estancia en la gran manzana salía a caminar de noche al amparo de las calles fotografiadas en blanco y negro. Me gustaba reinventar las impresiones de la gente que deambula con letreros colgados en el pecho.
En uno de esos paseos con rumbo indefinido conocí a Rosario. Era junio la noche y el calor a medias era difícil de soportar sin un aparato de refrigeración.
Era guatemalteca. Estaba sentada en el minimalista parque donde los niños jugaban todos los deportes en unos cuantos metros cuadrados la madrugada.
Le pregunté cuánto tiempo tenía su bebé. Siete semanas, respondió. Hablamos sobre lo caro que era vivir en esa urbe. Ella trabajaba en el pequeño puesto comercial en la gasolinera de la calle Lindbergh, a unas cuantas cuadras de donde vivíamos.
También habló de su pasado. No sé porqué le inspiré tanta confianza. Tal vez porque necesitaba descargar su tensión. Luego de algunos minutos pareció detonar:
-Me escapé de mi esposo porque me golpeaba. Me daba en el alma como si yo fuera la culpable de su miseria –dijo de golpe.
Rosario había dejado en Guatemala a su otra hija de ocho años con su hermana.
-Me vine a Nueva York con la esperanza de soñar y olvidar –prosiguió la mujer limpiándose las lágrimas que apenas salían de sus ojos-, por eso le mando dinero cada semana para cuando yo regrese a mi tierra las cosas sean mejores.
La mujer había llegado una semana antes que yo al edificio. Arribó a Nueva York acompañada de una pareja a la que conocía desde su infancia. Vivían cerca Cartridge.
La dejé que hablara de sus tormentas y alegrías que después repetiría en nuestras pláticas como si nunca se acordara de la primer vez que relató esa parte de su vida.
-Mi hija está bien y está estudiando, eso es lo bueno. Mi hermana Sandra la cuida bien. Ella es más fuerte que yo. La vida la hizo fuerte. Su esposo Vicente tomaba mucho antes y le ponía los ojitos morados.
-¿Y tu hija está cerca de él? –interrumpí.
-Sí, pero el Vicente ya no es igual –dijo con cierta desemboltura. Dirigió la mirada a su bebé y tras tomar un poco de aire, prosiguió-: El ya casi no toma y ella como es grandota y gordita, lo pone parejito cuando se pone tonto. Seguido le hablo a mi hija para ver cómo está y como va en su escuela.
Ese día nos fuimos a dormir como a las dos.
Al amanecer recogí la ceniza del tiempo pacientemente acumulado en la alfombra y antes de ir a la biblioteca fui al lugar donde trabajaba mi vecina para ver qué podía comprar para comer.
En el camino se cruzaron en mi paso unas prostitutas disfrazadas de estudiantes (a las que a menudo (des)encontraba a toda hora ofreciendo sus servicios a precios cada vez más razonables). Ese tipo de cosas me sucedieron los días en los que sólo pensaba en cómo atraer la pasión de Rosario.
Y ahí estaba trabajando. Era cajera y traía puesto un saco rojo. La saludé y sonrió entre el aroma de los hot-dogs y mis lentos destellos de reflexión ausente. Después de caminar los mozaicos creí al final haber comprado una sopa instántanea y unas papas fritas.
De regreso, al subir las escaleras, encontré por enésima vez a la señora Enna, la del apartamento10, exesposa de un famoso psiquiatra canadiense. A ella le apasionaba mantener limpias las escaleras. Apenas los inquilinos y sus visitas subían o bajaban los escalones, ella regaba frente a su puerta detergente y cepillaba el suelo, el cual por supuesto, era el más limpio de todo el edificio.
La autora de esa manía era salavadoreña y respiró la mayor parte de su vida en el apacible estado de Iowa.
Ahora vivía con unos gatos que aparentaban respetar la limpieza de la señora, pues saltaban resortes el piso (siempre) húmedo.
Rosario diría después que esos gatos eran igual de extraños que la viejita. Cuando alguno de nosotros caminaba por el pasillo frente a su apartamento, la idea era apresurarse para no ver la penosa imagen de la señora que parecía querer lustrar con sus trapos los tobillos de los demás fantasmas.
Subí corriendo los escalones. Era hora de ir a a trabajar a la biblioteca.

III

Eran las cinco aeme. No podía dormir. Entreabrí los ojos porque escuché ruidos en la sala y ahí la ví. Era Oriana.
-¿Cómo entraste? -pregunté todavía con la voz pastoza-.
El cuarto no había dejado de girar. Mis libros estaban por todas partes.
-Una mujer se las arregla de mil maneras para alcanzar al hombre que ama –contestó Oriana-, además ya me conoces como soy.
Su rostro pálido era iluminado por la luz de la noche y su cuerpo transparente dejaba ver su pasado, como las piedras de los años que guardaba en su bolsa.
-¿Qué estás haciendo ahí acostado? –Repuso enojada-. Ya sabes que todos los viernes vengo a molestarte?
Sus palabras me remitieron al viejo juego sexual. Llegaron a mi mente imágenes, días, tardes en los que se suele suceder entre sábanas sin más embriagarse que con las pláticas de una mujer.
Los golpes de otras madrugadas llegaron rápido: una luz en la alfombra y un pez que muere lento sobre la arena; fotografías como relámpagos que aún se conservan en mi armario.
-A esta hora ya no sé quién soy, ni por qué estoy otra vez aquí -dijo Oriana.
-¿Deberías de avisarme antes de venir? -recobré el tono de voz.
-No, para qué avisarte. Prefiero subir las escaleras para acompañarte hasta esa cama donde te derrumbas poco a poco, a veces sigues con tu sueño mientras yo sólo te veo.
No sé cómo, pero me enloquecía (ella lo sabe). Despertar de golpe y verla ahí recargada sobre el marco de la puerta del cuarto, era aterrador.
Me levanté como pude. Tomé un trago a la cerveza caliente que dejé a medias en el suelo antes de dormirme, ese sueño, este sueño.
-Estás más flaco que la última vez que vine -sentenció.
-No me gustan los cuartos a media luz, ¿qué le hiciste a la otra lámpara?.
Aparecí en el baño para lavarme la cara antes de que un temblor en las piernas me impidiera regresar a la cama.
Apagó su cigarro un fuego el agua del lavabo que se iba. Caminó hasta la ventana y miró los otros edificios que impedían ver la ciudad.
-¿Qué te parece si platicamos un poco sobre nuestra relación? -lanzó sus dardos palabras mientras se acomodaba las medias. Sonrió.
Intenté en vano abandonarla en otras ciudades, a pesar de que me inquietaba la idea de dejarla sola, divagar en esos lugares poblados por otras personas.
-Buscaré otro amor o en el peor de los casos te seguiré -amenazó.
Fui a la cocina para preparar un café. Ella se quedó cerca de la ventana. Esperaba el sol. Oriana intuía las palabras y sus destinos, lugares exactos. Y estaba inquieta por lo que dijo. Lo supe por la expresión de un rostro de arrepentimiento en busca de un sitio para evadirse de mi aflicción.
Caminó para aguardarme en el sillón de la sala. Ahí se perdió. La idea de que yo emigrara a otro apartamento la aterraba. Le llevé la taza con café para formar un círculo de vapor frente a su cara. Nunca me ha gustado su tristeza, sobre todo cuando se guardan las esperanzas de que de un momento a otro, aparezcan las caricias y el eterno trayecto desde su espalda hacia el sexo.
Apenas le dió el primer trago al café cambiaron sus facciones. Debió haber pensado lanzarme frases hirientes en inglés y español para exhibirme con los vecinos, pero ella también estaba esperanzada en rescatarme amor.
Después de la carrera de las manecillas oímos ladridos de perros. Después un mareo; la música del vecino que se acababa de despertar.
Quise acariciar las piernas de Oriana pero no pude. Ya no estaba en el apartamento. Dije casi en silencio, casi dormido, que todo estaba predestinado para volverla a encontrar. Tenía que decirle eso. Tenía que poner el café. Las sábanas estaban tibias. La música había iniciado.

IV

Oriana aparecía los viernes por la noche cuando estaba a punto de cerrar el cortinero de la ventana que daba a la calle, al comenzar la ciudad su metarmofosis entre luces intermitentes antes de disgregarse entre la arena y el barro de la noche.
Parecía venir desde algún lejano lugar después de oír su respiración acelerada subir por las escaleras del edificio hasta el sexto piso. Perdió la costumbre de caminar y comprar cerveza, arrancar las flores de cualquier patio frente a la banqueta donde solíamos escribir pequeños poemas o relatos increíbles, y leer el periódico “Le Monde” para impresionar a la gente y no entender más de dos palabras.
Eran días en que carecíamos de preocupaciones: trabajar, levantarse temprano, cumplir, pagar (sexo o alcohol) a las (digamos) once de la noche.
Cuando cerraba el cortinero era porque mi paranoia se incrementaba con la obscuridad y entonces tocaban a la puerta. Yo guardaba la esperanza en mi cartera de que podía ser el billetero de la lotería que vendía ilusiones a una cuadra junto a los puestos de revistas frente a la biblioteca, y que venía a avisarme de mi buena suerte y algo más.
-¿Quién? -preguntaba desde la ventana y con el cortinero cerrado.
-No sé. -Respondía Oriana.
Entonces yo caminaba hacia la puerta para ver qué buena nueva traía entre sus labios.
-¡Hola!- (yo esperaba que viniera fumando con esa sonrisa como ritual a la entrada de cada casa).
-¡Pásale!- (siempre le decía lo mismo. Como de costumbre esperaba que me ofreciera un cigarro, pero esta vez no lo hizo).
-¿Tienes una copa de vino? -Oriana llegaba como en un sueño que suele provocar un fuerte peso en la boca del estómago, como un andar de cabellos que golpeaba por debajo de mi piel.
Primero nos sentábamos a platicar y entonces empezábamos la función. Una, dos, tres, cinco, diez, quién sabe cuántas copas de vino. El mundo y sus imágenes en una gota de calor sobre el cristal de nuestros ojos. Guerras y amores clandestinos; su piel, rectángulo que se dislocaba ecuánime sobre la alfombra...
Doce aeme:
Oriana y yo no supimos si entonar el himno nacional o asomarnos desde la ventana y gritarle a la gente que el mundo cosmopolita nos repugnaba, y que extrañabamos aquella ciudad plagada de horas en blanco y negro y museos donde vimos varias veces “El perro andaluz”.
Aquellas tardes de sueños fueron enterradas por el clima extremoso en aquel rincón de mi país, en esa franja donde las balas emigran transfugas transfronteras. Al final, no hacíamos ninguna de las dos cosas, preferíamos escuchar a Beethoven o Mozart, o simplemente escondernos bajo las sábanas y jugar a que éramos niños desnudos. Adan y Eva.
Cuatro aeme:
Todo lo que pasa afuera es irrelevante; el ruido de la ciudad y su masa de contradicciones y sueños del sur interrumpidos, mujeres extraviadas en este enorme laberinto. Jugamos con un cigarro a hacer figuras de sombras sobre la pared mientras nos íbamos quedando dormidos.
Seis aeme:
Las nubes se quiebran como rompecabezas, se suicidan después del vaivén de emociones. Llueve. Mi padre corre bajo el aguacero detrás de mi, pensando que me detendrá cuando viene un camión a unos cuantos metros y a punto de atropellarme...
Diez aeme:
Despierto. La cocina y todo el depa está envuelto en aromas de cigarro y sexo y sueño, y entonces la música y la ceniza (su olor) se vuelven ropa o recuerdo, taquicardia.Encima de un brassier una cajita roja destruida por las pisadas de un fantasma encolerizado, es una cajetilla de Marlboro, los cigarrillos están partidos por la mitad, qué desgracia. Oriana vuelve aparecer quién sabe de dónde (ha de haber estado escondida en el horno o el closet).
-¿Tienes un cigarro?-Mi voz entrecortada por los restos de una prolongación de alcohol en mi cuerpo.-No -El “no” de Oriana es raquítico, pero cortante.
-Tu casa parece un jolgorio, cuánta perdición, ¿no te da vergüenza? -dijo.
-No.-Ah, des-ver-gon-za-do.
-Tu me ayudaste a hacer de esta casa lo que ahora es, y vienes a decirme que soy culpable, nunca has sido para ayudarme a recoger historias que hemos dispersado entre tantas noches -lanzé mis dardos. Palabras.
-Eso que dices es una mentira -Oriana volteó a ver su rostro pálido en el espejo del pasillo. Se acercó a el como si fuera a besarlo. Sonrió, voltea a verme y mirada diábolica, saca un cigarro de su camisa sucia de amaneceres. Yo jugaba a extingur los cerillos que aún quedan en la cajetilla.
-Te pedí un cigarro hace unos instantes.
Ella sólo sonríe mientras se sigue viendo en el espejo; juega a hacer imágenes con el humo al mismo tiempo que vuelvo a entrar a la primera etapa del sueño. Cuando despierto Oriana ya no está, pero queda algo de ella: su aroma en la mezcla de ceniza, delirio, vino. Estado alterado de conciencia con ciencia con aterradoras formas de ver la vida.
Horas más tarde, las luces intermitentes vuelven aparecer disgregándose entre la arena y el barro, el ruido de la ciudad nocturna desaparece sobre el asfalto del desierto mientras estoy a punto de cerrar el cortinero que da hacia la calle, entonces alguien toca la puerta; guardo la esperanza en mi cartera de que pueda ser el billetero de la lotería.
-¿Quién? -pregunto antes de abrir la puerta.

V

Nunca entendí porqué el joven de uno de los apartamentos del segundo piso intentaba volar un avión de control remoto en el techo del edificio.
Un domingo subí para liberar la vista cansada tras perseguir historias línea cada línea, y ahí estaba uno de los sujetos anglosajones que no le gustaba saludar a los demás inquilinos de Cartridge.
El echaba gasolina al aparato y yo pensaba todo en unos instantes.
El avión empezó a volar. Las tardes de fin de semana eran así de inesperadas.Y el avión daba vueltas alrededor del edificio. A veces tenía que leer a Baudelaire para recordar que las razones por las que había decidido saltar ciudades, algún mes, alguna noche, alguna guatemalteca, serían las mismas razones para regresar a casa y volver a encontrarme huyendo los minutos un graffiti en las calles de mi ciudad.
Y una explosión me despertaba. El avioncito se había destruído en una de las paredes de un almacén que no guardaba nada.
El joven ni siquiera me volteó a ver. Yo me quería reír y guardé el humo de la burla en mis pulmones para no explotar igual que el avioncito.
Esperaba a Rosario. Le quería leer algunas cosas como cada tarde cuando llegaba con todo y los llantos de su bebé.
En el apartamento había recuerdos entre los poros de la paredes (voces de niños que golpeaban puertas) pero Rosario no creía. Uno de los ruidos que salían de entre los pequeños orificios donde las telarañas ya no estaban, era el de una máquina de escribir. Me daba miedo y parecía tener un efecto hipnótico. Por eso mi andar por el edificio y luego a la tienda y luego al edificio.
Una de esas horas me fui por otras horas. Caminé por la calle Tissandier hasta llegar a la plaza donde abordaba el camión para ir al trabajo. Me senté en una banca cerca de un payaso que inflaba globos de Disney y mientras vendía sonrisas a los infantes que deambulaban junto a sus padres que (quizá) irían después al cine, me acerqué a la escena.
Compré un fastasma globo para regalarlo a la bebé de Rosario, aunque seguro la pequeña nunca se daría cuenta.
Veinticinco años antes caminaba por los filos de las banquetas tomado de la mano de mi padre. Era el Distrito Federal una ciudad irreconocible junto a las nubes y los escarabajos amarillos azules y las pequeñas explosiones de las cámaras fotográficas. En las escaleras, cada (des)apretón de manos un cuadro se diluía a causa del agua que calentaba Rosario para el café.
La vida en Nueva York es así de rápida. En un suspiro los años que alguna vez transcurrieron lentos.
Toqué a la puerta de su lugar y ella abrió inmediatamente. Como si supiera que yo llegaría en ese momento.
-Hola, acabo de llegar –dijo-, pásale, ¿quieres café?
-¿Cómo te fue en el trabajo? –pregunté.
-Pues bien, fíjate que no me quieren pagar algunas horas extras que trabajé el jueves.
-Y ¿qué vas hacer? –rebatí como intentando defenderla.
-Ya sabes que no se puede hacer nada –respondió mientras servía el café-, los papeles de residencia que tengo son falsos. No vaya a ser que se les prenda el foco cuando les reclame y manden todo al infierno, además no es para tanto ni que fueran tantas horas.
-Bueno es cierto, para qué te metes en problemas.
Por la rendija de la puerta entraban los regaños de Enna a sus gatos. A nosotros todavía nos causaba gracia, a pesar de era un lugar común.
-Pinche viejita loca, cómo se pone hablar con esos pinches gatos -atinó Rosario- el otro día me contó Egmont que su esposo se suicidó en Iowa, hace como 15 años y que Enna quedó muy dañada.
Egmont, un veterano de guerra que alquilaba el apartamento 13, era el que conocía más a Enna.
A Rosario le gustaba contar historias. Por eso parecía recopilar en el archivo de su mente la vida de los inquilinos.
Después me contó las razones de la salvadoreña para abandonar el cuarto 16. Se cambió al apartamento 10 mucho más grande que el anterior porque sencillamente sus gatos no cabían en el otro.

VI

-¿Listo? –me preguntó Rosario.
-Cuando quieras –respondí-. Huele a café colombiano.
El vapor escalaba el paredón de libros que tenía encima de la pequeña mesa esquinera frente al sofá de la sala. Su hija dormía en mi cuarto. Los domingos pensábamos una cuna a base de almuhadas sobre la cama. Mientras tanto, yo veía a Rosario caminar de un lado a otro de la cocina a la espera de sacar el bisket del microhondas.
-Cómo me acuerdo de mi esposo –dijo mientras vaciaba en mi taza, el café hirviendo.
-A veces uno recuerda las cosas cuando menos lo espera –opiné-. A veces sólo hace falta un olor, un ruido, un lugar –Y miré los ojos café claros de Rosario y añadí en voz baja, casi en silencio-: Es curioso la asociación de ideas que hace nuestro cerebro.
-Agustín esperaba el café como tú –volvió al tema principal de su ex esposo-. Eran unas ansias tremendas por tomar su cafecito. No podía vivir sin sus tres tazas diarias.
Su nostalgia era eminente.
La alarma del microhondas sonó. El pan estaba listo. Las tardes en las que coincidían nuestros recuerdos eran así. A Rosario le gustaba platicar a Guatemala y platicar y platicar. El tiempo acostumbraba cursar rápido los números digitales del reloj que permanecía impávido a un lado del micro.
-Se me olvidó platicarte lo que me pasó. El otro día –continuó mientras rebanaba el pan-, cuando iba rumbo a la guardería, no me vas a creer, pero creí que Agustín me seguía entre la gente que caminaba detrás de mi.
-Son parte de tus miedos, ya te lo he dicho –atiné.
-Hablo en serio Carlos.
-Yo también.
-De esas veces que uno piensa que la van siguiendo. En una esquina mientras esperaba el siga, vi a un señor que estaba detrás de mi. No sabes cómo me puse. Se parecía, disculpa la palabra, un chingo a él. –recordó.
-Yo sé que vas a decir que como repito las cosas...-
-Pues no las repitas –estorbó mi enunciado.
-Pero esos miedos te van a seguir por mucho tiempo –concluí la oración.
-Espero que no.
Aunque Rosario decía que era yo el que repetía las cosas, en realidad era ella. Esos demonios que la perseguían hasta en sus sueños, a menudo aparecían cuando salíamos del edificio a cualquier parte.
En una de esas ocasiones salió de su garganta un grito que atemorizó a decenas de personas. Ese día nos encontrábamos en una oficina de correo donde yo esperaba un libro inédito que me había enviado una amiga escritora de Monterrey.
Detrás de donde despachaban los empleados del correo, en un espejo, ella había visto el reflejo de una persona que entraba al lugar justo detrás de nosotros.
Minutos después me contó con el mismo asombro de quien mira entrar de madrugada por la puerta de su cuarto a Satanás, que escuchó cómo esa persona arrastraba sus zapatos de igual forma como lo hacía su esposo. Y luego despertar.
Ambos escuchamos los llantos de Miriam y corrimos hacia la recámara donde ella nos veía como si hubiera estado escuchando la conversación. Era una muñeca pálida.

VII

La primera vez que entablé comunicación con Egmont fue una tarde en el pasillo del segundo piso, mientras Enna arrojaba fotografías desde las escaleras que conducían a la azotea. Traía puesto un chaleco color café. Como los que utilizan los fotógrafos.
Si Rosario no me hubiera platicado de él, sin duda hubiera pensado que el sujeto se dedicaba a cazar imágenes.
-¿Tu eres el nuevo inquilino del sexo piso? -preguntó cuando estuvimos de frente.
-Sí, mucho gusto –dije-. Me llamo Carlos-. Y extendí la mano para terminar con el rictus de la presentación.
Las fotografías caían a intervalos hasta el abismo del primer piso. Eran hojas secas de un arbol. Uno de los gatos que estaba frente a la puerta del apartamento10, se acercó hasta las rejas de seguridad y estiró una de sus patas para intentar atrapar una de las fotos que cada vez eran más. Pero no pudo. Sólo la vio decender. Resignado.
-Pues aunque hay muchos apartamentos sin habitar, aquí la pasamos todos bien, bueno... casi todos –dijo el vecino, como si la estancia de alguno de los inquilinos fuera inicua.
En menos de un parpadeo Enna se encontraba cerca de nuestros pies. Y como si le lanzara maiz a las palomas de alguna plaza, aventó un puño de detergente y nosotros sólo reímos. Ya te acostumbrarás, predijo. Y estiró su mano para continuar con la cordialidad.
-¿Y qué te dijo el Egmount? –cuestionó Rosario en su apartamento más tarde.
-Sólo me presenté.
-De seguro te invitó unas cervezas, ¿verdad?.
-No. Ni tiempo tuvo. Enna casi nos moja los zapatos.
-Este edificio es de locos –pronunció Rosario.
-Noté medio serio a Egmount.
-Deberías de invitarlo a tomar un café –propuso.
-Mejor unas cervezas.
-A lo mejor le puedes sacar algo para un personaje –agregó ella-, de esos de los que escribes en tus cuentos.
Yo reí. Ella guardó silencio unos segundos y continuó:
-Cada vez que me lo encuentro en las lavadoras me cuenta una historia de cuando era soldado.
-Debe estar medio loco.
-Igualito que tu.
-Sí. Igual.

VIII

Vino un jueves. Lo observé entrar apresurado subir cada escalón. Cada paso era un martillazo, como si un carpintero aplicara fuerza y celeridad para terminar una de sus artesanías.
Pasó de largo como un torbellino. Me pude ver fantasma en el reflejo de sus lentes oscuros. Fue directo al número 26. Era su lugar, su encuentro. Apenas le iba a decir que algunas de sus pertenecias todavía estaban en la azotea, pero salió Carmen.
-Tus chingaderas están en el techo –le dijo.
Pedro enfiló por la escalera a toda prisa en donde estaba el anglosajón imaginando que era el dueño del mundo mientras volaba su avión de control remoto.
Sólo estaba su cruz. La cafetera, el micro y su estéreo, alguien había decidido que a partir de una noche gris esos artículos tenían que cambiar de dueño.
El sujeto rubio parecía que no se había percatado de su presencia pero reía sin parar. Tenía puestos sus ojos en el control remoto.
-Señor, ¿y mis cosas? –le preguntó Pedro.
No le contestó. No dejaba de reír. El indocumentado lo cuestionó varias veces sobre el destino que habían sufrido sus pertenencias. Y no encontró respuestas.
Carmen subió con todo y su gordura para oír la conversación y también fue la primera persona que lo vio bajar con su cruz de madera. La imagen fue bíblica. Apareció ante mis ojos con una corona de espinas en su frente. Apareció con su pañoleta y sus lentes oscuros. Apareció ante mis ojos con una corona de espinas en su frente. Apareció con su cruz y sus lentes oscuros.

IX

Era fin de semana. Seis aeme. La música estalló. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Nueve pasos desde la cama a la regadera. Abrí la llave del agua y el vapor invadió cada rincón del baño.
Al salir del apartamento, el pasillo de ventanas rotas olía a tabaco y, tras ciento sesenta y cinco pasos, encontré a Enna. Estaba fumando. Los gatos rosaban lentamente con su cuerpo las montañas de sus agrietadas pantorrillas.
Caminé las cuadras una mañana sin sol. Dolían en mi cabeza el ruido de la urbe y las hormigas que no salieron del subterráneo a arrastrar trozos de muerte. Y el taxi del señor equis. Luego el de la señora sin h y el taxi sin punto mojaron los charcos en mi pantalón.
La plaza. Cuatro camiones. Algunas palomas.
Apresuré a subir los tres escalones para subir a uno de los camiones. A través de los vidrios polarizados las trineras con sus nombres la colorada y la Lupita. El mariachi.
Los pasajeros del camión esperaban partir a sus lugares. Con sus sombreros de otra época y sus abanicos las mujeres
cada asiento
un vestido largo.
Oriana presintió su espalda las letras de mis dedos el sueño.
-¿Qué haces Carlos? –preguntó.

















Lo prometido es deuda, como dice ese lugar común. Abajo podrán leer algunos nuevos episodios de la serie Cartridge. Espero les guste. Nos vemos pronto.
El lugar

I

Antonio Flores Schroeder
-Desde hace tiempo –dijo Joel Sánchez a su compañero de celda-, perdí la cuenta de los años.
Era la mañana de Ciudad Juárez. Acababan de desayunar huevo con frijoles en el comedor. Afuera llovía el verano de agosto.
-Ha de ser gacho pasar toda una vida aquí –respondió “El Gato” Zubiate desde la cama de arriba. Luego mientras buscaba unos cerillos en la bolsa de su camisa, añadió-: Pero, ¿la neta que no tienes a nadie allá afuera?
-Cuando tenía 35 años decidí jugarme todo para dejar la miseria –recordó Sánchez- y mi mamá tenía 65. Por las pinches presiones que le ocasioné la mandé al hoyo hace como cinco años.
-Está cabrón correr esa pinche suerte –replicó “El Gato” con su acento defeño.
-Le disparé al policía porque creí que él lo haría primero.
-Pero se siente chido cuando se dispara, ¿ó no?
-Con el policía que fue el primero en caer, sentí miedo... y alivio a la vez.
-A huevo –soltó una breve risa Zubiate-, pensabas que la ibas armar.
-Te apuesto a que ni sentiste miedo, ¿verdad?
-La verdad no. Sólo me acuerdo de la pistola que retumbaba en mi mano derecha.
-¿Cuántos plomazos le diste al otro poli?
-Fueron cuatro. Me acuerdo muy bien de su pinche cara. Después de el primer cuetazo que le puse en el pecho, el cabrón me vio a los ojos y ahí sentí medio raro. Pero después de los otros balazos –prosiguió Joel que se frotó las manos-, fue como si se hubiera acelerado la acción.
-Eso es lo chingón, la adrenalina. ¡Eres un asesino! –se burló “El Gato” Zubiate.
-En el momento en el que el segundo policía cayó al suelo –evocó Joel- pareciera como si me hubieran quitado de las orejas un tapón, porque luego luego escuché los gritos de la gente y de mis amigos que me apuraban para escapar.
-¿Y cuánto duró el asalto? –preguntó Zubiate que se sentó en el filo de la cama.
Joel empezó a sudar. Cada vez que recordaba la razón por la que purgaba 40 años en la prisión sentía en su estómago un galopar de caballos. Su conciencia.
-Como tres minutos.
-No supieron hacerla, la neta que no carnal, no supieron ni madres.
-Nos salió todo mal –dijo Joel mientas veía cómo se movían las piernas de su compañero que colgaban de la cama de arriba. Yo no quise convertirme en asesino, aunque no me creas.
-Bueno -advirtió Zubiate- eso no importa ni madres ya, el pedo es, ¿qué chingada madre vas hacer allá afuera sin nadie?
-Eso es lo de menos. Empezaré de nuevo.
-Yo que tu –opinó “El Gato”-, si yo hubiera sido doctorcito como tu, ni le busco ruido al chicharrón en un puto asalto a un banco, la neta que no.
-Pues sí, pero eso ya pasó, ahora, como dicen, sólo me queda la de aguantar. Ni modo.
-Aquí tengo una chicha pa’ olvidar –dijo Zubiate después de saltar de la cama de cemento para continuar la ilusoria búsqueda de unos cerillos que había dejado a un lado de la pequeña estufa.
Joel también se levantó. “El Gato” le mostró los restos del diminuto cigarro de mariguana que había comprado la noche anterior a un custodio. Y lo encendió. Sólo eran dos fumadas para cada uno. No había más.
-Pásenlo pinches putos –gritó desde la celda continua “El Chalán”, tras oler el aroma que volaba a través del espeso humo hacia el pasillo “C-2”.
Joel y “El Gato” sonrieron cuando el primero le contestó que ya no había más, antes de quemarse las yemas de sus dedos. Se escucharon chiflidos y más gritos. Pero ahí no pasaba nada. A veces cuando varios prisioneros se juntaban para quemarle al tiempo las horas llegaba uno que otro custodio. Y con ellos deliraba.
-A ver que chingados hago después de que salga de aquí –comentó Joel a Zubiate que ya empezaba a sentir sobre sus párpados, el efecto hipnótico de la mariguana.
-Pues como quiera todavía falta mucho tiempo.
-Pero como dicen, el tiempo se va volando –aseguró “el Gato”.
-Nel, faltan un chingo de noches –impugnó Joel.
Ambos experimentaron casi al mismo tiempo la pesadez del cuerpo. Y retrocedieron el camino como si fueran atraídos por las invisibles huellas que dejaron sobre el suelo, después de haber brincado desde sus respectivas camas a fumarse el tiempo que les quedaba.
Ya no estaban ahí. Se habían ido lejos.