miércoles, julio 13, 2005

II Aviso: Los cambios que observarán en este capítulo se basan principalmente en errores de adaptación por parte de la voz narradora. Sumé algunas visiones y corregí algunos errores que manchaban el ritmo de la lectura. Espero les guste.



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Cartridge

Capítulo II


Antonio Flores Schroeder

II
A los quince días de vivir en Cartridge, después de mi divorcio en marzo del noventa y nueve, una vecina regaló luz a una niña. Su bebé debía tener apenas unos días de haber llegado a este mundo. Recuerdo escuchar sus llantos escalar la pared desde el piso quinto hasta reptar el mármol sucio y quebrado del último nivel del edificio.
Compartí con Rosario, la joven madre soltera, preocupaciones y desvelos sobre mi escritorio. Escribí sobre sus muslos versos en rima y cuentos que olvidaba como migajas en el apartamento.
En esas primeras horas de estancia en la gran manzana salía a caminar de noche al amparo de las calles fotografiadas en blanco y negro. Gustaba de reinventar impresiones de la gente que deambula con letreros colgados en el pecho.
En uno de esos paseos con rumbo indefinido conocí a Rosario. Era junio la noche y el calor a medias era difícil de soportar.
Era guatemalteca. Estaba sentada en el minimalista parque donde los niños jugaban todos los deportes en unos cuantos metros cuadrados la madrugada. Y era de día y era la noche.
Le pregunté cuánto tiempo tenía su bebé. Siete semanas, respondió. Hablamos sobre lo caro que era vivir en esa urbe. Ella trabajaba en el pequeño puesto comercial en la gasolinera de la calle Lindbergh, a unas cuantas cuadras de donde vivía.
No sé porqué le inspiré tanta confianza. También habló de su pasado. Tal vez porque necesitaba descargar su tensión que luego de algunos minutos detonó:
-Me escapé de mi esposo porque me golpeaba. Me daba en el alma como si yo fuera la culpable de su miseria –dijo de golpe.
Rosario había dejado en Guatemala a su otra hija de ocho años con su hermana.
-Me vine a Nueva York con la esperanza de soñar y olvidar –prosiguió la mujer limpiándose las lágrimas que viajaban a través de los autos que circulaban por todo Nueva York-, por eso le mando dinero cada semana para cuando yo regrese a mi tierra las cosas sean mejores.
La mujer había llegado al edificio una semana antes que yo. Arribó a la ciudad de los extravíos acompañada de una familia a la que conocía desde su infancia. Vivían cerca Cartridge.
Dejé soltar sus tormentas y alegrías que después repetiría en cada plática como si nunca se acordara de la primer vez que relató esa parte de su vida.
-Mi hija está bien y está estudiando, eso es lo bueno. Mi hermana Sandra la cuida bien. Ella es más fuerte que yo. La vida la hizo fuerte. Su esposo Vicente tomaba mucho antes y le ponía los ojitos fintos en cada borrachera.
-¿Y tu hija está cerca de él? –interrumpí.
-Sí, pero el Vicente ya no es igual –dijo con cierta desemboltura. Dirigió la mirada a su bebé y tras tomar un poco de aire, prosiguió-: El ya casi no toma y ella como es grandota y gordita, lo pone parejito cuando se pone tonto. Seguido le hablo a mi hija para ver cómo está y como va en su escuela.
Ese día nos fuimos a dormir como a las dos.
Unos días después al amanecer mientras recogía la ceniza del tiempo pacientemente acumulado en la alfombra fui al lugar donde ella trabajaba para ver qué podía comprar para comer.
En el camino se cruzaron en mi paso unas prostitutas disfrazadas de estudiantes (a las que a menudo (des)encontraba a toda hora ofreciendo sus servicios a precios cada vez más razonables). Ese tipo de cosas me sucedieron los días en los que sólo pensaba en cómo atraer la pasión de Rosario.
Y ahí estaba trabajando. Era cajera y traía puesto un saco rojo. La saludé y sonrió entre el aroma de los hot-dogs y mis lentos destellos de reflexión ausente.
Después caminé los mozaicos para creer-haber-comprar verbos infinitos una sopa instántanea. En realidad adquirí unos segundos entre el ruido de las cuatro voces que se perdían en el fondo de los refrigeradores.
De regreso, al subir las escaleras, encontré por enésima vez a la señora Enna, la del apartamento 10, exesposa de un psiquiatra canadiense que optó por suicidarse con un crucifijo en una tienda de artículos religiosos . A Enna le apasionaba mantener limpias las escaleras. Apenas los inquilinos y sus visitas subían o bajaban los escalones, ella regaba frente a su puerta detergente y cepillaba el suelo, el cual por supuesto, era el más limpio del edificio.
La autora de esa manía era salavadoreña y respiró la mayor parte de su vida en el apacible estado de Iowa.
Ahora vivía con unos gatos que aparentaban respetar la limpieza de la señora, pues saltaban resortes el piso (siempre) húmedo.
Rosario diría después que esos gatos eran igual de extraños que la viejita. Cuando alguno de nosotros caminaba por el pasillo frente a su apartamento, la idea era apresurarse para no ver la penosa imagen de la señora que parecía querer lustrar con sus trapos los tobillos de los demás fantasmas.
Subí corriendo los escalones. Era hora de ir a a trabajar a la biblioteca.

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