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jueves, julio 14, 2005

Cartridge

Hice algunas modificaciones a este capítulo. Ahora aparecen otros objetos en torno al edificio Cartridge. Espero les guste.



Capítulo III


Antonio Flores Schroeder
Eran las cinco aeme. No podía dormir. Entreabrí los ojos porque escuché ruidos en la sala y ahí la ví. Era Oriana.
-¿Cómo entraste? -le pregunté desde la cama todavía con la voz pastoza-.
El cuarto no había dejado de girar. Mis libros estaban por todas partes.
-Una mujer se las arregla de mil maneras para alcanzar al hombre que ama –contestó Oriana y caminó hacia la habitación-, además ya me conoces como soy.
Su rostro pálido era iluminado por la luz de la noche y su cuerpo transparente dejaba ver su pasado, como las piedras de los años que guardaba en su bolsa y los discos de Roger Waters que tenía en mi refrigerador.
-¿Qué estás haciendo ahí acostado? –Repuso enojada-. Ya sabes que todos los viernes vengo a molestarte?
Sus palabras me remitieron al viejo juego sexual. Llegaron a mi mente imágenes, días, tardes en los que se suele suceder entre sábanas sin más embriagarse que con las pláticas de una mujer.
Los golpes de otras madrugadas llegaron rápido: una luz en la alfombra y un pez que muere lento sobre la arena; fotografías como relámpagos que aún se conservan en mi armario.
-A esta hora ya no sé quién soy, ni por qué estoy otra vez aquí -dijo Oriana.
-¿Deberías de avisarme antes de venir? -recobré el tono de voz.
-No, para qué avisarte. Prefiero subir las escaleras para acompañarte hasta esa cama donde te derrumbas poco a poco, a veces sigues con tu sueño mientras yo sólo te veo.
No sé cómo, pero me enloquecía (ella lo sabe). Despertar de golpe y verla ahí recargada sobre el marco de la puerta del cuarto, era aterrador.
Me levanté como pude. Tomé un trago a la cerveza caliente que dejé a medias en el suelo antes de dormirme, ese sueño, este sueño.
-Estás más flaco que la última vez que vine -sentenció.
-No me gustan los cuartos a media luz, ¿qué le hiciste a la otra lámpara?.
Aparecí en el baño para lavarme la cara antes de que un temblor en las piernas me impidiera regresar a la cama.
Apagó su cigarro un fuego el agua del lavabo que se iba. Caminó hasta la ventana y vio a medias las siluetas como fantasmas (edificios que impedían ver la ciudad).
-¿Qué te parece si platicamos un poco sobre nuestra relación? -lanzó sus dardos palabras mientras se acomodaba las medias. Sonrió.
Intenté en vano abandonarla en otras ciudades, a pesar de que me inquietaba la idea de dejarla sola, divagar en esos lugares poblados por otras personas.
-Buscaré otro amor o en el peor de los casos te seguiré -amenazó.
Fui a la cocina para preparar un café. Ella se quedó cerca de la ventana. Esperaba el sol. Oriana intuía las palabras y sus destinos, lugares exactos. Y estaba inquieta por lo que dijo. Lo supe por la expresión de un rostro de arrepentimiento en busca de un sitio para evadirse de mi aflicción.
Caminó para aguardarme en el sillón de la sala. Ahí se perdió. La idea de que yo emigrara a otro apartamento la aterraba. Le llevé la taza con café para formar un círculo de vapor frente a su cara. Nunca me ha gustado su tristeza, sobre todo cuando se guardan las esperanzas de que de un momento a otro, aparezcan las caricias y el eterno trayecto desde su espalda hacia el sexo.
Apenas le dió el primer trago al café cambiaron sus facciones. Debió haber pensado lanzarme frases hirientes en inglés y español para exhibirme con los vecinos, pero ella estaba esperanzada en rescatarme amor.
La carrera de las manecillas eran agudos ladridos de perros. Alguien tocaba con una piedra la puerta de la bodega de vino que estaba frente al edificio. Después otro mareo.
Quise acariciar las piernas de Oriana. Ya no estaba en el apartamento. Dije en silencio, dormido, que todo estaba predestinado para volverla a encontrar. Tenía que decirle eso a nadie. Poner el café. Las sábanas estaban tibias. La música había reiniciado.

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