martes, julio 12, 2005

Aviso: Durante los últimos días he decidido volver a vestir a Cartridge y logré re-estructurar parte de sus primeros capítulos. Aquí les dejo una muestra de las nuevas averías de mi mente. Como ya lo había contado hace tiempo en este mismo espacio, Cartridge es una historia compuesta de muchas microhistorias. Parece que no tienen hilación pero al final después de 135 cuartillas Cartridge ha adquirido una fuerza sentimental que ha logrado por si sola obtener un espacio muy especial dentro de lo poco o nada que he escrito. Espero que les guste su nueva ropa.

AFS
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Cartridge

Capítulo I

Antonio Flores Schroeder
Esta es una tranquilidad que desconocía. Apenas el arrastre de sus alas escondidas tras la cortina blanca, la falta de costumbre de volar y ver sin movimiento a Oriana sentada en el comedor, logran conmoverme. Es como si la voluntad de esta ciudad decidiera no volver a emerger. Enciendo la luz de la cocina y el aire que entra por la ventana de la sala huele a madera quemada.
Algo me dice que ellos se afanan a sus lugares. Las puertas no se escuchan. Pero ellos repercuten los rincones. Los sillones invisibles deben de estar ocupados. La lluvia baja por la escalera de emergencia y en el charco del precipicio de los vecinos las gotas de agua como parte de un ser total, se dicen unas a otras palabras que sólo ellas entienden.
Abrí la puerta y caminé. El pasillo está cubierto de polvo. Puedo ver las puertas de los apartamentos abiertas de par en par. Las pequeñas piedras parecen susurar cada vez que logran su cometido en las plantas de mis pies descalzos.
Ha vuelto a oscurecer. Alguien apagó la luz en la cocina. Y decidí escribir la historia.
Los dos años que viví en el apartamento del último piso del edificio Cartridge, en Nueva York, conocí algunas personas que escribieron con sol y frío la novela que iniciaba como algún otro texto, con un nombre, letras mayúsculas.
Pedro era uno de esos personajes. El indocumentado que vivía detrás de la puerta de donde colgaba el número 26. No sé exactamente de que país provenía, pero por las veces que escuché su acento subir y bajar las escaleras, podríamos imaginarnos que era mexicano, del sur, quizá de Chiapas.
Tenía unos 50 años. Muy pocas veces le pude ver los ojos. Bajo su pañoleta amarilla con tonos fuertes en azul, a veces sólo negra, traía puestos casi siempre sus lentes contra el sol.
Y volvía a oscurecer. Las voces venían de todas partes mientras me empeñaba en no dejarlas entrar. A veces golpeaba a una toalla y la dejaba morir bajo la puerta. Quemaba libros para distraerme del frío. Y amanecía.
Por las mañanas aquel migrante era el primero que se despertaba, luego algunos segundos el dolor de cabeza las mentadas de madre los inquilinos. No le importaba subir el volúmen de su estéreo a las seis y media. Varias veces escuché averías en sus bocinas y apenas transcurrían tres o cuatro días, instalaba en su aparato electrónico nuevas bocinas. Y así era.
En una ocasión bajé al primer piso donde se encontraban las lavadoras y las secadoras que me costaban veinticinco centavos de dólar. Ahí se sentó a un lado de donde yo leía The New York Times. Su respiración era agitada y de reojo me di cuenta que andaba como desesperado, como si le preocupara algo.
Después de haber estado junto al ruido de las maquinas por veinte minutos, soltó la voz:
-¿Me presta el pápiro del deportes brother? -preguntó Pedro-. Y se levantó de su lugar con sus botines negros salpicados de tierra. Los ecos sonaban sobre la alfombra oscura como serpientes deslizándose en yerba seca.
-Sí, claro –atiné a murmurar. (Me llamo Carlos Almeida, no brother) pensé.
No habló más, sólo para decir thank you mientras acomodó la sección deportiva encima de una de las lavadoras en donde yo había dejado el resto del periódico.
Los viernes cuando regresaba de la biblioteca lo veía sentado en el filo del techo del edificio. Sus piernas colgaban, parecía columpiarlas como un par de fideos ausentes en la sopa de sus hijos a miles de kilómetros de distancia.
Las primeras noches que pasé en ese apartamento oí algunos extraños ruidos que me asustaron un poco, pero nunca me atreví salir al pasillo de ventanas rotas para averiguar qué era lo que ocurría.
Un día pregunté a Carmen, una señora gorda y malolienta que también era mi vecina, qué eran esos ruidos. Me explicó que él acostumbraba, antes de dormir, arrastrar en el pasillo una cruz de madera.
-Que Pedro no le asuste jovenazo –dijo-, al principio a mi sí me espantaba pero uno tiene que ir aclimatándose a ese tipo de cosas.
-Pues sí, es raro el tipo –contesté.
-Es una costumbre que tiene –verborreó la mujer.
-¿Y usted no sabe en qué trabaja o qué hace?, quizá es un actor –bromié.
-No, ese viejo está loco –Carmen no entendió la mofa-. Con decirle que ni sé donde trabaja ni qué hace y luego no tiene ni papeles.
Esa mujer hablaba así de Pedro a base de chismes. Además ella sabía perfectamente que ese hombre no era el único en el edificio que carecía de documentos para poder vivir en Estados Unidos.
Después me comentó que un joven a quien le planchaba la ropa le había platicado que Pedro vendía droga en la high school cercana a la gasolinera.
-Pero ni le pregunte, no lo vaya a matar –advirtió con su voz ronca mientras barría el pasillo.
Durante algunas noches el arrastre de la cruz me incomodó al grado de no poder bifurcar el sueño. No fue hasta un mes que los ruidos de Pedro y su cruz se convirtieron en el pan nuestro de cada día, a la (más o menos) media noche.
Mientras pasaban los días en el barrio Campell yo leía otra vez libros como de autores latinoamericanos que no conocía, y algunos artículos de Octavio Paz que escribió en uno de esos suplementos culturales que, escondidos de los lectores, sobreviven las horas más amarillas de la biblioteca.
Repasaba también noticias lejanas de la guerrilla de Oaxaca y de otros estados de mi país al que tenía seis meses sin visitar.
Aun vago las noches que dormía con la lámpara encendida y un libro de páginas abiertas como una mujer con sus piernas apagadas sobre mi pecho.
Un día que no trabajé por una enfermedad que posiblemente la inventé cuando Rosario entre despierta y dormida me imploraba hacer el amor por cuarta ocasión, escuché gritos en el pasillo.
Cuando abrí la puerta supe que era un operativo de migración. Los hijos de puta lo subieron a una camioneta con dirección (otra vez) a los infiernos del sur.
Ni siquiera le dieron oportunidad de llevarse sus pertenencias.
Los encargados del edificio una tarde después del té, tocaron tres veces la puerta de madera donde vivía Pedro. Carmen, la mujer carnosa y olvidada, salió de su guarida y les dijo como si se fuera desnudando de ese temor que sentía por el pobre Pedro, que se lo había llevado migración los días de ayer. Y llegaba la noche otra vez y toda la historia se repetía hasta que las manecillas de mi reloj aniquilaban las baterías entre tiempo y tiempo.
A la mañana siguiente las pocas cosas que él poseía las encontré en el techo cuando pretendía en vano fumar un cigarro. Había dejado olvidado el encendedor en la cocina.

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