lunes, junio 06, 2005

Luces

Por Antonio flores Schroeder
Ese día me detuve con mi portafolio frente al puesto donde vendían cigarros en la esquina de Insurgentes y Perú. Eran las diez aeme y el día era en blanco y negro una sobredosis interestelar de camiones urbanos en esa región lejana -como todas las demás- de esta ciudad.
El tiempo pasó tranquilamente frente a mis ojos: un perro cruzó la avenida en medio del tráfico; una señora con los años a cuestas no podía pasar la calle; un ladrón corría con la bolsa de una mujer desconocida; Jesucristo se asomaba por la ventana frontal de la joyería; un cholo vendía tortas de colita de pavo; el sacerdote disfrutaba de un helado y un joven con su guitarra eléctrica surfeaba los requintos en do menor desde una de las islas de concreto.
De pronto la ciudad fue silencio. Mis manos empezaron a temblar. La historia de esta frontera cruzó los extravíos de mi vida. Dejé el portafolio junto al cigarrero y caminé apresurado hasta la Iglesia.
Sólo escuché el estallido. Me abroché las cintas de mis zapatos, oré el Padre Nuestro y emprendí en medio del ruido de las sirenas de ambulancia el camino de regreso a casa.

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