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miércoles, marzo 02, 2005

El siguiente texto apareció entre mis archivos. Se trata de un diálogo (enfermo, por supuesto) entre la escritora Dolores Dorantes y un servidor. Fue redactado mientas trabajabamos juntos en un periódico de Sonora durante el verano ardiente del 2003. A ver si les gusta, si no, aquí está de todas maneras:


D.D.: Somos el espectáculo. Ver cómo pienso. Todos quieren ver cómo pienso. Y no es que no pueda despojarme de mi ego para escribir esto, no es que sea yo en todo lo que giro. Todos quieren ver cómo pienso significa que cada persona que se para enfrente quiere saber qué tienes adentro de la cabeza.

A.F.: Somos un espectáculo, la puerta que está al fondo, la luz metiéndose a través de (...), la vela un silencio, luego el piano, el cuchillo ahí, las manos, un do, re sostenido, la verticalidad del techo, sin color, un niño a la orilla de una lago, la arena.

D.D. Y el amarillo, como sol (creo)
Pero brillante, verano (claro), bronce
esto es una tragedia. Las subidas, cañadas
La noche tiene las luces muy arriba
coronadas.

A.F.: Desconectados, así vivimos el círculo de ir y venir, de estar a la hora equivocada, el lugar exacto, una gota de agua que cae al abismo de la alfombra, tu seña oculta, bajo las sábanas una corriente de viento, la imagen, esa extraña forma de ver como esquiva la oruga el pantano, el lodo, una machoa de años, y ese bronce, un claro entre las letras, una cañada.

D.D.: Una maquinita
Un jueguito con el aroma dulce de los diminutivos
¿Grano es lo mismo que semilla?
Belleza

A.F.: Lo secundario es lo primero, todas las cosas que dejaste, ocultas, pintadas con apuro, detrás de esas ventanas, una calle de vidrio en primavera, una cortina que está ahí sin ninguna razón.

D.D.: El espectáculo sólo nos queda por la noche. Una página en blanco flota y brilla enfrente de nosotros en la noche.
La redacción. La lotería.

A.F.: Ese número con el que jugaste toda una vida, ese cuarto, ese libro, cada época dispersa sobre azul de una revista, una pluma en el desfiladero, toma sus alas, se arroja, piedra, alfiler hacia el río, ese canto que escuchaste en el vientre, una voz, El Diablo apostado en la orilla de la coma. Punto final.

D.D.: No se vale nombrar. Loida, Dinora. Los hombres no tienen nombre.

A.F.: Oriana no tiene nombre. Sílabas derrotadas por la fluctuación del peso frente al dólar, una noticia cualquiera en el cenicero de un periódico. Nada que escribir.

D.D.: Un amigo me dijo que lo llamaban los objetos. Entonces te vi. Con una parte blanca y amarilla. Una para roja. Tuve que llevarte.
(Lo decía por El Diablo)

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