miércoles, marzo 02, 2005

Cartridge

XI


Antonio Flores Schroeder
Era la brisa de silbidos las menos diez de la noche. Intentaba distraerme, aprovechar las horas, salir del fuego al cuarto y después recorrer las calles. Miles de anuncios. Pero no pude siquiera seguir mis pasos en el pasillo más limpio del edificio.
Al principio me atrapó la confusión, el descrédito de una escena que tal vez por ser tan real me pareció una mentira. Ahí estaba acostada, junto a una caja de zapatos. El sollozo.
Permanecí callado. Creí en el silencio más que en las palabras (¿alguna vez fue diferente?). Muy cerca de ella una decena de gatos contemplaba el lamento de la viejita. Al paso de los detestables segundos rompí cualquier lazo con el futuro, pero ella prefirió mantenerse en el pasado.
Diez parpadeos y se levantó con la caja de zapatos. Caminó por el pasillo unos metros hasta llegar a una ventana. Habrá que tirar este cadáver. Corrió la cortina y lo acarició. Es bella la noche.
Daba la impresión de que Enna no se había percatado de mi presencia. No estaba ahí. Quizá no era ella. Tal vez caminó de vuelta a su apartamento.
Abajo las aves de la oscuridad se había reunido en torno a su alimento. Las estrellas brillaban.
Lejos, varias cuadras, se aproximaba una banda de músicos. Entonaban “La Cucaracha”. Desde esa ventana, sus sombras empujadas, las luces que habían dejado atrás. El callejón que cortaba el camino hacia la gasolinera Lindbergh fue un misterio hasta que dieron vuelta para pasar junto al gato y las aves. Seguir la marcha.
Esa música la escuché toda la noche. Me levanté como a las cuatro para apagar el modular. Hacía mucho calor.

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