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martes, febrero 22, 2005

Los años de la pelota



Antonio Flores Schroeder
Desde niño me gustó el futból. Jugaba con amigos el parque hasta que el sol desapareciera tras el cerro bola. Eran días en que los partidos se prolongaban hasta la oscuridad. Y entonces como si tratara de un juego de beisból, los resultados finales de vez en vez eran veinte contra diecinueve anotaciones.
Eran horas en las que uno podía perder la conciencia por salir avante.
Los jugadores de ese ayer éramos amigos hasta el alma. Uno de ellos se llama Jesús “El Quesillo” Soto. Un cazador de goles. Si le pasaban la pelota en la media cancha y si se trataba de una descolgada se cantaba anticipadamente el gol. Era una liebre. Entonces como yo me desempeñaba como centro o extremo, nos decían “la mancuerna perfecta”.
Otro de los jugadores era “El Alex”. Un niño que se jugaba la vida en cada partido y que a mi me daba miedo cuando el chamacón se barría como una aplanadora contra mis agrietados tobillos.
Un día durante la fiebre del futból en Ciudad Juárez, cuando las Cobras arribaron a la Primera División, decidimos formar un equipo que se llamó Cobras de San Lorenzo. El entrenador era nada más y nada menos que Jesús Galván “El Guayú”, el único jugador de las Cobras nativo de esta frontera. Era tío de “Victorito”, un niño todavía más niño que nosotros y el que -sin exagerar- parecía jugar como el ahora tristemente cocainómano Diego Armando Maradona.
Invitamos a unos niños del Fovisste en donde había de todo, desde delanteros, medios y defensas. Luego conocí en la Federal Uno a un portero de ensueño, hijo del profesor de educación Física de esa secundaria, y que por cierto, usaba un parche en alguno de sus ojos por haberlo perdido en su juventud. El salvametas se llama Adrían Castillo y cuando lo invité a ‘porterear’ lo vimos volar y tapar cualquier intento de la pelota por surfear las redes.
Jugábamos los sábados por las mañana en el Tecnológico de Juárez y casi siempre éramos un tsunami que arrasaba con el rival.
Mi único gol, porque ahí jugaba como defensa, fue en un tiro de esquina. Uno de nuestros delanteros la cabeceó y fue a dar hasta donde estaba yo parado muy cerca de la portería. La metí con la cabeza. Golazo. Lo festejé como si fuera el último día de clases.
Alrededor de esa fecha, cuando estaba en la secundaria, en primer año, me convertí en la estrella de los torneos intramuros. Llegamos hasta la final contra el “Grupo B”, y un partido antes, en la semifinal, quedó una pelota suelta en el área grande que la metí de media chilena. Ni yo lo creí. Las adolescentes aplaudieron tanto que casi experimento una eyaculación frente a las jovencitas.
Una semana después fue la final contra el referido equipo que vestía de azul -así como los panistas- y nos ganaron 3-2.
Durante el partido salimos expulsados el capitán del equipo, que era Rodolfo “El Fito” Machado (ahora músico profesional) y yo. Fue terrible. Salimos de la cancha llorando después de recordarle la madre al arbitro, por cierto se trataba de “El Palomo”. Eso nos costó que nos expulsaran de la secundaria y perdiéramos el año escolar.
Por supuesto que también había partidos de “banca a banca” que consistían en un juego sumamente agobiante, pues era uno contra uno y los goles se metían en las diminutas porterías que se formaban bajo las bancas del parque. La extensión dependía de las “retas”. Si esperaran tres o cuatro generalmante era a los tres goles. Sin embargo, a veces el Diablo nos aconsejaba jugar hasta los diez goles porque no había más “retas”. Cansadísimo. En una ocasión otro de mis amigos “El lonches” jugamos desde las tres de la tarde. Al principio el sol. Luego los minutos las nubes y la lluvia. Volvió a salir el sol y llovió otra vez. El partido duró cuatro horas. De verdad.
Años después fui a dar a las fuerzas básicas de las Cobras, ya en la última temporada en Primera División de éstas. De no haber sido porque dejaron caer al equipo, posiblemente un día hubiese debutado aunque fuera en las reservas.
Ahora con los años perdí el contacto con varios de esos amigos. De “El Quesillo” no sé que pasó. Lo último que supe fue que era un cantante de un grupo de música popular de Televisión Azteca y creo que hasta le anda entrando a la onda teatrera. Vive en el Distrito Federal. De “El Alex” tampoco sé que fue de él. Estudió psicología en UTEP y trabaja -creo- como asistente social en el gobierno gabacho.
Ahora lo único que me mantiene atado al futból es la televisión y -por supuesto- la cerveza. También una que otra vez, una patada a un balón en las porterías del Tecnológico, cuando nos echamos una cascarita mi hermano y yo. Sólo eso.

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