martes, enero 11, 2005

El lugar

I

Antonio Flores Schroeder
-Desde hace tiempo –dijo Joel Sánchez a su compañero de celda-, perdí la cuenta de los años.
Era la mañana de Ciudad Juárez. Acababan de desayunar huevo con frijoles en el comedor. Afuera llovía el verano de agosto.
-Ha de ser gacho pasar toda una vida aquí –respondió “El Gato” Zubiate desde la cama de arriba. Luego mientras buscaba unos cerillos en la bolsa de su camisa, añadió-: Pero, ¿la neta que no tienes a nadie allá afuera?
-Cuando tenía 35 años decidí jugarme todo para dejar la miseria –recordó Sánchez- y mi mamá tenía 65. Por las pinches presiones que le ocasioné la mandé al hoyo hace como cinco años.
-Está cabrón correr esa pinche suerte –replicó “El Gato” con su acento defeño.
-Le disparé al policía porque creí que él lo haría primero.
-Pero se siente chido cuando se dispara, ¿ó no?
-Con el policía que fue el primero en caer, sentí miedo... y alivio a la vez.
-A huevo –soltó una breve risa Zubiate-, pensabas que la ibas armar.
-Te apuesto a que ni sentiste miedo, ¿verdad?
-La verdad no. Sólo me acuerdo de la pistola que retumbaba en mi mano derecha.
-¿Cuántos plomazos le diste al otro poli?
-Fueron cuatro. Me acuerdo muy bien de su pinche cara. Después de el primer cuetazo que le puse en el pecho, el cabrón me vio a los ojos y ahí sentí medio raro. Pero después de los otros balazos –prosiguió Joel que se frotó las manos-, fue como si se hubiera acelerado la acción.
-Eso es lo chingón, la adrenalina. ¡Eres un asesino! –se burló “El Gato” Zubiate.
-En el momento en el que el segundo policía cayó al suelo –evocó Joel- pareciera como si me hubieran quitado de las orejas un tapón, porque luego luego escuché los gritos de la gente y de mis amigos que me apuraban para escapar.
-¿Y cuánto duró el asalto? –preguntó Zubiate que se sentó en el filo de la cama.
Joel empezó a sudar. Cada vez que recordaba la razón por la que purgaba 40 años en la prisión sentía en su estómago un galopar de caballos. Su conciencia.
-Como tres minutos.
-No supieron hacerla, la neta que no carnal, no supieron ni madres.
-Nos salió todo mal –dijo Joel mientas veía cómo se movían las piernas de su compañero que colgaban de la cama de arriba. Yo no quise convertirme en asesino, aunque no me creas.
-Bueno -advirtió Zubiate- eso no importa ni madres ya, el pedo es, ¿qué chingada madre vas hacer allá afuera sin nadie?
-Eso es lo de menos. Empezaré de nuevo.
-Yo que tu –opinó “El Gato”-, si yo hubiera sido doctorcito como tu, ni le busco ruido al chicharrón en un puto asalto a un banco, la neta que no.
-Pues sí, pero eso ya pasó, ahora, como dicen, sólo me queda la de aguantar. Ni modo.
-Aquí tengo una chicha pa’ olvidar –dijo Zubiate después de saltar de la cama de cemento para continuar la ilusoria búsqueda de unos cerillos que había dejado a un lado de la pequeña estufa.
Joel también se levantó. “El Gato” le mostró los restos del diminuto cigarro de mariguana que había comprado la noche anterior a un custodio. Y lo encendió. Sólo eran dos fumadas para cada uno. No había más.
-Pásenlo pinches putos –gritó desde la celda continua “El Chalán”, tras oler el aroma que volaba a través del espeso humo hacia el pasillo “C-2”.
Joel y “El Gato” sonrieron cuando el primero le contestó que ya no había más, antes de quemarse las yemas de sus dedos. Se escucharon chiflidos y más gritos. Pero ahí no pasaba nada. A veces cuando varios prisioneros se juntaban para quemarle al tiempo las horas llegaba uno que otro custodio. Y con ellos deliraba.
-A ver que chingados hago después de que salga de aquí –comentó Joel a Zubiate que ya empezaba a sentir sobre sus párpados, el efecto hipnótico de la mariguana.
-Pues como quiera todavía falta mucho tiempo.
-Pero como dicen, el tiempo se va volando –aseguró “el Gato”.
-Nel, faltan un chingo de noches –impugnó Joel.
Ambos experimentaron casi al mismo tiempo la pesadez del cuerpo. Y retrocedieron el camino como si fueran atraídos por las invisibles huellas que dejaron sobre el suelo, después de haber brincado desde sus respectivas camas a fumarse el tiempo que les quedaba.
Ya no estaban ahí. Se habían ido lejos.


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