jueves, enero 13, 2005

El Labrador


Antonio Flores Schroeder
José Barrientos quería curarse la cruda. Esperó en el sillón que tenía afuera de su casa a que dieran las once aeme para que abrieran la cantina del pueblo.
Durante los últimos meses sus visiones eran cada vez más comunes, igual que el ruido de los autobuses que, pasado un tiempo frente a los negocios donde los lugareños vendían quesadillas y burritos, luego partían con rumbo a otros desiertos.
Frente a sus ojos marchitos el paisaje era el de siempre: mujeres junto a sus hijos de regreso a los hogares con sus pesados baldes llenos de agua.
Una vez la hora del bar, emprendió su acostumbrada caminata a lo largo de (supongamos) siete cuadras cerca de la carretera que parte en dos a Villa Ahumada. El destino sucumbía ante el tugurio. Ahí se jugaría en una partida de billar el sueldo de toda una semana.
Para apurar sus pasos dió dos sorbos de alcohol a una esponja seca que era la botella de tequila que había comprado la noche anterior.
La música, la obscuridad, -los focos sin neón-, se perdían en la arena contigua a los terrenos que daban a la autopista federal mientras José se acercaba a El Labrador, una vieja cantina de esa tierra en páramo.
Desde afuera se escuchaba (como cada viernes) la música de un guitarrista popular que ensayaba su repertorio para esa noche. Empujó cuidadosamente sus manos astilladas la puerta estilo viejo oeste. Y entró.
El olor a tabaco y perfume de mujer (el incendio del lugar) aguardaban lujuria la mirada de José.
Al amparo de un enorme cactus de piedra situado en el centro de la cantina, justo a unos pasos de la mesa de billar, lo inimaginable. Hombres y mujeres sostenidos sobre sus manos parecían divertirse en el lugar. Pobre José, la imagen era –no quiero imaginármelo- infernal.
Barrientos, el carpintero alegre y parrandero, se quedó casi sin palabras, sólo un “no mames” pudo apenas salir sin fuerza de su seca boca.
-¿Se le ocurre algo? –le dijo de pronto una mujer de voz esdrújula.
Era una mesera que había surguido en los albores de la borrachera. Apenas pudo oirla. La música desafinada que salía del solitario guitarrista acompañado de un teclado electrónico, disminuían las frases que iniciaban su dispersión.
José giró a la derecha y pudo ver las piernas tobillos zapatos de la mujer que sin mucho apuro sostenía su cuerpo esbelto sobre sus manos.
-¿Se le ocurre algo? –repitió la mesera.
No creía lo que sus ojos veían alrededor de la barra, elaborada con tablones apoyados sobre tres tambos negros de doscientos litros. Los borrachos caminaban de un extremo a otro de la cantina parados sobre sus manos.
José Barrientos tenía veinte años de acudir regularmente a El Labrador. Jamás le tocó ver algo similar. Estaba sorprendido. Se llevaba vez tras vez su mano derecha a la frente para quitarse el sudor que le escurría desde el cuero cabelludo.
Lo que sucedía era visto por José con una mezcla de cautela y desesperación. No tuvo otra opción que ordenar al cantinero una cerveza.
Después de un buen rato en que el músico ya había repetido siete veces su repertorio, Barrientos se quitó los lentes de aumento y los metió con cuidado en la bolsa de su camisa.
-¿Se le ocurre algo? -la voz de la mujer rebotaba otra vez las cuatro paredes de la cantina. Era un eco, un delirio, la agonía que por momentos sucumbía al éxtasis en re menor que interpretaba el ranchero.
El carpintero evadía las preguntas de la mesera. Disminuido, recorría los parajes más remotos que escondía en su ser: el deseo de volver matar a alguien, la infidelidad que le perseguía desde años, el grito de guerra que profirió a su esposa antes de matarla y echarle la culpa del asesinato a su compadre.
Pero se repuso y caminó hasta la barra para sentarse. Intentó pedir otro trago al cantinero que se ocupaba en tratar de mantener el equilibrio y reía y preguntaba:
-¿Se le ocurre algo?
Se volvía a reír y preguntaba otra vez:
-¿Se le ocurre algo?
-¡Déjeme de preguntar pendejadas y sírvame una cerveza por favor! -gritó visiblemente molesto Barrientos.
Como pudo el cantinero se acercó para replantear la pregunta intentando mantener el equilibrio ante la mirada descompuesta de José.
-¿Se le ocurre algo?-.
-¿Qué le sucede compa... qué se le ocurre a usted para que me explique todas estas pendejadas? -preguntó desconcertado José.
Quiso abandonar la cantina pero no pudo. Las puertas estaban cerradas con candado.
El cantinero lo veía desde el suelo. Barrientos estaba recargado sobre los tablones y quería llorar. No podía contener la ola de temblores que se extendía en su cuerpo.
Al paso de los minutos regresó el somnífero interrogatorio del cantinero:
-¿Se le ocurre algo?
Tras los minutos el ruido del alcohol en su cabeza cayó inconsiente sobre la barra. Se quedó dormido. El guitarrista seguía interpretando una música que combinaba lo ranchero con el rock, las cumbias con el jazz.
Durante el sueño recordó momentos de su infancia. Las veces del juego de futbol cerca de las vias del tren; las secuelas de una película en blanco y negro que fue a presentar a la plaza un señor de la capital del estado, y que nadie pudo entender; la tarde en que se extravió en el monte con su hermana por andar cazando conejos a resorterazos.
Imágenes que había perdido durante los laberínticos años de la infancia, ahora aparecían en los vestíbulos de su mente cada vez más enferma.
Transcurrió la noche y la madrugada en el bar. Se despertaron junto a él los fatídicos dolores de cabeza. La cantina olía a limón podrido.
Apenas abrió sus ojos buscó un cigarro en la bolsa de su camisa. No lo encontró. Sólo pudo dar con sus lentes y una servilleta en donde habían pintado con lápiz labial, la pregunta que le habían hecho la mesera y el cantinero las horas de otro día.
En el fondo del bar pudo ver a una mujer que barría presurosa los restos de la fiesta. La dama le miró con ojos de lástima y vergüenza ajena. Hizo una mueca con la cara y un movimiento con los hombros para expresar que nada sabía de lo ocurrido ahí.
-¿Y el dueño? Yo conozo al dueño, al señor... ¿cómo se llama?... ah sí... a don Hilario, ¿dónde está? –le preguntó José.
Ella señaló con la mano izquierda, mientras detenía la escoba con la mano derecha, hacia la puerta de salida para indicar que Hilario podía encontrarse afuera.
Barrientos caminó lento hacia la puerta. El polvo y la arena empujaban otros polvos y otros mares de arena. No había nada allá afuera. Nada.
De pronto la mujer que instantes antes barría la cantina salió cargando bajo sus brazos una piña.
-¡Oiga!, escúcheme... no puede dejarme aquí -gritó Barrientos asustado.
Cuando la mujer llevaba avanzados unos metros y comenzaba a desaparecer entre las tolvaneras, José se levantó y corrió el camino irregular. Al cabo de unos minutos pudo alcanzarla.
A tres pasos de su espalda le preguntó:
-¿Dígame qué está pasando por favor? –suplicó a gritos-, ¿qué no escucha lo que le digo?
“El Carpi”, como le decían en Villa Ahumada, jaló a la mujer del hombro derecho para obligarla a voltear. Jamás imaginó lo que sus ojos verían. Era su mujer. La que había asesinado años atrás. Tenía la cara destrozada.
La terrorífica imagen provocó que Barrientos corriera en sentido opuesto a donde iba la mujer. Marchó las horas hasta caer preso del cansancio y la sed y fue a parar a las faldas de un cerro situado a 20 kilómetros de Villa Ahumada.
Las horas pasaron. José conoció a la muerte. Era un sembradío de maiz desde donde las hojas secas de los árboles le hablaban.
Lo que lo salvó, dicen en Villa Ahumada, fue que entre esos fantasmas se encontraba un agricultor que pudo ver la vida postrada encima de José. Lo cargó para llevarlo hasta la casa de un doctor.
Barrientos atinaba a ver (entre sombras) a las mujeres con sus hijos de regreso a casa. Cruces rojas y varias personas que se le acercaban como hojas secas de arbol
Muchos no le creen la historia que contaría una y otra vez.
Esa mañana en que lo atendía el médico, una enfermera después de haberle suministrado suero, le ofreció un trozo de piña que partía con un cuchillo que la mujer había sacado de entre su ropa.
-¿Se le ocurre algo? –le preguntó la enfermera antes de darle el pedazo de piña en sus manos. José simuló no haber escuchado lo que decía y cerró sus ojos.
La historia me la contó el propio José mientras me preparaba una quesadilla. Esa vez, casi me deja el camión.


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