miércoles, enero 19, 2005

Cartridge


X

Antonio Flores Schroeder
De vez en vez Rosario me pedía que le contara historias. Y yo sacaba de entre otros cuentos lo que platicaba mi padre durante mi infancia. La mayoría de sus anécdotas sucedían en la capital de Chihuahua.
Una de las momorias que me gustaba compartir con ella, era cuando algunas madrugadas tocaban la ventana de la recámara de mi abuelo.
-Hey Gringo, está a punto de reventarse la presa –le gritaban cuando la lluvia arreciaba.
El abuelo no vacilaba en exagerar. Más de una decena de veces despertó a mi abuela, a mi padre y a mis tíos y los vistió para sacarlos de la casa en medio de las desérticas tormentas de los años cincuenta.
-Vámonos –apuraba a toda la familia bajo la compacencia de la abuela de ojos verdes.
Luego de algunos minutos se volvía a repetir la historia. Iban como marabuntas hasta la Avenida Juárez y Pacheco, en donde el abuelo, aseguraba no los alcanzaría la corriente del río Chuviscar.
-Aunque se desboradaran todas las presas del mundo, el agua no llegaría hasta donde nos llevaba –decía mi padre, ante la carcajada inminente de los oyentes que rodeábamos la mesa ovalada de la cocina.
Otra de esas absurdas situaciones era la de los incendios. A mediados de la década de 1950, cuentan los hijos de “El Gringo”, los grandes percances a causa del fuego no eran comunes. La madedería Arguelles, ubicada en la calle 25 y Ramírez, fue víctima durante varios años de este tipo de siniestros, ocasionando que se convirtiera el lugar en una especia de mito.
Sus propietarios eran los integrantes de la familia Flores. Era un negocio redondo. La tenían asegurada, se supo después.
El espectáculo era el fuego. Como una película surealista se aglomeraban familias enteras para contemplar la catástrofe. Algunas llevaban sillas, otras, bebidas de sabor que repartían entre los demás asistentes que llegaban de otras partes de la población.
-Andale vieja prepárate la limonada –solían decir algunos cínicos antes de partir a la construcción que se incineraba.
A estas alturas de fechario no puedo imaginarme a la gente de la capital chihuahuense, apurándose para llegar lo más pronto posible al incendio. Una de esas personas que llegaba primero era “El Gringo” y “Los cabezones”. El traslado de la familia, se realizaba a bordo de un Chevrolet de cuatro puertas, modelo 1949.
Rosario aguardaba sigiloza a que terminara de contar las gestas familiares. Algunas de ellas lo bastante curioso como para formar parte de un libro de sucesos increibles.
Mi abuelo, un día sin mediar contemplaciones, cambió su Chevrolet por uno de dos puertas. La razón era sencilla. No le gustaba que sus hijos abrieran y cerraran las puertas cuando “El Gringo” circulaba por los alrededores de Chihuahua, no necesariamente con rumbo a un siniestro.
-¿Tienes una historia que no me hayas contado antes? –cuestionó Rosario una tarde mientras tomábamos café en su apartamento y su bebé nos veía detenidamente.
-Tengo muchas historias.
-Andale pues, cuentame otra –subrayó la mujer guatemalteca.
-Tengo una, mira la de... ¿ya te conté la de las obsesiones?
-¿Cuáles?
-La de las mediciones de estatura.
-A ver –sonrío Rosario.
-Cuando se juntaba mi papá con alguno de sus hermanos en la mesa de la cocina –dije- se acordaban de cómo obsesivamente una tía de ellos los medía cada determinada fecha.
-En verdad que eran raros –interrumpió Rosario.
-Entonces –proseguí- juntaban a mi papás y sus hermanos. También iban los primos. Y hacían de eso todo un espectáculo en el cual inclusive, se preparaba una cena. Después de que ese extraño ritual, era de esperarse, había un incontable números de marcas con tinta sobre la madera.
-¿No me estás contando mentiras?
-No. Eso cuentan mis tíos. De verdad –señalé-, mi papá me ha contado que en el marco de la puerta donde los medían había como veinte nombres, entre los de toda la familia.
Ese día Pedro volvía arrastrar la cruz de madera por el pasillo de ventanas rotas. A diferencia de esos primeros días, antes de que lo descubriera un operativo de migración, el arrastre de la cruz era más temprano.
Apenas eran las ocho de la noche. Mi café se enfrió. Pedro alquiló otra vez el apartamento 26.



No hay comentarios.: