martes, enero 11, 2005

Cartridge



Antonio Flores Schroeder
Ha oscurecido. Puedo sentir cómo se apagan los pasos de los inquilinos. Este es un silencio que no conocía. Es como si la voluntad de esta ciudad decidiera no volver a emerger. Enciendo la luz de la cocina y el aire que entra por la ventana de la sala huele a madera quemada.
Algo me dice que ellos se afanan a sus lugares. Las puertas no se escuchan. Pero ellos repercuten los rincones. Los sillones invisibles deben de estar ocupados. A la luz del farol de la escalera de emergencia pegada a la pared exterior, la lluvia cae y las gotas como parte de un ser total, se dicen unas a otras palabras que sólo ellas entienden.
Abrí la puerta y caminé. El pasillo está cubierto de polvo. Puedo ver las puertas de los apartamentos abiertas de par en par. Las pequeñas piedras parecen susurar cada vez que logran su cometido en las plantas de mis pies descalzos.
Ha vuelto a oscurecer. Alguien apagó la luz en la cocina. Y decidí escribir la historia.
Los dos años que viví en el apartamento del último piso del edificio Cartridge, en Nueva York, conocí algunas personas que escribieron con sol y frío la novela que iniciaba como algún otro texto, con un nombre, letras mayúsculas.
Uno de esos personajes era Pedro, el indocumentado que vivía detrás de la puerta de donde colgaba el número 26. No sé exactamente de que país provenía, pero por las veces que escuché su acento subir y bajar las escaleras, podríamos imaginarnos que era mexicano, del sur, quizá de Chiapas.
Tenía unos 50 años. Muy pocas veces le pude ver los ojos. Bajo su pañoleta amarilla con tonos fuertes en azul, a veces sólo negra, traía puestos casi siempre sus lentes oscuros.
Por las mañanas era el primero que se despertaba, luego algunos segundos el dolor de cabeza las mentadas de madre los inquilinos. No le importaba subir el volúmen de su estéreo a las seis y media. Varias veces escuché averías en sus bocinas y apenas transcurrían tres o cuatro días, instalaba en su aparato electrónico nuevas
bocinas. Y así era.
En una ocasión bajé al primer piso donde se encontraban las lavadoras y las secadoras que me costaban veinticinco centavos de dólar. Ahí se sentó a un lado de donde yo leía The New York Times. Su respiración era agitada y de reojo me di cuenta que andaba como desesperado, como si le preocupara algo.
Después de haber estado junto al ruido de las maquinas por veinte minutos, soltó la voz:
-¿Me presta el pápiro del deportes brother? -preguntó Pedro-. Y se levantó de su lugar con sus botines negros salpicados de tierra. Sonaban sobre la alfombra oscura como serpientes deslizándose en yerba seca.
-Sí, claro –atiné a murmurar. (Me llamo Carlos Almeida, no brother) pensé.
No habló más, sólo para decir thank you mientras acomodó la sección deportiva encima de una de las lavadoras en donde yo había dejado el resto del periódico.
Los viernes cuando regresaba de la biblioteca lo veía sentado en el filo del techo del edificio. Sus piernas colgaban, parecía columpiarlas como un par de fideos ausentes en la sopa de sus hijos a miles de kilómetros de distancia.
Las primeras noches que pasé en ese apartamento oí algunos extraños ruidos que me asustaron un poco, pero nunca me atreví salir al pasillo de ventanas rotas para averiguar qué era lo que ocurría.
Un día pregunté a Carmen, una señora gorda y malolienta que también era mi vecina, qué eran esos ruidos. Me explicó (como si fuera tan normal) que él acostumbraba, antes de dormir, arrastrar en el pasillo una cruz de madera.
-Que Pedro no le asuste jovenazo –dijo-, al principio a mi sí me asustaba pero uno tiene que ir aclimatándose a ese tipo de cosas.
-Pues sí, es raro el tipo –contesté.
-Es una costumbre que tiene –verborreó la mujer.
-¿Y usted no sabe en qué trabaja o qué hace?, quizá es un actor –bromié.
-No, ese viejo está loco –Carmen no entendió la mofa-. Con decirle que ni sé donde trabaja ni qué hace y luego no tiene ni papeles.
Esa mujer hablaba así de Pedro a base de chismes. Además ella sabía perfectamente que ese hombre no era el único en el edificio que carecía de documentos para poder vivir (ó trabajar) en Estados Unidos.
Después me comentó que un joven a quien le planchaba la ropa le había platicado que Pedro vendía droga en la high school cercana a la gasolinera.
-Pero ni le pregunte, no lo vaya a matar –advirtió con su voz ronca mientras barría el pasillo.
Durante algunas noches el arrastre de la cruz me incomodó al grado de no poder bifurcar el sueño. No fue hasta un mes que los ruidos de Pedro y su cruz se convirtieron en el pan nuestro de cada día, a la (más o menos) media noche.
Mientras pasaban los días en el barrio Campell yo leía otra vez libros como de autores latinoamericanos que no conocía, y algunos artículos de Octavio Paz que escribió
en uno de esos suplementos culturales que, escondidos de los lectores, sobreviven las horas más amarillas de la biblioteca.
Repasaba también noticias lejanas de la guerrilla de Oaxaca y de otros estados de mi país al que tenía seis meses sin visitar.
Aun vago las noches que dormía con la lámpara encendida y un libro de páginas abiertas como una mujer con sus piernas apagadas sobre mi pecho.
Un día que no trabajé por una enfermedad que posiblemente la inventé cuando Rosario entre despierta y dormida me imploraba hacer el amor por cuarta ocasión, escuché gritos en el pasillo.
Cuando abrí la puerta supe que era un operativo de migración. Los hijos de puta lo subieron a una camioneta con dirección (otra vez) a los infiernos del sur.
Ni siquiera le dieron oportunidad de llevarse sus pertenencias.
Los encargados del edificio una tarde después del té, tocaron tres veces la puerta de madera donde vivía Pedro. Carmen, la mujer carnosa y olvidada, salió de su guarida y les dijo como si se fuera desnudando de ese temor que sentía por el pobre Pedro, que se lo había llevado migración los días de ayer.
A la mañana siguiente las pocas cosas que él poseía las encontré en el techo cuando pretendía en vano fumar un cigarro. Había dejado olvidado el encendedor en la cocina.



II

A los quince días de vivir en Cartridge, después de mi divorcio en marzo del noventa y nueve, una vecina regaló luz a una niña. Su bebé debía tener apenas unos días de haber llegado a este mundo. Recuerdo escuchar sus llantos escalar la pared desde el piso quinto hasta reptar el mármol sucio y quebrado del último nivel del edificio.
Compartí con Rosario, la joven madre soltera, preocupaciones y desvelos sobre mi escritorio. Escribí sobre sus muslos versos en rima y cuentos que olvidaba como migajas en el apartamento.
En esas primeras horas de estancia en la gran manzana salía a caminar de noche al amparo de las calles fotografiadas en blanco y negro. Me gustaba reinventar las impresiones de la gente que deambula con letreros colgados en el pecho.
En uno de esos paseos con rumbo indefinido conocí a Rosario. Era junio la noche y el calor a medias era difícil de soportar sin un aparato de refrigeración.
Era guatemalteca. Estaba sentada en el minimalista parque donde los niños jugaban todos los deportes en unos cuantos metros cuadrados la madrugada.
Le pregunté cuánto tiempo tenía su bebé. Siete semanas, respondió. Hablamos sobre lo caro que era vivir en esa urbe. Ella trabajaba en el pequeño puesto comercial en la gasolinera de la calle Lindbergh, a unas cuantas cuadras de donde vivíamos.
También habló de su pasado. No sé porqué le inspiré tanta confianza. Tal vez porque necesitaba descargar su tensión. Luego de algunos minutos pareció detonar:
-Me escapé de mi esposo porque me golpeaba. Me daba en el alma como si yo fuera la culpable de su miseria –dijo de golpe.
Rosario había dejado en Guatemala a su otra hija de ocho años con su hermana.
-Me vine a Nueva York con la esperanza de soñar y olvidar –prosiguió la mujer limpiándose las lágrimas que apenas salían de sus ojos-, por eso le mando dinero cada semana para cuando yo regrese a mi tierra las cosas sean mejores.
La mujer había llegado una semana antes que yo al edificio. Arribó a Nueva York acompañada de una pareja a la que conocía desde su infancia. Vivían cerca Cartridge.
La dejé que hablara de sus tormentas y alegrías que después repetiría en nuestras pláticas como si nunca se acordara de la primer vez que relató esa parte de su vida.
-Mi hija está bien y está estudiando, eso es lo bueno. Mi hermana Sandra la cuida bien. Ella es más fuerte que yo. La vida la hizo fuerte. Su esposo Vicente tomaba mucho antes y le ponía los ojitos morados.
-¿Y tu hija está cerca de él? –interrumpí.
-Sí, pero el Vicente ya no es igual –dijo con cierta desemboltura. Dirigió la mirada a su bebé y tras tomar un poco de aire, prosiguió-: El ya casi no toma y ella como es grandota y gordita, lo pone parejito cuando se pone tonto. Seguido le hablo a mi hija para ver cómo está y como va en su escuela.
Ese día nos fuimos a dormir como a las dos.
Al amanecer recogí la ceniza del tiempo pacientemente acumulado en la alfombra y antes de ir a la biblioteca fui al lugar donde trabajaba mi vecina para ver qué podía comprar para comer.
En el camino se cruzaron en mi paso unas prostitutas disfrazadas de estudiantes (a las que a menudo (des)encontraba a toda hora ofreciendo sus servicios a precios cada vez más razonables). Ese tipo de cosas me sucedieron los días en los que sólo pensaba en cómo atraer la pasión de Rosario.
Y ahí estaba trabajando. Era cajera y traía puesto un saco rojo. La saludé y sonrió entre el aroma de los hot-dogs y mis lentos destellos de reflexión ausente. Después de caminar los mozaicos creí al final haber comprado una sopa instántanea y unas papas fritas.
De regreso, al subir las escaleras, encontré por enésima vez a la señora Enna, la del apartamento10, exesposa de un famoso psiquiatra canadiense. A ella le apasionaba mantener limpias las escaleras. Apenas los inquilinos y sus visitas subían o bajaban los escalones, ella regaba frente a su puerta detergente y cepillaba el suelo, el cual por supuesto, era el más limpio de todo el edificio.
La autora de esa manía era salavadoreña y respiró la mayor parte de su vida en el apacible estado de Iowa.
Ahora vivía con unos gatos que aparentaban respetar la limpieza de la señora, pues saltaban resortes el piso (siempre) húmedo.
Rosario diría después que esos gatos eran igual de extraños que la viejita. Cuando alguno de nosotros caminaba por el pasillo frente a su apartamento, la idea era apresurarse para no ver la penosa imagen de la señora que parecía querer lustrar con sus trapos los tobillos de los demás fantasmas.
Subí corriendo los escalones. Era hora de ir a a trabajar a la biblioteca.

III

Eran las cinco aeme. No podía dormir. Entreabrí los ojos porque escuché ruidos en la sala y ahí la ví. Era Oriana.
-¿Cómo entraste? -pregunté todavía con la voz pastoza-.
El cuarto no había dejado de girar. Mis libros estaban por todas partes.
-Una mujer se las arregla de mil maneras para alcanzar al hombre que ama –contestó Oriana-, además ya me conoces como soy.
Su rostro pálido era iluminado por la luz de la noche y su cuerpo transparente dejaba ver su pasado, como las piedras de los años que guardaba en su bolsa.
-¿Qué estás haciendo ahí acostado? –Repuso enojada-. Ya sabes que todos los viernes vengo a molestarte?
Sus palabras me remitieron al viejo juego sexual. Llegaron a mi mente imágenes, días, tardes en los que se suele suceder entre sábanas sin más embriagarse que con las pláticas de una mujer.
Los golpes de otras madrugadas llegaron rápido: una luz en la alfombra y un pez que muere lento sobre la arena; fotografías como relámpagos que aún se conservan en mi armario.
-A esta hora ya no sé quién soy, ni por qué estoy otra vez aquí -dijo Oriana.
-¿Deberías de avisarme antes de venir? -recobré el tono de voz.
-No, para qué avisarte. Prefiero subir las escaleras para acompañarte hasta esa cama donde te derrumbas poco a poco, a veces sigues con tu sueño mientras yo sólo te veo.
No sé cómo, pero me enloquecía (ella lo sabe). Despertar de golpe y verla ahí recargada sobre el marco de la puerta del cuarto, era aterrador.
Me levanté como pude. Tomé un trago a la cerveza caliente que dejé a medias en el suelo antes de dormirme, ese sueño, este sueño.
-Estás más flaco que la última vez que vine -sentenció.
-No me gustan los cuartos a media luz, ¿qué le hiciste a la otra lámpara?.
Aparecí en el baño para lavarme la cara antes de que un temblor en las piernas me impidiera regresar a la cama.
Apagó su cigarro un fuego el agua del lavabo que se iba. Caminó hasta la ventana y miró los otros edificios que impedían ver la ciudad.
-¿Qué te parece si platicamos un poco sobre nuestra relación? -lanzó sus dardos palabras mientras se acomodaba las medias. Sonrió.
Intenté en vano abandonarla en otras ciudades, a pesar de que me inquietaba la idea de dejarla sola, divagar en esos lugares poblados por otras personas.
-Buscaré otro amor o en el peor de los casos te seguiré -amenazó.
Fui a la cocina para preparar un café. Ella se quedó cerca de la ventana. Esperaba el sol. Oriana intuía las palabras y sus destinos, lugares exactos. Y estaba inquieta por lo que dijo. Lo supe por la expresión de un rostro de arrepentimiento en busca de un sitio para evadirse de mi aflicción.
Caminó para aguardarme en el sillón de la sala. Ahí se perdió. La idea de que yo emigrara a otro apartamento la aterraba. Le llevé la taza con café para formar un círculo de vapor frente a su cara. Nunca me ha gustado su tristeza, sobre todo cuando se guardan las esperanzas de que de un momento a otro, aparezcan las caricias y el eterno trayecto desde su espalda hacia el sexo.
Apenas le dió el primer trago al café cambiaron sus facciones. Debió haber pensado lanzarme frases hirientes en inglés y español para exhibirme con los vecinos, pero ella también estaba esperanzada en rescatarme amor.
Después de la carrera de las manecillas oímos ladridos de perros. Después un mareo; la música del vecino que se acababa de despertar.
Quise acariciar las piernas de Oriana pero no pude. Ya no estaba en el apartamento. Dije casi en silencio, casi dormido, que todo estaba predestinado para volverla a encontrar. Tenía que decirle eso. Tenía que poner el café. Las sábanas estaban tibias. La música había iniciado.

IV

Oriana aparecía los viernes por la noche cuando estaba a punto de cerrar el cortinero de la ventana que daba a la calle, al comenzar la ciudad su metarmofosis entre luces intermitentes antes de disgregarse entre la arena y el barro de la noche.
Parecía venir desde algún lejano lugar después de oír su respiración acelerada subir por las escaleras del edificio hasta el sexto piso. Perdió la costumbre de caminar y comprar cerveza, arrancar las flores de cualquier patio frente a la banqueta donde solíamos escribir pequeños poemas o relatos increíbles, y leer el periódico “Le Monde” para impresionar a la gente y no entender más de dos palabras.
Eran días en que carecíamos de preocupaciones: trabajar, levantarse temprano, cumplir, pagar (sexo o alcohol) a las (digamos) once de la noche.
Cuando cerraba el cortinero era porque mi paranoia se incrementaba con la obscuridad y entonces tocaban a la puerta. Yo guardaba la esperanza en mi cartera de que podía ser el billetero de la lotería que vendía ilusiones a una cuadra junto a los puestos de revistas frente a la biblioteca, y que venía a avisarme de mi buena suerte y algo más.
-¿Quién? -preguntaba desde la ventana y con el cortinero cerrado.
-No sé. -Respondía Oriana.
Entonces yo caminaba hacia la puerta para ver qué buena nueva traía entre sus labios.
-¡Hola!- (yo esperaba que viniera fumando con esa sonrisa como ritual a la entrada de cada casa).
-¡Pásale!- (siempre le decía lo mismo. Como de costumbre esperaba que me ofreciera un cigarro, pero esta vez no lo hizo).
-¿Tienes una copa de vino? -Oriana llegaba como en un sueño que suele provocar un fuerte peso en la boca del estómago, como un andar de cabellos que golpeaba por debajo de mi piel.
Primero nos sentábamos a platicar y entonces empezábamos la función. Una, dos, tres, cinco, diez, quién sabe cuántas copas de vino. El mundo y sus imágenes en una gota de calor sobre el cristal de nuestros ojos. Guerras y amores clandestinos; su piel, rectángulo que se dislocaba ecuánime sobre la alfombra...
Doce aeme:
Oriana y yo no supimos si entonar el himno nacional o asomarnos desde la ventana y gritarle a la gente que el mundo cosmopolita nos repugnaba, y que extrañabamos aquella ciudad plagada de horas en blanco y negro y museos donde vimos varias veces “El perro andaluz”.
Aquellas tardes de sueños fueron enterradas por el clima extremoso en aquel rincón de mi país, en esa franja donde las balas emigran transfugas transfronteras. Al final, no hacíamos ninguna de las dos cosas, preferíamos escuchar a Beethoven o Mozart, o simplemente escondernos bajo las sábanas y jugar a que éramos niños desnudos. Adan y Eva.
Cuatro aeme:
Todo lo que pasa afuera es irrelevante; el ruido de la ciudad y su masa de contradicciones y sueños del sur interrumpidos, mujeres extraviadas en este enorme laberinto. Jugamos con un cigarro a hacer figuras de sombras sobre la pared mientras nos íbamos quedando dormidos.
Seis aeme:
Las nubes se quiebran como rompecabezas, se suicidan después del vaivén de emociones. Llueve. Mi padre corre bajo el aguacero detrás de mi, pensando que me detendrá cuando viene un camión a unos cuantos metros y a punto de atropellarme...
Diez aeme:
Despierto. La cocina y todo el depa está envuelto en aromas de cigarro y sexo y sueño, y entonces la música y la ceniza (su olor) se vuelven ropa o recuerdo, taquicardia.Encima de un brassier una cajita roja destruida por las pisadas de un fantasma encolerizado, es una cajetilla de Marlboro, los cigarrillos están partidos por la mitad, qué desgracia. Oriana vuelve aparecer quién sabe de dónde (ha de haber estado escondida en el horno o el closet).
-¿Tienes un cigarro?-Mi voz entrecortada por los restos de una prolongación de alcohol en mi cuerpo.-No -El “no” de Oriana es raquítico, pero cortante.
-Tu casa parece un jolgorio, cuánta perdición, ¿no te da vergüenza? -dijo.
-No.-Ah, des-ver-gon-za-do.
-Tu me ayudaste a hacer de esta casa lo que ahora es, y vienes a decirme que soy culpable, nunca has sido para ayudarme a recoger historias que hemos dispersado entre tantas noches -lanzé mis dardos. Palabras.
-Eso que dices es una mentira -Oriana volteó a ver su rostro pálido en el espejo del pasillo. Se acercó a el como si fuera a besarlo. Sonrió, voltea a verme y mirada diábolica, saca un cigarro de su camisa sucia de amaneceres. Yo jugaba a extingur los cerillos que aún quedan en la cajetilla.
-Te pedí un cigarro hace unos instantes.
Ella sólo sonríe mientras se sigue viendo en el espejo; juega a hacer imágenes con el humo al mismo tiempo que vuelvo a entrar a la primera etapa del sueño. Cuando despierto Oriana ya no está, pero queda algo de ella: su aroma en la mezcla de ceniza, delirio, vino. Estado alterado de conciencia con ciencia con aterradoras formas de ver la vida.
Horas más tarde, las luces intermitentes vuelven aparecer disgregándose entre la arena y el barro, el ruido de la ciudad nocturna desaparece sobre el asfalto del desierto mientras estoy a punto de cerrar el cortinero que da hacia la calle, entonces alguien toca la puerta; guardo la esperanza en mi cartera de que pueda ser el billetero de la lotería.
-¿Quién? -pregunto antes de abrir la puerta.

V

Nunca entendí porqué el joven de uno de los apartamentos del segundo piso intentaba volar un avión de control remoto en el techo del edificio.
Un domingo subí para liberar la vista cansada tras perseguir historias línea cada línea, y ahí estaba uno de los sujetos anglosajones que no le gustaba saludar a los demás inquilinos de Cartridge.
El echaba gasolina al aparato y yo pensaba todo en unos instantes.
El avión empezó a volar. Las tardes de fin de semana eran así de inesperadas.Y el avión daba vueltas alrededor del edificio. A veces tenía que leer a Baudelaire para recordar que las razones por las que había decidido saltar ciudades, algún mes, alguna noche, alguna guatemalteca, serían las mismas razones para regresar a casa y volver a encontrarme huyendo los minutos un graffiti en las calles de mi ciudad.
Y una explosión me despertaba. El avioncito se había destruído en una de las paredes de un almacén que no guardaba nada.
El joven ni siquiera me volteó a ver. Yo me quería reír y guardé el humo de la burla en mis pulmones para no explotar igual que el avioncito.
Esperaba a Rosario. Le quería leer algunas cosas como cada tarde cuando llegaba con todo y los llantos de su bebé.
En el apartamento había recuerdos entre los poros de la paredes (voces de niños que golpeaban puertas) pero Rosario no creía. Uno de los ruidos que salían de entre los pequeños orificios donde las telarañas ya no estaban, era el de una máquina de escribir. Me daba miedo y parecía tener un efecto hipnótico. Por eso mi andar por el edificio y luego a la tienda y luego al edificio.
Una de esas horas me fui por otras horas. Caminé por la calle Tissandier hasta llegar a la plaza donde abordaba el camión para ir al trabajo. Me senté en una banca cerca de un payaso que inflaba globos de Disney y mientras vendía sonrisas a los infantes que deambulaban junto a sus padres que (quizá) irían después al cine, me acerqué a la escena.
Compré un fastasma globo para regalarlo a la bebé de Rosario, aunque seguro la pequeña nunca se daría cuenta.
Veinticinco años antes caminaba por los filos de las banquetas tomado de la mano de mi padre. Era el Distrito Federal una ciudad irreconocible junto a las nubes y los escarabajos amarillos azules y las pequeñas explosiones de las cámaras fotográficas. En las escaleras, cada (des)apretón de manos un cuadro se diluía a causa del agua que calentaba Rosario para el café.
La vida en Nueva York es así de rápida. En un suspiro los años que alguna vez transcurrieron lentos.
Toqué a la puerta de su lugar y ella abrió inmediatamente. Como si supiera que yo llegaría en ese momento.
-Hola, acabo de llegar –dijo-, pásale, ¿quieres café?
-¿Cómo te fue en el trabajo? –pregunté.
-Pues bien, fíjate que no me quieren pagar algunas horas extras que trabajé el jueves.
-Y ¿qué vas hacer? –rebatí como intentando defenderla.
-Ya sabes que no se puede hacer nada –respondió mientras servía el café-, los papeles de residencia que tengo son falsos. No vaya a ser que se les prenda el foco cuando les reclame y manden todo al infierno, además no es para tanto ni que fueran tantas horas.
-Bueno es cierto, para qué te metes en problemas.
Por la rendija de la puerta entraban los regaños de Enna a sus gatos. A nosotros todavía nos causaba gracia, a pesar de era un lugar común.
-Pinche viejita loca, cómo se pone hablar con esos pinches gatos -atinó Rosario- el otro día me contó Egmont que su esposo se suicidó en Iowa, hace como 15 años y que Enna quedó muy dañada.
Egmont, un veterano de guerra que alquilaba el apartamento 13, era el que conocía más a Enna.
A Rosario le gustaba contar historias. Por eso parecía recopilar en el archivo de su mente la vida de los inquilinos.
Después me contó las razones de la salvadoreña para abandonar el cuarto 16. Se cambió al apartamento 10 mucho más grande que el anterior porque sencillamente sus gatos no cabían en el otro.

VI

-¿Listo? –me preguntó Rosario.
-Cuando quieras –respondí-. Huele a café colombiano.
El vapor escalaba el paredón de libros que tenía encima de la pequeña mesa esquinera frente al sofá de la sala. Su hija dormía en mi cuarto. Los domingos pensábamos una cuna a base de almuhadas sobre la cama. Mientras tanto, yo veía a Rosario caminar de un lado a otro de la cocina a la espera de sacar el bisket del microhondas.
-Cómo me acuerdo de mi esposo –dijo mientras vaciaba en mi taza, el café hirviendo.
-A veces uno recuerda las cosas cuando menos lo espera –opiné-. A veces sólo hace falta un olor, un ruido, un lugar –Y miré los ojos café claros de Rosario y añadí en voz baja, casi en silencio-: Es curioso la asociación de ideas que hace nuestro cerebro.
-Agustín esperaba el café como tú –volvió al tema principal de su ex esposo-. Eran unas ansias tremendas por tomar su cafecito. No podía vivir sin sus tres tazas diarias.
Su nostalgia era eminente.
La alarma del microhondas sonó. El pan estaba listo. Las tardes en las que coincidían nuestros recuerdos eran así. A Rosario le gustaba platicar a Guatemala y platicar y platicar. El tiempo acostumbraba cursar rápido los números digitales del reloj que permanecía impávido a un lado del micro.
-Se me olvidó platicarte lo que me pasó. El otro día –continuó mientras rebanaba el pan-, cuando iba rumbo a la guardería, no me vas a creer, pero creí que Agustín me seguía entre la gente que caminaba detrás de mi.
-Son parte de tus miedos, ya te lo he dicho –atiné.
-Hablo en serio Carlos.
-Yo también.
-De esas veces que uno piensa que la van siguiendo. En una esquina mientras esperaba el siga, vi a un señor que estaba detrás de mi. No sabes cómo me puse. Se parecía, disculpa la palabra, un chingo a él. –recordó.
-Yo sé que vas a decir que como repito las cosas...-
-Pues no las repitas –estorbó mi enunciado.
-Pero esos miedos te van a seguir por mucho tiempo –concluí la oración.
-Espero que no.
Aunque Rosario decía que era yo el que repetía las cosas, en realidad era ella. Esos demonios que la perseguían hasta en sus sueños, a menudo aparecían cuando salíamos del edificio a cualquier parte.
En una de esas ocasiones salió de su garganta un grito que atemorizó a decenas de personas. Ese día nos encontrábamos en una oficina de correo donde yo esperaba un libro inédito que me había enviado una amiga escritora de Monterrey.
Detrás de donde despachaban los empleados del correo, en un espejo, ella había visto el reflejo de una persona que entraba al lugar justo detrás de nosotros.
Minutos después me contó con el mismo asombro de quien mira entrar de madrugada por la puerta de su cuarto a Satanás, que escuchó cómo esa persona arrastraba sus zapatos de igual forma como lo hacía su esposo. Y luego despertar.
Ambos escuchamos los llantos de Miriam y corrimos hacia la recámara donde ella nos veía como si hubiera estado escuchando la conversación. Era una muñeca pálida.

VII

La primera vez que entablé comunicación con Egmont fue una tarde en el pasillo del segundo piso, mientras Enna arrojaba fotografías desde las escaleras que conducían a la azotea. Traía puesto un chaleco color café. Como los que utilizan los fotógrafos.
Si Rosario no me hubiera platicado de él, sin duda hubiera pensado que el sujeto se dedicaba a cazar imágenes.
-¿Tu eres el nuevo inquilino del sexo piso? -preguntó cuando estuvimos de frente.
-Sí, mucho gusto –dije-. Me llamo Carlos-. Y extendí la mano para terminar con el rictus de la presentación.
Las fotografías caían a intervalos hasta el abismo del primer piso. Eran hojas secas de un arbol. Uno de los gatos que estaba frente a la puerta del apartamento10, se acercó hasta las rejas de seguridad y estiró una de sus patas para intentar atrapar una de las fotos que cada vez eran más. Pero no pudo. Sólo la vio decender. Resignado.
-Pues aunque hay muchos apartamentos sin habitar, aquí la pasamos todos bien, bueno... casi todos –dijo el vecino, como si la estancia de alguno de los inquilinos fuera inicua.
En menos de un parpadeo Enna se encontraba cerca de nuestros pies. Y como si le lanzara maiz a las palomas de alguna plaza, aventó un puño de detergente y nosotros sólo reímos. Ya te acostumbrarás, predijo. Y estiró su mano para continuar con la cordialidad.
-¿Y qué te dijo el Egmount? –cuestionó Rosario en su apartamento más tarde.
-Sólo me presenté.
-De seguro te invitó unas cervezas, ¿verdad?.
-No. Ni tiempo tuvo. Enna casi nos moja los zapatos.
-Este edificio es de locos –pronunció Rosario.
-Noté medio serio a Egmount.
-Deberías de invitarlo a tomar un café –propuso.
-Mejor unas cervezas.
-A lo mejor le puedes sacar algo para un personaje –agregó ella-, de esos de los que escribes en tus cuentos.
Yo reí. Ella guardó silencio unos segundos y continuó:
-Cada vez que me lo encuentro en las lavadoras me cuenta una historia de cuando era soldado.
-Debe estar medio loco.
-Igualito que tu.
-Sí. Igual.

VIII

Vino un jueves. Lo observé entrar apresurado subir cada escalón. Cada paso era un martillazo, como si un carpintero aplicara fuerza y celeridad para terminar una de sus artesanías.
Pasó de largo como un torbellino. Me pude ver fantasma en el reflejo de sus lentes oscuros. Fue directo al número 26. Era su lugar, su encuentro. Apenas le iba a decir que algunas de sus pertenecias todavía estaban en la azotea, pero salió Carmen.
-Tus chingaderas están en el techo –le dijo.
Pedro enfiló por la escalera a toda prisa en donde estaba el anglosajón imaginando que era el dueño del mundo mientras volaba su avión de control remoto.
Sólo estaba su cruz. La cafetera, el micro y su estéreo, alguien había decidido que a partir de una noche gris esos artículos tenían que cambiar de dueño.
El sujeto rubio parecía que no se había percatado de su presencia pero reía sin parar. Tenía puestos sus ojos en el control remoto.
-Señor, ¿y mis cosas? –le preguntó Pedro.
No le contestó. No dejaba de reír. El indocumentado lo cuestionó varias veces sobre el destino que habían sufrido sus pertenencias. Y no encontró respuestas.
Carmen subió con todo y su gordura para oír la conversación y también fue la primera persona que lo vio bajar con su cruz de madera. La imagen fue bíblica. Apareció ante mis ojos con una corona de espinas en su frente. Apareció con su pañoleta y sus lentes oscuros. Apareció ante mis ojos con una corona de espinas en su frente. Apareció con su cruz y sus lentes oscuros.

IX

Era fin de semana. Seis aeme. La música estalló. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho. Nueve pasos desde la cama a la regadera. Abrí la llave del agua y el vapor invadió cada rincón del baño.
Al salir del apartamento, el pasillo de ventanas rotas olía a tabaco y, tras ciento sesenta y cinco pasos, encontré a Enna. Estaba fumando. Los gatos rosaban lentamente con su cuerpo las montañas de sus agrietadas pantorrillas.
Caminé las cuadras una mañana sin sol. Dolían en mi cabeza el ruido de la urbe y las hormigas que no salieron del subterráneo a arrastrar trozos de muerte. Y el taxi del señor equis. Luego el de la señora sin h y el taxi sin punto mojaron los charcos en mi pantalón.
La plaza. Cuatro camiones. Algunas palomas.
Apresuré a subir los tres escalones para subir a uno de los camiones. A través de los vidrios polarizados las trineras con sus nombres la colorada y la Lupita. El mariachi.
Los pasajeros del camión esperaban partir a sus lugares. Con sus sombreros de otra época y sus abanicos las mujeres
cada asiento
un vestido largo.
Oriana presintió su espalda las letras de mis dedos el sueño.
-¿Qué haces Carlos? –preguntó.

















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