domingo, octubre 10, 2004

Morelliana.

Pienso en los gestos olvidados, en los múltiples ademanes y palabras de los abuelos, poco a poco perdidos, no heredados, caídos uno tras otro del árbol del tiempo. Esta noche encontré una vela sobre una mesa, y por jugar la encendí y anduve con ella en el corredor. El aire del movimiento iba a apagarla, entonces vi levantarse sola mi mano izquierda, ahuecarse, proteger la llama con una pantalla viva que alejaba el aire. Mientras el fuego se enderazaba otra vez alerta, pensé que ese gesto había sido el de todos nosotros (pensé nosotros y pensé bien, o sentí bien) durante miles de años...


(Fragmento del capítulo 105 de Rayuela, de Julio Cortázar, uno de mis autores favoritos).

Cuando leí por primera vez esta obra estaba a punto de nacer mi hija.
Era un año en que las desgracias no cursaban en la escuela de mi vida.
También era tiempo de otras cosas.
Por ejemplo que gracias a Mauricio Rodríguez -por su culpa, dirían muchos resentidos con esa casa editorial- acababa de ingresar a Norte como editorialista, después de haber renunciado a El Diario también como editorialista.
Mis comentarios o textos comenzaban a meterme en problemas después de golpetear con el sarcasmo que tanto me gusta una y otra vez al entonces gobernador Patricio Martínez, que ahora seguramente (mientras goza de su impunidad)está feliz sentado a un lado de Nerón, su perro, y de su gato César el grande.
Digo lo anterior sólo por decirlo. No por otra cosa. Ahora que leo por segunda ocasión Rayuela, la lectura me parece más interesante y la vida más facil, por lo menos trato de verla así.
Cosa curiosa, en aquel entonces parecía difícil que el PRI volvería a gobernar la ciudad y también me parecían difíciles muchas otras cosas.
En el fondo las cosas son muy sencillas, diría el personaje equis de cualquier ciudad, cuando el alcohol le impedía tomar un lapiz para dibujar lo que veía.


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