sábado, septiembre 18, 2004

A grandes rasgos

-Sé que por dentro estás diciendo que me vaya a la chingada-, dijo Esteban a su esposa como si fuera adivino.
Era la madrugada, el primer día, un sol después de emborracharse antes de volver a nacer para localizar el futuro a través de un telescopio.
Los vecinos estaban acostumbrados a verlos hacer el amor en una esquina de la terraza, porque eso sí, les gustaba arrinconarse a un lado de la mecedora en donde la abuela murió. A veces se les podía sorprender, aún lo recuerda mi prima, escuchar sus palabras un exhalo y varios accidentes, entre ellos, que se les quebrara una botella de ron.
Ocurría casi todos los viernes, así que quienes vivíamos cerca de ellos, estábamos acostumbrados a tanto desvarío de la pareja.
Pero muy diferente a todas esas veces, fue esta madrugada que no hubo estrellas ni porvenir. Hoy fue un tanto anormal, podríamos decir.
Y es que encontrarlos ahí, con el tiempo encima y tan desnudos.
Ella estaba callada, miraba los mozaicos la sombra del pino. Con la sonrisa a cuestas, fria, inmensa, condescendiente. Ese ruido y esos putos quejidos me jodieron tanto que no pude dormir. Hacer el amor al aire libre y frente a todos, no es cualquier cosa, siempre lo supuse, se trataba de una empresa difícil.
Verlos muertos a los dos, ahí en el balcón, fue impactante.

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