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sábado, septiembre 25, 2004

Estación de taxis

Antonio Flores Schroder
-Desde aquí puedo ver el mantel manchado. Me recuerda tus ausencias y esas fiestas que terminan con esas lecturas incomprensibles- dijo Oriana sin saber lo que decía.
Quizá de lo que hablaba la mujer más pálida del mundo, en realidad, se trataba de ese momento de luz, la grieta en el espacio donde uno puede caer, para no levantarse más.
Estábamos en la sala.
En la parte baja del sofá, mi imperio, aguardaba la tromba de cerveza que recorría la tela como un ejército líquido frente a la montaña de la sábanas, el valle como una alfombra.
-¿Quién iba a decir que cuatro años atrás, a esta hora y en un día de vivos, estuve de rodillas frente a un altar?-, regresó.
Las respuestas a esta y muchas otras preguntas, se quedaban casi siempre en imágenes, anhelos que podrían iniciar una cruzada, una guerra por una simple discusión.
-Nadie-, contesté.
-No lo tienes que recalcar, actúas demasiado frío en estos casos, por eso no me gusta platicarte el proceso. Prefiero quedarme sentada en este sofá, esperando a que toque la puerta, y luego te levantes presuroso a abrirla y sea yo y luego reírme-.
-Sí, seguramente habrías optado por destrozar esta habitación-, dije con un tono burlesco.
-Pendejo, no sabes que sin mi tu no existes, serías alguien que sólo camina solo-.
Siempre iba de un tema a otro. Era más que divagar y gastar horas como esclavos de Dios.
-No puedes enteder que mis respiros y sollozos son por ti-, rebatió Oriana.
Se levantó y caminó en silencio sobre la alfombra, como si estuviera pensando en el final de un cuento feliz que pudiera narrar en ese momento.
-Ven, siéntate aquí, no te preocupes, te voy a contar una historia, un recuerdo-, se me ocurrió.
Ella volteó a verme serena, con ese rostro de niña regañada y sonrisa reprimida (No podía ser de otra manera), después de haberse instruído tanto en la televisión para disimular.
-A veces dices cosas que no deberías decir. Me haces tanto daño cuando actúas como loco, cuando gritas juramentos y otras inperfecciones. Eres un niño sin su juguete preferido y sin padres, una hoja de un árbol volando entre tus propias sombras-.
Sus palabras hacían eco en cada rincón del cuarto, sin siquiera haberme dado cuenta de cuándo dejamos el sofá, eran estelas de un color azulado, a veces pardo, a veces amarillezco.
-¿Quiéres vino o cerveza, también tengo jugo de naranja?-, le ofrecí algo. Ahora la cocina.
-Dame una copa de ese vino que tienes sobre la cómoda-, la recámara.
Se apoyó en mi hombro para ir (o regresar) a la cocina por unas copas que casi nunda usaba.Yo fui detrás de ella.
Le serví del vino más barato hasta que el licor humedeció sus manos.
Pensaba que estábamos en la estación de taxis de la Juárez y Mejía, no hay nadie, mas que su cuerpo, una silueta que se pasea entre la gente, un canto, una despedida, un vaso con agua.
La sed por una cruda es difícil de resistir.


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