jueves, septiembre 16, 2004

El regreso (del delirio)


Antonio Flores Schroeder
A las cuatro de la madrugada giré de un lado a otro del colchón. El calor que emanaba del suelo no me dejaba dormir.
Entreabrí los ojos por un extraño sentimiento y pude ver a Oriana sentada sobre el sofá antes de pintarse los labios.
-¿Cómo entraste?- pregunté todavía con la voz entrecortada.
-Una mujer se las arregla como puede para estar con alguien, además ya me conoces como soy-.
Mi voz no tenía fuerza y su rostro parecía desaparecer cada vez que caía por etapas al vacío de la alfombra.
-¿Qué estás haciendo ahí acostado, si ya sabes que todos los viernes vengo a molestarte?-, interrogó con esa inconfundible voz de niña insolente.
Sus palabras me remitieron al viejo juego sexual. Llegaron a mi mente imágenes, días, tardes en los que uno suele pasar atardeceres sin más que embriagarse con las pláticas de una mujer, antes de pintarle un óleo sobre el lienzo de sus senos.
Acomodó el cigarro entre los labios y recogió su cabello, luego, me hizo una señal con las manos para que me acercara.
-A esta hora, si no fuera por venir a verte, ya estaría dormida-, sentenció.
Los golpes de otras madrugadas llegaron rápido: Una luz entre sábanas y un pez que muere lento sobre la arena; fotografías como relámpagos que aún se conservan en mi armario.
-A esta hora ya no sé quién soy, ni por qué estoy otra vez aquí-, dijo al buscar en uno de los cajones del buró, un cuchillo que había dejado entre la ropa.
-¿Cuándo te dije que regresaras a mi departamento?- recobré el tono de voz.
-No me tienes que invitar y ni siquiera te tengo que pedir permiso para entrar. Subo las escaleras y tu ni te das cuenta, te acompaño hasta esa cama donde te derrumbas poco a poco-.
No sé cómo, pero me enloquece (ella lo sabe). Cada vez que aparece es diferente.
Me levanté como pude, me recargué sobre el respaldo de la cama y di un trago a la cerveza caliente, que dejé a medias en el suelo antes de conciliar el sueño, este sueño.
-Estás más flaco que la última vez que vine, cuando tiré por accidente el cortinero de la otra recámara-, sentenció un poco molesta.
-No me gustan los cuartos a media luz, ¿qué le hiciste a la lámpara?-.
Aparecí en el baño para lavarme la cara antes de que un temblor en las piernas me impidiera regresar a la cama.
Apagó su cigarro un fuego en el agua del olvido. Fue hasta la ventana y miró en la calle el rodar de la basura. Las hojas de los árboles secos de octubre semejaban juguetes, muñecas o granos de maíz casi imperceptibles que caían uno a uno sobre los techos de los carros.
-¿Qué te parece si platicamos un poco sobre nuestra relación?- dijo mientras se acomodaba las medias y sonrió.
-¿No me digas que no te está gustando esta forma de amarnos a escondidas de nosotros mismos?, ¿crees que no me he dado cuenta cómo me ves mientras me pinto los labios?
-No empieces con esas preguntas que no nos llevan a ningún lugar, necesito que me digas que va a ser de ti cuando yo me vaya de la ciudad- (Siempre me ha inquietado la idea de dejarla sola, divagar por este edificio).
-Buscaré otro amor o en el peor de los casos te seguiré-, contesto incrédula.
Fui a la cocina para preparar un café, ella se quedó cerca de la ventana viendo la noche. Oriana intuía que sus palabras habían dado en el lugar exacto, lo supe por la expresión de un rostro de arrepentimiento en busca de un sitio para evadirse de mi aflicción.
Le eché agua a la cafetera y un poco de ron. Sabía que no le gustaba así.
Caminó unos cuantos pasos y se sentó en el sillón de la sala. Ahí se perdió en sus mundos. La idea de que yo emigrara terminó por aterrarla. Le llevé la taza con café para que bebiera un poco y se calmara, nunca me ha gustado verla triste, sobre todo cuando se guardan las esperanzas de que de un momento a otro, aparezcan las caricias y el eterno trayecto desde su espalda hacia el sexo.
Apenas le dió el primer trago al café cambiaron sus facciones. Debió haber pensado lanzarme frases hirientes para exhibirme con los vecinos, pero ella también estaba esperanzada en rescatar un poco de amor.
Los ladridos de los perros, un mareo y enseguida un fluído de colores se formó en re menor al despertar con la música que bajó por las esclaeras desde el piso de arriba.
Quise acariciar sus piernas pero no pude. Dije que todo estaba predestinado para volverla a encontrar. Tenía que haber sido así.


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