domingo, agosto 15, 2004

Un día en la oficina

Por Antonio Flores Schroeder
-Escribo palabras para espaciar significados en el tiempo-, dijo Enrique Martínez a su secretaria antes de darle un trago al café.
-La verdad, no le entiendo lo que dice pero está muy bonito-
La mañana había amanecido bajo una tormenta. Algunas goteras caían sobre el mosaico blanco del piso.
-La gente pocas veces entiende a los poetas, pero también a veces, los significados los escondemos-, replicó el escritor.
-Pues sí. A mi me pidieron que leyera esos libros como la Odisea, y nunca les entendí, hacía como que sí los entendía y conste que pasaba los exámenes de Lectura y redacción en la prepa con puros diez-, le contestó Bertha, que se levantó por el trapeador.
Enrique giró su cabeza y bajó con su mano derecha los lentes de aumento para ver las piernas torneadas de la joven mujer.
Los tacones de los zapatos de la secretaria musicalizaban los ruidos de las gotas de agua que se desprendían del techo antes de caer al suelo.
-Sí, suele pasar, un amigo que tenía pésima ortografía sacó mejor calificación que yo en la preparatoria-.
Bertha presentía siempre la mirada de su jefe. Por eso se llevaba minifaldas. Su intención era convertirse en la segunda esposa de él. Su condición de madre soltera, le obligaba a hacerlo, a pesar de que no le gustaba el físico de Martínez.
-¿Y usted por qué escribe?-
-Yo escribo para entenderme, no para que me entiendan los demás. La escritura es como una válvula de escape para los poetas. Si no escribes, pérdoneme la expresión, te lleva la chingada. A veces cuando estoy estresado por el trabajo, me voy a la sala de mi casa, saco la libreta y comienza la descarga. A veces la furia, a veces tristeza, depende de la situación que viva-.
Enrique sacó una cajetilla de cigarros de su cajón. La lluvia no se detenía. Los relámpagos seguían.
-Usted escribe para entenderse, así que le valen sus lectores, ¿y el respeto a ellos?, sus palabras, un lamento.
-No es que los lectores me valgan Bertha, pero la escritura así es, quien piense en sus lectores antes de escribir está en un error, sería como atentar uno contra su propio cuerpo-
La secretaria se inclinaba para exprimir el trapeador y echar el agua sucia al balde y Enrique una vez más le veía los muslos de sus piernas.
Un relámpago luz intermitente y la oficina a oscuras.
-Puta madre se fue la luz-, dijo el escritor en voz baja.
-Espérese, no empiece otra vez, ando en mis días-.

Fin







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