martes, agosto 31, 2004

Perros y bomberos

Ayer encontré a un perro de dos cabezas. Cruzó sin temor alguno la avenida, el asfalto, la arena de la ciudad equis, ante la mirada turulata de varios automovilistas.
Al bajar de mi carro para ver si aceptaba hacerle una entrevista (aunque no me acuerdo si en realidad descendí de un camión urbano), me di cuenta (cuando las piedritas del pavimento se incrustaban en las plantas de los pies) que había olvidado en el departamento los zapatos.
Al principio creí que se trataba de un complot, sobre todo porque encontré algunos hilos sueltos en mi camisa, pero conforme los minutos partían hacia la ausencia, caí en la cuenta de que el error fue mio.
Regresé a toda velocidad al departamento.
No sé si con el pensamiento o físicamente, entré al cuarto lleno de botes de cerveza (vacíos, por supuesto).
Y empezó la búsqueda. Primero en el refrigerador, luego el horno, el aire acondicionado, en la caja de los compactos de Soda Stereo y Pink Floyd y nada.
Media hora después me dirigí al cuarto, a esa cueva donde a veces se abren las puertas del infierno, encontré el calzado debajo de mi cama.
Apresuré rumbo a la avenida equis y después de dar rondín y medio el perro de dos cabezas ya no paseaba por ahí.
Pregunté a los comerciantes y a unos gasolineros que se bañaban en la fuente de "Bomberito Juárez Forever", y nadie me supo decir algo acerca del animal.
No pude dormir por eso.

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