domingo, agosto 15, 2004

El regreso

Por Antonio Flores Schroeder
Caminé por setenta y dos horas desde el medio día del martes. El vapor que emanaba de la tierra mezclada con arena era alucinante. Cáctus de algodón cruzaban las brechas de un lado a otro mientras mis manos eran el mar de sueños que dejé olvidados en las parcelas de mi patrón.
Ir en busca de colores, estrellas que aniquilaban las barras de la frontera era una necesidad. Cuando el hambre escarcha los pies y el temblor seca las plantas en el campo, no queda otra mas que escapar.
Así empezé la travesía hacia el paraíso, esa galaxia lejana donde los ángeles esperan paisanos, un millón en cada barco.
Las espinas me parecían pequeñas pirámides invertidas, mayas y aztecas desfigurando mi memoria. Dicen que el agua es la vida y que razón tienen. Al terminarse con las horas y los pasos inicia una secuencia de imágenes que me hacían llorar. Primero las nubes, los relámpagos, luego el infierno, los duendes subiendo por mis zapatos, después el Diablo.
Escuchar sus historias de enmascarados con escopetas: "Deme todo lo que trae o aquí lo matamos". Dejar que las mariposas de alas gigantes se llevaran el reloj que me regaló papá.
A veces dormía de pie, flotaba entre flores.
Escuchar a las víboras de cascabel que me guiaban me parecía extraño.
Cuando ya no pude más me dejé caer al abismo. Los cuentos de hadas y el lobo feroz, los bosques mágicos.
Al despertar las luces, varios cables conectados a mi cuerpo y un policía con uniforme verde que decía algo así como 'guatyourneim'.
Nunca le contesté. No sabía inglés. Ahora, seis semanas después de la pesadilla, me dirijo a Guadalajara en un avión.
Me han repatriado.








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