martes, agosto 10, 2004

Antonio Flores Schroeder
Casi siempre al salir del trabajo me detenía ahí. Escuchar los alambres delinquir un llanto en la plaza, solía atraerme a la hora de estar y no estar.
El gusto por oirla cómo divagaba de prisa entre su cuerpo, luego de caminar por la Reforma sin ninguna carga mas que la conciencia, me hizo regresar en una ocasión, cinco veces al lugar.
Era profético encontrarse con su música mientras las marchas de los estudiantes lésbicos-gays, clamaban puños al aire una justicia sin razón.
A las siete menos treinta de cada tarde, el refresco sonoro caía desde el balcón número tres del segundo piso, resbalaba hasta inundar los laberintos de las hormigas y entonces (sólo así) ella se asomaba.
Su rostro pálido y ojos negros me hipnotizaban.
Y comenzaba otra historia:
Lo primero que supe de Mariana fue su nombre y sus interrogantes caballos que galopaban (tic-tac-tic-tac) por las noches sobre el techo de mi cuarto. Pensar en sus piernas y en los compact disc que aventaba a los carros que circulaban en sentido contrario por la calle, me hacían levantarme, reír y empezar una jornada más.
Al final, cuando ya no quedaba mas las piernas deambular por el asfalto, regresaba a los textos:
Los poemas que escribí sobre el árbol imaginario en la banqueta de color azul, hasta hoy, nadie los ha borrado. Pero su música ya no está.
Ahora busco a la mujer del violín bajo mi cama, en la basura, en los supermercados y a veces, cuando tengo sueño, camino hacia donde el aire va y regresa y se se consume y se va y regresa.

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