martes, julio 13, 2004

-No caeré de rodillas sobre alfileres y ni me dejaré derrumbar por el soplo de un elefante quimérico que solo existe en mi cabeza-, dijo en voz baja frente al espejo, junto a sus sombras, John Broder.
En sus manos sostenía un crucifijo y en la otra su cepillo de dientes. El baño olía a humedad, ardía por etapas mientras el techo desangraba su calor y el humo disolvía su mirada.
Tantas veces intentó una segunda oportunidad, alcanzar el sueño y caer de una vez por todas justo en el borde de su madurez, pero tantas voces, se lo impidieron.
Broder, lo pensó dos veces. Después de bañarse enfiló hacia su recámara para hablar por teléfono y dar nuevas órdenes.
Tomar los fusiles de tinta y apostarse sobre un viejo camino de terracería, ahora pavimentado; un pueblo ahora democratizado convertido en una urbe lejana.
Una nueva batalla ha iniciado. La sorpresa y la lucha de los camaradas de Broder, nunca termina.

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