miércoles, julio 28, 2004

Las razones de los nogalenses para ir a Tucson, Arizona

Por Antonio Flores Schroeder
Ahora, a casi un mes de que mis manos fueron invadidas por una plástilina de plomo tricolor, vuelvo a escribir. Podría platicar de todo lo que me ha ocurrido después del fatídico 4 de julio, pero por lo pronto, relataré dos cosas que pude ver mientras me encontraba en Tucson, Arizona, ciudad a la que los nogalenses visitan para borrar de sus mentes la corrupción y la fealdad de su población plagada de cerros y narcotraficantes sinaloenses.
Pues bien, resulta que al circular por la 'Avenida Central' vi algo por el retrovisor, que al principio pensé se trataba de una película, sin embargo cuando 'el vehículo' se emparejó para dejar atrás mi lentitud y miedo a las multas gabachas, pude constatar que era real.
Para no caer en el dramatismo, les explicaré.
Lo que vi, fue un automóvil Mustang 1967, con una especie de tubería de aluminio que formaba una especie de regadera justo arriba del techo,el cofre y la cajuela, la cual vaciaba agua a chorros sobre su carrocería. Lo único que atiné a decir fue "No mames".
El auto 'tormentosos' como lo bauticé la tarde del pasado domingo, tenía también láminas colgada de otros tubos, en las cuales una luz 'flash' se reflejaba para simular relámpagos, las cuales provocaban un trueno al ir contra el aire. Tenía su propia lluvia.
Horas después, en el bar 'Jazz and Beer' vi otro suceso extraoridinario.
En ese antro se toca jazz y tiene algo peculiar detrás de la barra, exacto a espaldas de donde donde los cantineros elaboran las bebidas predilectas de decenas de clientes.
Pues ahí, se acondicionó la pared, para que hubiera una especie de teatro de pequeñas dimensiones. Digamos, dos metros de alto por cuatro de largo.
Expertos en títeres y otras artes se presentan para ponerle un toque extraño a la escena del lugar. Aparecen diablitos, cuando uno menos se lo espera, luego se elaboran obras de teatro con títeres muy completas.
Después de la quinta cerveza me levanté al baño.
Al regresar el telón estaba cerrado y un presentador anunciaba una banda de rock.
Cuando se abrió el telón mi sorpresa no pudo haber sido mayúscula.
Cuatro perros salchicha entonaban "Another Brick in the wall' de Pink Floyd.
Me llevé las manos a mi escaso cabello y volví a pronunciar el 'no mames, qué es esto, no puede ser'.
Un perro flaco, de color café claro sentado sobre una silla, sostenía una guitarra con una soga sobre su cuello, cantaba y tocaba la guitarra. Aunque a veces se equivocaba de tono, tocaba bien. Me duele insultar a la lógica con mi relato pero tenía que decirlo. Ya se lo había contado a mi novia, la cual sólo reía a palabras.
Luego a su derecha, una perra negra y gorda -ya lo comenté, todos eran salchichas- deplazaba sus uñas de color rosa por las cuerdas del bajo, detrás de ella, en la batería, era otra perra gorda también y con una cara de flojera que yo creo no podía sostener.
Del otro lado, un perro de rostro demasiado amistoso tocaba el requinto.
Giré mi cabeza a mi derecha, izquierda, para ver si era verdad lo que estaba observando, y aunque quise hacerlo, no pregunté a los demás borrachos sobre mi espantosa duda, así que decidí pensar que yo estaba en lo correcto.
Terminaron su canción y bajaron del escenario sudorosos, con la lengua de fuera y muy abrazaditos los hijos de perra.
Yo seguí ingiriendo hasta la hora del cierre.
Así fue.






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