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jueves, julio 29, 2004

El rehílete


Por Antonio Flores Schroeder
Cada vez que asomabas tu rostro escondido detrás del cartel de ofertas, me daba risa. Era un rompecabezas el cielo cada segundo, sobre todo el viernes
Yo te veía desde la ventana caminar vestida casi siempre de negro. Tenías esa obsesión como si se tratara de un ritual, cruzar la calle a quince pasos frente a mi departamento. Siempre volteabas una vez en la otra banqueta, mirabas de reojo y me escondía entre la arena de la playa.
Me gustaba estar a la hora de no estar, irme con el mar, regresar varias veces y verte en ese lugar, siempre espiándome (como si uno no fuera capaz de ver el presente-futuro, imaginarlo, sentirlo).
A veces mis brazos sentían unos escalofríos terribles. Me aterraba la idea de que estuvieras ahí, envuelta en una sábana para asustarme.
Me acuerdo que gritaba, antes de dormir "Pinche culera".
Después venían las pesadillas y amanecía encadenado. Entonces el mar, el departamento, Oriana.
Desde que abandoné por cuenta propia tu lugar, nuestro lugar, el lugar de muchos, de todos y nadie, ya no me descargas tu furia con esos cables con electricidad, con esa maquinita que me volvía a la realidad.

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