jueves, mayo 06, 2004

Los días que nunca fueron


Por Antonio Flores Schroeder
Qué días aquellos. Aún puedo recordar las manchas que atardecían la nostalgia de nuestros encuentros, sobre todo cuando sentados en el techo de la casa con alberca techada, veíamos la ciudad un paraíso en medio del infierno que éramos.
Puedo oler el peligro, decías cada vez que subíamos al tren cargados con dinamita de risas, burlas hacia los que nos veían como dos ilusos con algunos libros en mano, por ejemplo el de Rayuela que arrojaste por la ventana mientras el ferrocaril callaba a París, a La Maga y a su hijo todavía sin perder el conocimiento, todavía con una fiebre que evaporaba las letras del edificio inconcluso donde dormían la noche.
Ahora, casi a 40 años de volar las sierras de este país que quizá sea la pesadilla de un gigante que nunca despertará, te recuerdo quieta, a través de los cristales del salón por donde veías mi cuerpo sangrado. Lloraste como loca, hasta que me viste entrar por la puerta y sentarme junto a ti, tocar tu mano y pasar entre tus piernas un poema del 'Ché' Guevara para luego creer en el poder superior de la guerra.
Tal vez si no hubieras destapado la caja o si no hubiese fallado el circuito, o si tal vez tantas cosas que me vienen a la mente, como que no hubieras nacido, nunca hubiera pasado lo de tu adiós. Espero que me esperes sincera, callada, aunque con las mismas ocurrencias de ayer.

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