martes, mayo 25, 2004

El triangulo


Capítulo I


Antonio Flores Schroeder
La luz cubierta de tu cuerpo a distancia, a cientos de kilómetros no era motivo para alejarme, para sucumbir a sueños extraordinarios delante de lo que creíste un día imposible: enfrentarnos a la muerte de manera irreversible, sin temer a caer presos del pánico por dormir si un techo, por carecer, por no tener para comprar basura de letras y leer editoriales y verdades a medias antes de tomar café en la esquina del Hospital General.
Así era Juárez, la ciudad de las contradicciones, en donde los artistas no conocen de arte y las fábricas destruyen anhelos del Sur.
Y las preguntas que entonces debía de hacer, las elaboro hoy, a la intemperie bajo la métrica de ilusiones compradas en este otro lado del país.
A veces recuerdo tu rompecabezas, piezas ocultas en la periferia de mi cama, unas encima de otras como si hubieran sufrido el embate de la realidad, y la realidad al final era otra, la última pieza para armar el espejo de una imagen absurda que aparecía incinerada.
He sido un hombre de historias, siempre las he fabricado desde la inocencia de los años tempranos, y he sido maestro de títeres en los edificios alejados de la familia. Desde ahí la inteligencia complacía futuros juegos, en los que he caído ahora, como si ahogara las frases de tu cuerpo, Oriana, en un vaso de agua, como si fuera distinto morir a estar vivo.
Te quedaste allá o veniste conmigo, yo no sé. El perfume de azules frágiles que salen de la dicotomía nacional-extranjera han llevado a cada guerrero que pasea entre estas montañas, a un número ilimitado de imperfecciones.
Ahora, quizá un año o poco más, la máquina se ha descompuesto. Desde el gabinete de la ineptitud se ha propiciado una serie de averías que la gente, esos poetas y músicos de jazz que aquí no existen, consideran irreparables.
Luego las otras apariciones. Ver tu silueta en un par de voces al fondo de pasillo donde varias veces decidí apretar el gatillo y esconder, así a oscuras, el enorme recuerdo de tu ausencia. Ver el perro entrar por la ventana con sus alas de marfíl y jugar ajedrez en el horno de la estufa que me regalaste.
Todos esos kilómetros de secretos inmortales me han llevado aquí, a este lugar por infierno donde un día te soñé.



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