jueves, mayo 27, 2004

El Triangulo

Capitulo I (2)


Antonio Flores Schroeder
Cada vez que regresabas a buscar lo que habías dejado olvidado sobre mi cuerpo, te seguía contemplando como si la noche de sexo no tuviera amaneceres.
Los escalones fueron para ti una sábana cuando los temblores en el cuerpo no daban para subir y nos quedábamos ahí dos sombras en el tercer piso.
Durante todo ese tiempo nuestros caminos se mantuvieron excitados con tus medias a medias. Bastaba comprar pequeños ángeles líquidos para mantenernos de pie antes de que el tren partiera en dos a la pequeña ciudad, al pueblo Cuatro Calles que nombró una escritora antes de partir a Nueva York y difuminarse en un mar de contradicciones, pero esa es otra historia.
Todas las tardes después de que nadie sirviera café iba y reía a la Plaza Hidalgo con el tráfico de autos, de gente, perros a la espera de llegar vivos a sus destinos, mientras pensaba en ti y me hacía a la idea de no regresar, de no volver a pasar por los barrancos de Agua Prieta o Cananea, de no surcar la carretera torrencial de Arizona y quedarme en medio de las montañas.
Tras aquellos primeros días llegaba la calma y salía a alguna caseta de teléfono sin servicio y siempre la historia de la lluvia de los rios por las calles que venían de la sierra alta y entonces a casa, muy lejos de aquel quinto piso donde dejaste que florecieran las macetas que sin darme cuenta habías sembrado sonrisas y hambres y sueño.

Cuando el tiempo se presentaba de nueva cuenta con tres años de retrazo, llegaba 'El Betote' teatrista de nacimiento, entre el humo y las palabrerías del doctor Omar, parecía tornar la plática a una extraña conversación de ingenuos artistas de cualquier otro país. De gota en gota los pequeños recuerdos nos ponían más allá de borrachos y entonces corrían en la videocasetera viejas películas de Alejandro Jorodovsky. Y era un manicomio, un refugio de adolescentes amarrados a la idea de no seguir envejeciendo.
En la vecindad alquilada -creo que por juego- todo parecía una muerte después de la fé, una música a base de manos que golpeaban con sus puños cerrados las paredes. A los minutos los vecinos, las jóvenes que iban a Guadalajara a estudiar psiquiatría y no estaban más cuerdas que los gritos que deambulaban por sus cuartos a eso de las cinco de la tarde.
Los lentes oscuros como una pantalla de cine: mi amigo entrañable, el de las poesías fronterizas no quería llegar al punto de las máscaras de tela y cartón con las cuales detuvimos al tren en dos ocasiones.



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