jueves, abril 15, 2004

Fracciones de segundo,
otra vez la muerte

-Es posible que esta noche sea otra noche- dijo en voz baja Adriana después de haber salido de la caverna.
Hasta cierto punto era algo normal. Vivir en las montañas arizonenses suele provocar varias cosas en los espejos de la tierra árida:
que el tiempo se retarde, que las horas,
esas horas de tiempos inconcebibles
perpetuen senderos de luz.
Por eso el reflejo del lobo ausente
que ha dejado su cría morir,
morir de tristeza, envenenados con el más puro veneno que deja la noche tras aquel Ernesto desolado, aquella Olivia desangrada a mentiras, ese soldado putrefacto de inocencia que olvidó catorce gramos de mariguana tras el encuentro de dos culturas.

-De seguro no pudiste contar las horas que duraste adentro, aunque déjame decirte, que en una ocasión Santa María perdió por completo la noción del tiempo. La tuvo que atender el indio que hechizó a sus hijos, dicen, yo no te lo puedo asegurar, pero relataban que casi muere, no por enfrentarse a la oscuridad sino por hambre- contestó Oriana después de reposar el silencio sobre el paisaje que amenazaba con volverse infinito.

Sentado en una roca, sediento, con llagas en todo el cuerpo, con heridas de coyotes que nadie puede ver cuando fantasmas recorren la línea entre Sonora y Estados Unidos, un veracruzano repetía, lo gritaba, cada vez que Oriana y adriana montaba la escena teatral para ciegos:

"Y es que en medio de esta locura de voces te puedo decir varias cosas Arizona:
Esa puerta de arena caliente
los migras no son mas la imagen de una fábrica de imbéciles en serie fuera de la cueva, la caverna".

-Los seres espirituales circundan el sillón reclinable donde aguardo al demonio de las letras, las ideas-, decía a punto de llorar Adriana. Otra vez de regreso a sus paisajes, a sus raíces.
Oriana como siempre después de oír esas palabras, sacó de entre su ropa un cuchillo y así, por la nada, se lo enterró por décima vez en su sol.

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